Los pobres son sus amos y señores. Lo dice el capítulo I de su constitución y ellas lo cumplen al pie de la letra...
Sus largos hábitos marrones conocen el polvo de las calles de Alderetes desde hace seis años. La cara y las manos apenas se les ven, pero prefieren soportar el baño turco del verano tucumano antes de quitarse las medias y contradecir a su fundadora, que escribió: "... y después de 100 años, la persona que vea a una hermana de la Cruz podrá decir: se ve a las primeras, el mismo hábito exterior y el mismo interior; el mismo espíritu de abnegación.... Son las mismas, dan de comer al hambriento, visten al desnudo, buscan casa a los peregrinos, visitan a los enfermos, los limpian, los asean, los velan sacrificando su reposo".
Quien vea a una de estas hermanas verá también a su fundadora, SantaÁngela de la Cruz.
Siempre atareadas y presurosas, corren contra el reloj para asistir a los enfermos en sus casas, bañarlos, darles de comer, hacer la limpieza, lavar sus ropas y proporcionarles consuelo.
Como los apóstoles de Cristo, van de dos en dos por las calles. Su día comienza antes del amanecer, a las 5.30, y no termina hasta cerca de la medianoche... a veces, porque también cuidan enfermos durante toda la noche. Las hermanas de la Cruz duermen día de por medio y no recuperan esas horas de sueño, pasan directamente a las actividades del día siguiente. Tampoco duermen a la siesta.
Las siete hermanas que conforman la comunidad de Alderetes (son 23 en el país) asisten a 300 enfermos. También cuentan con talleres de oficios para 35 chicos con capacidades especiales, y dictan clases de música (coro y guitarra) y de Catequesis.
Las Hermanas de la Cruz no conocen el cansancio. "Pero si nos llegamos a sentar un rato nos quedamos dormidas", confiesa al oído sor María Patricia, la primera vocación en la Argentina.
Casi todas son españolas, especialmente de Sevilla, de donde era su fundadora. Su acento, veloz y alegre, las delata. Viven a siete cuadras de la plaza principal de Alderetes, en un terreno del arzobispado donde un empresario les construyó el convento. Su único ingreso es la providencia.
"Vayan y vean"
La madre Anunciata (sólo usa su nombre de religiosa) no quiere fotos ni notas demasiado grandes. "Somos de perfil bajo" , se disculpa sonriente. ¡Cuánto más la hermana María de la Humildad, que prefiere que ni la nombren! "Vaya y vea cómo trabajamos, se va a dar una idea", propone la madre Anunciata. Las hermanas recorren los barrios de a pie o en bicicleta.
En casa de Mercedes Abregú - una mujer postrada en cama hace dos años - sus dos hijos esperan a las monjitas para irse a hacer "changas". "¡Ay, no sé qué sería de mi vida sin ellas!", suspira con dificultad la mujer, traspasada por el dolor que le causan la artritis reumatoidea y la artrosis que le deformaron los pies y las manos. "Todo lo que hay aquí lo consiguieron ellas, con donaciones", señala con la mirada el ropero, la cama, el colchón antiescaras. "Hasta la casa, porque primero ellas me alquilaban una piecita porque yo no tenía donde vivir y ahora consiguieron la ayuda del intendente", cuenta Mercedes con una sonrisa que pronto se convierte en una mueca de dolor.
"¡Pida, pida... que acá está la periodista!", la anima la hermana María Patricia mientras maniobra suavemente para cambiarle el camisón. "Necesito que me renueven el certificado de discapacidad, porque lo tengo vencido. Y que vengan del Caps a visitarme porque no puedo moverme", dice en un quejido que se le escapa.
"¡Vamos, vamos que el dolor nos une al Señor... No será tan malo el sufrimiento entonces, sólo hay que saber aprovecharlo!", la alienta la hermana María Patricia.
Afuera de la habitación, sor María de la Humildad trabaja a toda prisa. Lava sin guantes el inodoro y refriega la ropa de Mercedes y la cuelga en un santiamén. "Lo peor no es tanto la pobreza, como la soledad. La gente está hambrienta de escucha", reflexiona sin detenerse un segundo. Sus pequeñas manos retuercen las sábanas a toda velocidad y luego, de puntitas, se estira para extenderlas en la soga. "Mucho materialismo... La gente no sabe vivir... Se esfuerza tanto por tener cada vez más cosas", dice con tristeza.
Cuando termina la limpieza, la hermana María Patricia le da un último toque a su enferma: "¿le paso un poquito el peine?"
Otra vez a la calle y a visitar a otra anciana. Esta vez, a María Angélica Avellaneda, de 83 años. Ella vive detrás de una quinta de naranjos. Las está esperando sentada, con un pie en alto. Apenas las ve, sonríe y estira los brazos como una niña. Las monjitas se calzan los guantes de goma y comienzan a cambiarle las vendas de la úlcera. "Nosotras estudiamos enfermería en el noviciado (que dura unos 10 años)", ilustra la hermana Patricia.
El entusiasmo de las hermanas es contagioso. Será por eso que en sólo seis años aquí sumaron ocho vocaciones.
La curación ha terminado. Como siempre, rezan una oración y besan a su amo, el enfermo. A las mujeres en la mano, y a los varones en el pie. ¿En el pie? "Sí para nosotras, es Cristo".