- Usted es un experimentado autor de crónicas. ¿Por qué se ha interesado en la ficción? ¿Cuáles cree usted que son las diferencias entre crónica y ficción?

- La piscina es mi octava novela. Soy un novelista que también escribe crónicas. La crónica, que es un género "híbrido", ya que tiene algo de reportaje periodístico y mucho de ensayo, puede lograr la buena escritura, pero pocas veces alcanza el nivel de gran arte literario; la crónica me ha servido, muchas veces, como cuaderno de apuntes para mis novelas. Este es el caso entre mi crónica El cruce de la bahía de Guánica y la novela Sol de medianoche.

-¿Por qué escribió La piscina? ¿Qué lo llevó a llamar Edgar al personaje central de la novela?

-Escribí La piscina porque hacía ya tiempo que me rondaba en la imaginación. Quería escribir sobre una conflictiva familia puertorriqueña en esa década de cambios y mudanzas para los puertorriqueños que fueron los años 50. Lo que me llevó a llamar Edgar al protagonista es que en parte, sólo en parte, se trata de una novela autobiográfica; de esa manera, con la cercanía de ese nombre, podría invocar mejor mis fantasmas.

- En La piscina hay una demora en las variaciones sobre la luz. Se habla de luz mortecina, de mediodía, contraluz, débil, etcétera. Por lo demás, usted publicó una novela llamada El espíritu de la luz. ¿Podría hablar de esta "obsesión" con la luz?

- Mi obsesión con la luz antillana comenzó con sendos ensayos que escribí sobre dos pintores caribeños, el venezolano Armando Reverón y el puertorriqueño Francisco Oller. Más adelante escribí esa novela que mencionas, El espíritu de la luz, que es única en mi producción, y me explico: en vez de comenzar a narrar mediante una anécdota, o partir de un detalle, quise comenzar con una idea, es decir, la luz antillana. ¿Cómo haría para descubrirla en sus momentos deslumbrantes o recortados, cómo precisar sus matices? La descripción de la luz en la literatura es una manera de crear eso que llamamos atmósfera, o clima emocional, algo así como lo que logra el impresionismo en la pintura.

- Como dice acertadamente Carolina Sancholuz, la novela propone tres tiempos: el de la infancia de Edgar, el que coincide con la muerte del padre y el de su madurez. ¿Cómo construyó la trama del libro?

- La trama del libro la maduré durante mucho tiempo. Sabía que, en algún momento, intentaría describir la muerte del padre. Ese fue el motivo inicial. Luego me interesó toda esa retrospección en que cuento la infancia del arquitecto. La vuelta a la madurez del protagonista y el episodio de su excéntrica y solitaria vejez -todo eso- se me ocurrió después. Antes que nada, me interesaba narrar el drama del padre, porque es ahí donde retrato muchas tensiones de raza y clase en el mundo antillano.

-Tanto en sus crónicas como en esta novela la historia aparece clara en la puesta en escena. Creo, de hecho, que los instantes históricos fueron introducidos de manera lograda en la trama de la ficción. Me gustaría que hablara de las relaciones entre crónica e historia y de ficción e historia.

- La novela La piscina es una obra de ficción donde se evidencia esa literatura que siempre he ambicionado, una literatura de edad y época, donde a la vez que nos colocamos en una época histórica, con todas sus especificidades, se retrata la interioridad de unos personajes. La crónica a la larga se convierte en fuente histórica, muchas veces la Historia misma sirve para emblematizar toda una crónica personal. Eso ocurre en La piscina con la foto de los gobernadores coloniales y el Presidente Truman, durante su visita al Hotel Jagüeyes de Aguas Claras en 1948, y también la foto de los nacionalistas puertorriqueños durante su arresto, inmediatamente después del ataque al Congreso de los estados Unidos en 1954.

- En La piscina impacta el uso del lenguaje, la prosa adjetivada, el ritmo de la prosa, la recurrencia atinada de ciertas metáforas, la creación de climas. ¿Podría hablar de este trabajo con el lenguaje?

- Mi trabajo con el lenguaje siempre ha sido muy meticuloso; con los años se ha vuelto maniático. En mi juventud las novelas fueron de un barroquismo exuberante, quizás exagerado; con los años he logrado moderarlo hasta lograr cierto equilibrio entre descripción y narración; quizás se trata de cierta abundancia sensorial en una prosa que se ha vuelto aún más estructurada, hasta algo "conceptista", pienso a veces. Intento crear un equilibrio entre los efectos puramente sensuales y las epifanías, esas revelaciones conceptuales que iluminan primeramente al narrador y luego al lector. No sé, todo esto tiene algo de arcaísmo literario, lo sé. Uno de los rasgos definitorios de nuestra literatura antillana es esa tendencia hacia un barroco de cláusulas amplificadas y complejas, tanto en lo nominal y adjetival como en lo verbal.

- Aunque no conozco con minucia la historia de Puerto Rico, siento que la novela entrega un mapa indirecto, una geografía resumida de algunos problemas sociales entre los habitantes del país. ¿Ha trabajado esto de manera consciente?

-Pues claro que lo he trabajado de manera consciente. Como ya dije, la novela es importante en tanto recala en una particular época y evidencia concreciones de nuestra historia social, siendo el racismo y las complejidades de clase uno de los motivos importantes de la trama. Muy particularmente la novela está enmarcada en los años 50, específicamente entre los años 1953 y 1958. Ahí también aparece la gran emigración a Nueva York que ocurrió en esa época, la mudanza del pueblo pequeño a la urbanización, hay un retrato de la sociedad mulata dominicana, clasemedianera durante el Trujillato; en ese partido de béisbol con Puerto Rico, Cuba ya está a punto de aislarse del resto de las Antillas a causa de la confrontación con el Imperio. La novela recoge mucho de aquella época y mucho de los demonios interiores de los personajes, como debe ser en cualquier novela de interés.

© LA GACETA

PERFIL

Edgardo Rodríguez Juliá es cronista, novelista y ensayista. Entre sus crónicas y ensayos se destacan Las tribulaciones de Jonás, El entierro de Cortijo y Caribeños. Ha publicado novelas históricas y novelas cercanas al policial negro como Sol de medianoche y Mujer con sombrero panamá. Desde 1999 es miembro de número de la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española. Ganó la Beca Guggenheim y numerosos premios internacionales. La piscina, su octava novela, fue publicada en la Argentina por Corregidor.