Sobran burócratas y faltan ideas

20 May 2017
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El Gran Tucumán es la quinta ciudad más importante de la Argentina y la más populosa en un círculo imaginario de casi cuatro millones de kilómetros cuadrados, que va desde La Paz, Bolivia, al norte, hasta Córdoba, al sur, y desde Asunción de Paraguay, al este, hasta el Océano Pacífico, al oeste.

Pese a su envergadura, esta urbe de más un millón de habitantes podría tranquilamente prescindir de los seis municipios y la decena de comunas que la componen, estructuras burócratas limitadas a recaudar impuestos, pagar sueldos, barrer y limpiar (según zonas, escasamente), iluminar (en el mejor de los casos, avenidas, calles principales y centros comerciales), y tapar baches, entre algunos otros servicios precarios, prestados a medias o directamente nulos.

Los asuntos medulares del área metropolitana, como diseño urbano estratégico, mejora de calidad de vida, desarrollo sustentable, aumento y conservación de espacios verdes, disminución de la contaminación (de gases, sonora y visual), ordenamiento del tránsito motor, mejora del transporte público, incentivo y protección al ciclista y al peatón, entre una decena más de temas donde el Estado está ausente y sin aviso.

Prescindibilidad administrativa que alcanza también de lleno al gobierno provincial, en un conglomerado que aglutina al 70% de la población de Tucumán. Con graves déficits en los servicios de agua y cloacas (colapsados y en situación terminal), de gas natural, y de energía eléctrica, con rutas abandonadas, rotas, sin pintura asfáltica, sin señalización suficiente, sin banquinas en condiciones, y por tramos repletas de basura.

Una ciudad que en los papeles está regida por administraciones que comandan burócratas de escritorio, pagasueldos, cambiafocos, punteros del chiquitaje, engominados de traje y corbata para la foto demagógica. Gente a la que el mercado se la lleva puesta, con o sin comisiones mediantes, porque no se les cae una sola idea táctica, creativa, disruptiva, superadora.

Contrastes paradójicos

Fuera de los papeles, Tucumán es una ciudad gerenciada por el libre mercado, de punta a punta, en lo que respecta a su desarrollo urbano estratégico, pero con un gasto público que supera al de La Habana.

Es decir, estamos ante el peor de los escenarios posibles: gastamos más que una ciudad comunista, en un contexto de libre albedrío capitalista y con Estado semiausente. Genios.

El limón es un ejemplo paradigmático de lo que ocurre cuando el mercado hace lo que quiere sin regulaciones públicas.

Los tucumanos consumen uno de los peores limones de la Argentina -chiquitos, verdes, casi secos, manchados- mientras se exportan frutas enormes, de un amarillo que encandila y con más jugo que una sandía.

No haremos un análisis económico sobre la exportación de limón, porque está claro que es un tema para expertos. Simplemente, hacemos una observación empírica de lo que pasa: al productor de limón le conviene exportar antes que vender en nuestras verdulerías; el Estado no interviene y los tucumanos se quedan sin limones de calidad, así de simple.

Tema al margen es que mientras Mauricio Macri, Juan Manzur y una larga cola de ocasionistas se sacan fotos con empresarios limoneros y celebran el guiño estadounidense a la fruta tucumana, aquí cerca, a pocos kilómetros, los cosechadores de limón sobreviven con 200 pesos por jornal de trabajo. Y casi siempre un cosechador es igual a una familia. Entonces, ¿se puede saber qué celebran? Ah, cierto, hay que esperar el famoso derrame, cuando quizás esos pesos del jornal de 12 horas se transformen en dólares.

No es un problema del mercado que no haya limones en la capital mundial del limón. No es culpa de las concesionarias que el tránsito sea un caos; ellas sólo quieren vender la mayor cantidad de autos y motos posible. No es asunto del mercado inmobiliario el colapso de las redes de agua y cloacas, que explotan en cada esquina desde hace años; este sólo quiere construir edificios y barrios a toda hora y en cualquier parte.

Es así que al déficit escolar lo suplen los colegios privados, que no abren donde hace falta sino donde hay mayor demanda; lo mismo que las carencias en salud que cubren clínicas y sanatorios, no donde son necesarios, sino donde hay más clientes.

Sin orden, la nada

Al capital le atrae construir edificios en Barrio Norte y barrios privados en Yerba Buena. No le interesa hacer edificios en La Bombilla ni countries en La Costanera. Es ahí donde la administración pública debe intervenir, regular, mediar, proponer, en definitiva, ordenar.

Desorden que impacta en todos los ámbitos, como en seguridad, con peligrosas derivaciones hacia una sociedad civil cada vez más armada, como pudo comprobarse durante los saqueos de 2013, o con la explosión de empresas de seguridad privada ocurrida en las últimas dos décadas. De allí a “ejércitos” particulares hay un tranco.

En algunos casos los problemas son muy profundos y complejos y llegan hasta la propia desintegración del tejido social, que lleva décadas en la Argentina.

En otros casos las soluciones representan inversiones multimillonarias difíciles de encarar. Aún así, no hay que olvidar que gastamos más que una ciudad comunista pero con menos Estado que Dubai.

Lo que realmente preocupa es que hay decenas de problemas para los cuales no se necesitan millones de pesos, ni años de espera, sino simplemente imaginación y ganas de trabajar, ganas de cambiar, de mejorar. Pero hasta en eso somos pobres.

Tomemos un solo ejemplo, porque para abordarlos a todos necesitaríamos un expediente con más cuerpos que el caso AMIA.

El tránsito. En Tucumán es un pandemonio cuyas principales consecuencias son: muertes y mutilaciones diarias; familias destruidas; una ciudad agresiva, ergo, pesimista, menos productiva, más infeliz, más violenta; contaminación del aire y sonora que no paran de aumentar; miles y miles de horas de vida desperdiciadas en atascos, tránsito lento y semáforos; millones y millones de pesos perdidos en lucro cesante, accidentología, daños materiales, medicamentos y tratamientos; sectores ultracomunicados, congestionados, contra sectores incomunicados, inaccesibles; otros millones y millones de gastos en combustibles fósiles; calles cada vez más deterioradas que requieren fortunas de mantenimiento… Y la lista es larga y sigue.

Todo esto redunda en menor calidad de vida, menor calidad de vida, menor calidad de vida. Tal vez un ítem que no ocupa espacio mental en personas cuyo bienestar, gracias al poder, está garantizado.

Soluciones sencillas

Con apenas un puñado de medidas, sencillas y rápidas, que no requieren grandes y costosas obras -como sería mudar la administración pública del centro- podrían solucionarse muchos de estos problemas para empezar a transformar a Tucumán en una ciudad más amigable, para los tucumanos y para los turistas.

Lograr que la prohibición de estacionar en las calles céntricas sea realmente efectiva no requiere dinero ni mucho menos contratar más personal en el ya superpoblado municipio capital. Sólo hace falta mano dura y decisión. La única manera en que se pudo ordenar el tránsito en las ciudades que lo han logrado.

Un solo auto que estaciona en una cuadra donde no debe genera un cuello de botella que es lo mismo que si toda la calle estuviera estacionada. Un solo auto le quita todo un carril a una cuadra. El mismo efecto que produce un solo auto en doble fila.

Debería ampliarse el número de calles peatonales para descongestionar el microcentro y a la vez desalentar la maldita costumbre de pretender llegar en auto hasta el mismísimo mástil de la plaza Independencia. Un auto para trasladar a una sola persona es el peor negocio del mundo.

Hace décadas Tucumán dejó de ser ese pueblo donde cada quien iba en auto hasta la puerta del banco para hacer un trámite. Con unas cuantas cadenitas en algunas esquinas se soluciona.

Las multas a todo tipo de infracciones deberían ser durísimas. Y efectivas. Para eso antes hay que atacar a los coimeros, que sabemos abundan en las reparticiones municipales. De los seis municipios.

Hay además que incentivar las saludables costumbres de caminar y andar en bicicleta, que tantos y tantos beneficios causan a toda la ciudad. Premiar a las empresas públicas y privadas que promueven estas prácticas. Forestar el centro. Crear ciclovías en las principales calles y avenidas implica una inversión mínima, lo mismo que estacionamientos para bicis.

Alejar a las líneas de colectivos del microcentro y permitir el acceso de taxis sólo con pasajeros ancianos o enfermos.

La lista de ideas, unas mejores que otras, puede ser infinita. Hasta podrían hacerse concursos públicos con propuestas, ya que a los gobernantes no se les ocurre ni una.

Nos preguntamos si Manzur, Germán Alfaro (capital), Mariano Campero (Yerba Buena), Javier Noguera (Tafí Viejo), Darío Monteros (Banda del Río Salí), Carlos Najar (Las Talitas) y Sergio Venegas (Alderetes) podrían reunirse alguna vez a tomar un café y hacer una tormenta de ideas sobre el tránsito en el Gran Tucumán.

Lo que debería ser una obligación parece una locura. Es que hay elecciones, hay grietas, hay mezquindades, hay desconfianzas, hay intereses.

En definitiva, hay tantos intereses que al final lo que menos interesa es el pueblo.

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