Esa mañana se levantó triste. Su angustia no hallaba consuelo. Pensó en sus hijos, en su familia. Se preguntó: "¿qué tengo de malo en mi cuerpo?" Lloró. Y creía que nunca iba a parar de llorar. Era la primera vez, en 33 años, que Fernanda Obeid había soportado algo así. La noche anterior, el 29 de marzo, había sentido cómo las filosas agujas de la discriminación la atravesaron.
Este es su relato: "salí a festejar el cumple de mi prima Constanza; ella quería ir a un bar de Maipú al 700 y ahí fuimos. En el camino me quedé saludando a una amiga, mientras mi prima y otra amiga pedían mesa en el bar. Les dijeron que tenían un lugar reservado, que esperaran, salió un señor, las miró y les permitió sentarse en ese sitio. Al ver que ya estaban ubicadas, despedí a mi amiga y corrí a sentarme con ellas. Eran la 1.05 de la madrugada. Minutos después se acercó la misma persona diciendo que lamentaba comunicarnos que la cocina había cerrado a la 1. 'Ningún problema, no queríamos comer nada, solo unos tragos', le dije. Me contestó que tampoco había tragos, que no estaban sacando nada porque era una noche especial (Jueves Santo) y que no querían que nadie se fuese borracho de ese lugar. Tuvimos que levantarnos e irnos, mientras veíamos que a las otras sí les estaban sirviendo comidas y bebidas".
Su voz se llena de ladridos cuando habla de lo que le ocurrió. Se reconoce como una chica llamativa. Y lo es: tiene el pelo bien cortito; sus brazos y espalda son el escenario de grandes tatuajes. Su piel dibujada, según cree ella, es lo que despertó el rechazo aquella noche en el bar.
Es autodidacta, madre dedicada y, ahora, enemiga enérgica de la discriminación. Cuando las lágrimas abandonaron su rostro, Fernanda decidió que no iba a quedarse callada. Llevó su historia a las redes sociales y la plasmó en una denuncia policial y ante el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (Inadi). En esta incursión se encontró con otra triste realidad: si bien hay una gran cantidad de personas que sufren la "tachada" de la noche tucumana, la cantidad de denuncias es ínfima.
La polémica
La olla la destapó Kike Marzoratti, dueño de boliches emblemáticos de otras épocas. El lunes, en una entrevista con LA GACETA habló de la "tachada" de hace 20 años. Dijo que muchas cosas cambiaron y que ahora hay mejoras. Pero no. La realidad es otra: aún en tiempos en que se valoran más la tolerancia y la inclusión, el mecanismo de selección de público en bares y discos sigue presente. Es menos evidente, y se enmascara bajo el mentado "derecho de admisión". Tachar, algo que se creó para dar impulso a los boliches, sigue tan presente como hace dos décadas.
En las puertas de las discos se forman supuestas "listas de invitados" que terminan siendo usadas para seleccionar luego -a ojo- quiénes entran y a quiénes se los excluye por ser gordos, tener la piel oscura o estar mal vestidos. Hay entradas más costosas según la cara y la ropa del que pretende ingresar. Se perciben demoras inexplicables y filtros que azarosamente asoman en función del capricho del patovica o empleado con "licencia" para definir quiénes desentonan con la imagen deseada para el lugar.
"El boliche está lleno", "hoy es una fiesta privada", "disculpá, no hay lugar, el espacio que queda es exclusivamente para los amigos de los dueños", "sin invitación no entrás". Las excusas son muchas, y se repiten incluso mientras otras personas no tienen ningún problema para atravesar la soga que separa la calle de la puerta.
Las formas de discriminación hacia los jóvenes se han modernizado y se multiplican en bares y boliches. Las denuncias crecen en el Inadi y, más que nada, en las redes sociales, la plataforma más elegida por las víctimas para alumbrar los nuevos métodos de exclusión de la movida nocturna, métodos que van desde excusas inverosímiles hasta agresiones verbales y cobros excesivos de entradas y servicios. Refugiados en el "derecho de admisión" -que muy pocas veces exhiben en carteles en la entrada- eligen quiénes pueden entrar o no a sus establecimientos.
"El derecho de admisión se convierte en la excusa con la que suelen ocultarse diferentes formas de discriminación. Este derecho no existe", aclaró el titular del Inadi en Tucumán, Gustavo Díaz Fernández. Según el funcionario, la "tachada" está más camuflada que en otros años, pero no es porque exista más concientización en los jóvenes. "Hay más información; alguien concientizado decide no ir a lugares con pautas excluyentes", sostiene.
El Inadi casi no recibe denuncias por discriminación en acceso a locales nocturnos. El año pasado hubo tres o cuatro. Este año, se sorprendieron al recibir cinco seguidas en un mismo mes: marzo. No obstante, las autoridades saben que los jóvenes son continuamente víctimas de estos ataques. El hecho que no denuncien tiene dos explicaciones. Por un lado, muchos sienten que deben volver al lugar adonde lo discriminaron para demostrar que sí están a la altura de las exigencias que imparten para acceder. Por otra parte, saben que el Inadi es un organismo que no posee la facultad de sancionar, sus funciones son la promoción del respeto y la tolerancia, y la conciliación entre las partes cuando alguna de ellas incurre en un acto de exclusión.
Mecanismos perversos
"En algunos boliches te dejan de lado si sos morocha o si vas de zapatillas. Hay discriminación por portación de rostro", contó María Celeste, de 22 años. "Vi como tacharon a un grupo de chicas, les dijeron que no podían entrar porque era fiesta privada y los que estaban detrás de ellas pasaron sin problemas", añadió Coco, de 29. Las estrategias que usan algunos pubs y bares no son menos perversas, según describieron los jóvenes: "desde temprano todas las mesas aparecen como reservadas. Cuando el cliente se acerca, lo miran bien y si reúne las condiciones esperables les argumentan que se acaba de caer una reserva. Sino, la respuesta es: no hay lugar", resaltó Gustavo, de 32 años.
Un patovica consultado se sinceró: "en muchos boliches, la práctica que piden los dueños es la del 2x1: si se presentan dos minas bien vestidas y una mal vestida, pasan. En cambio, si llegan dos gordas y una flaca, no". "Son cosas que suceden todos los días; los jóvenes ya se acostumbraron a este maltrato y no saben cómo defenderse. Es tremendo", resume Fernanda Obeid. Ella no quiere eso, se niega a vivir entre miradas filosas y la sombra de la discriminación.