Amanecer santiagueño en Mailín. Viento helado y sol que enciende una por una las calles del pueblo. La guaracha ya se escucha lejana y le deja paso al Angelus. El murmullo de los que rezan y hacen cola para tomar gracia de la imagen del Señor de los Milagros no ha parado en toda la noche. El Cristo pintado sobre la madera está en la cima del templete, desde donde domina el caserío. No hay construcción más alta. Es casi como la parroquia, que está al frente. Los peregrinos llegan a toda hora, lentos de dolor, buscando arrojarse al pie de la Cruz del Señor de Mailín. Su fiesta terminaba anoche, después de cuatro días, al cierre de esta edición.
El pueblo tiene penas 1.400 habitantes (contando a los niños) pero por estos días se convierte en un santuario a cielo abierto, con más de 300.000 personas de todo el país y el extranjero, según calcula el diario El Liberal de Santiago del Estero. Son más de la mitad de los fieles que lleva el Señor del Milagro, en Salta, con 500.000 devotos, pero en un territorio infinitamente menor, de sólo 62 hectáreas. Ese es otro de los milagros que ocurren en estas tierras sedientas de todo, donde nada se comprende sin los ojos de la fe.
Los habitantes de Mailín se preparan durante todo el año para esta celebración, que se realiza 40 días después de la Pascua. Es su único ingreso fuerte, porque el resto del año trabajan en el carbón o emigran a las cosechas en otras provincias. Para la fiesta, alquilan sus veredas, sus habitaciones, sus baños y hasta su propia cama. Las viviendas -muchas, todavía, de adobe o ladrillo y asentadas en barro- se llenan de turistas. Los fondos están repletos de carpas, colectivos y autos.
Poco a poco, el pueblo va desapareciendo detrás de precarios locales, pegados uno al lado del otro, hasta convertirse en una inmensa feria, con calles convertidas en pasillos. Allí humean cabritos, chanchos, quirquinchos y mulitas y se venden desde productos regionales y dulces de toda clase hasta celulares. Los altos y oscuros senegaleses y nigerianos compiten con su bijouterie con los corrales atestados de chivitos asustados, a la espera de su trágico final.
"¡Venga, juegue gratis y llévese un premio!", anuncia una tonada santiagueña, mientras en la mesa de lotería aguardan incautos jugadores, con sus montículos de maíces al lado de cada cartón. La guaracha tapa al chamamé, y este a una cumbia villera. Pero a medida que nos acercamos a la iglesia los cantos se vuelven celestiales.
Progreso de doña Magna
Doña Magna, como sus vecinos, no participa de esta fiesta: están todos muy atareados. Ellos tienen su propia celebración, sólo para los pobladores, el domingo próximo (una semana antes de Pentecostés). Mientras ceba mate con "yuyitos" , Magdalena Ibarra asegura que en sus 78 años todo se lo debe al "Señor de Mailín" y a su "finado" esposo, que la rescató del monte. Vive en una casita de adobe y cocina a leña, pero para ella, acostumbrada al desamparo, es todo un progreso. "Mi mamá me sabía traer en burro para la fiesta, desde Sabagasta, donde vivíamos. Salíamos a las seis de la mañana y llegábamos como a las ocho de la noche". Se le alisan las arrugas de las mejillas cuando recuerda que a los 17 años una maestra le regaló su primer par de zapatillas, y que a los 14 años vio un auto por primera vez. "¡He salido disparando... creía que me iba a pisar!", ríe con ganas.
Mailín es un solitario poblado ubicado a 156 kilómetros al sur de la capital de Santiago del Estero. Los colectivos llegan hasta el cruce con un camino de tierra que conduce al pueblo, desde ahí recorren 10 kilómetros de a pie.
Tampoco hay farmacia. Y el agua es salada, por lo que debe ser potabilizada. Los pobladores acostumbran a juntar agua cuando llueve, lo que no ocurre casi nunca. En verano, la sensación térmica ronda los 50°, pero por las noches refresca, como en el desierto. Este año, por primera vez en 246 años que tiene el pueblo, se inauguró una escuela secundaria. En el único dispensario del pueblo un enfermero atiende todos los partos, que son alrededor de 30 al año. Decesos, no más de cuatro, por lo que hay muchos ancianos ya centenarios.
Doña Magna, como le dicen todos (aunque lo correcto sería Magda) habla quichua a la perfección, como la mayoría de sus vecinos. Por eso, en la base del templete se inscribe una frase que entienden todos: "Anaj manta tucuita nocka mana pa musa" ("Desde lo alto todo lo atraeré a Mí"). La cita de San Juan parece tener fuerza profética, porque todo el pueblo gira en torno de la venerada Cruz de Mailín.
¿Quién es este Señor? Cacho Sosa, dueño de la santería de la iglesia, es la persona que más sabe del lugar: cuenta que la Cruz fue hallada en el último tercio del siglo XVIII, según lo confirma un documento histórico de 1882. La encontró un anciano que cuidada una hacienda, en el hueco de un gran algarrobo blanco. A los pies de ese viejo árbol, los pobladores de Mailín celebran su fiesta desde tiempo inmemorial. Incluso hoy, por muy pequeña que sea su dolencia, los vecinos corren a buscar "bendiciones" en el hueco del árbol.
"Es el árbol del encuentro, porque allí los devotos tienen su encuentro personal con Dios", explica el rector del santuario el padre Alejandro Gordillo, que es tucumano. Bajo ese mismo árbol, el obispo auxiliar de Santiago, monseñor Ariel Torrado Mosconi, ofició la misa de apertura. "Mi nieto devolvía todo lo que comía y estaba muy flaco. Tenía un año y lo metieron dentro del hueco del árbol. Cuando llegó a la casa pidió de comer. Estaba curado", cuenta Graciela Ponce.
Los peregrinos también buscan las bendiciones del árbol, por eso, "los servidores" de la fiesta no se dan abasto para colocar por un ratito, dentro del hueco, imágenes, estampitas y todo tipo de objetos religiosos que le acercan. "La devoción popular es una riqueza muy grande, pero tenemos que evangelizarla", advierte monseñor Torrado Mosconi.
En Mailín, los peregrinos viven intensamente su fe. Comen la hostia y el chivito con la misma "devoción", caminan dos días hasta el santuario y con las mismas piernas bailan hasta el amanecer. En una palabra, viven su fe con todo el cuerpo.
El hallazgo
Una cruz llama desde el hueco de un árbol
Cuenta la tradición que el anciano Juan Serrano, cansado de ver una luz que brillaba dentro del hueco de un gran algarrobo, decidió ir a ver qué era eso. Junto a un par de vecinos armados con palos se acercaron al lugar y encontraron una Cruz de madera con un Cristo pintado. Los dueños de la tierra donaron el terreno para la veneración. Enterado, el obispo de Tucumán, al que pertenecía la iglesia en ese momento, quiso traer a Tucumán la Cruz con toda la limosna, pero los santiagueños se negaron con uñas y dientes hasta conseguir que el Señor se quedara en Mailín. Los milagros se multiplicaron
El nombre del lugar
Los indios mailihuampis
De dónde proviene el nombre Mailín, no se sabe a ciencia cierta. Sólo se tiene conocimiento de que se trata de una voz quichua y que los naturales del lugar llamaban Mayllin al estanque o manantial existente en la zona del río viejo. Allí vivían los indios yucumampas y mailihuampis, que rendían culto a la Maylinpalla, llamada también "bruja de los bañados". Explica Cacho Sosa, dueño de la santaría de la iglesia, que Maylinpalla era una divinidad que ayudaba a los indígenas en su vida cotidiana. Su culto desapareció por completo tras la evangelización.