Domingo a la noche, lluvia intermitente. Nada invitaba a salir. Sin embargo, en el teatro San Martín la cola para entrar daba la vuelta por Muñecas.
El Ballet del Mercosur irrumpió en la sala atestada. El malambo sacudió a los inmigrantes que llegaban de Europa al Hotel, a principios del siglo XX. La dramaturgia de Claudio Grillo solo necesitó una tarima al fondo de la escena y un sutil humo. Y el despliegue coreográfico de Nicolás Cobos y Paola Jean Jean. En grupo o en parejas, liderados por Maximiliano Guerra, Julieta Saravia y Víctor Robledo, hechizaron con el tango, la milonga, el candombe y el vals. Estaban todos: el italiano, la galleguita seductora, la madre trabajadora. Estaban todos también en la partitura de Daniel García, de Discépolo a Piazzolla, para encontrarse en la identificación rioplatense, en el amor, el drama y el conflicto. El embrujo en cada corte y en cada quebrada, con la sensualidad natural del tango exacerbada por la danza contemporánea. Y el humor, en la púa que saltó en la fonola o en los celos de la patrona.
El telón de la segunda parte descorrió en un escenario sombrío presidido por un descomunal trono de marfil, metáfora del poder en la Rusia de hace casi cinco siglos. La obra transcurrió con Iván (Guerra) viendo su propio drama y ascenso, desde que era el pequeño Iván tironeado por los nobles. Allí donde su madre, la zarina Elena, muere envenenada; donde crece su amor por Anastasia tanto como el poder que acumula. Allí donde los buitres lo acecharán y le impedirán la felicidad.
El drama danzado se jalonó desde el intenso romanticismo del dúo Iván-Anastasia (Guerra-Saravia) bajo la luz azul, hasta el violento combate de los bailarines con espadas donde Iván esgrimía una en cada mano.
Con música propia
Esta vez García ideó una estructura musical con un Réquiem-leit motiv, e hizo colaborar a Rachmaninoff y a Paganini. En un acertado manejo del tiempo, el extenso relato se resolvió en 40 minutos del más puro ballet clásico. La sucesión de los hechos hizo visible la calificada injerencia del actor Manuel Callau, que interpretó en la dramaturgia las ideas de Guerra. Y Mónica Perri vistió con el lujo apropiado a la corte zarista.
No hicieron falta grandes proezas técnicas para lograr un equilibrio danza-drama; bastaron las decisiones de Guerra y de la maestra, Gabriela Pucci. Bastó la probada eficacia de los 11 bailarines del cuerpo del Mercosur, con Tamara Barbadoro, Julieta Saravia y Jorgelina Aguirre a la cabeza.
Guerra marcó con su arte al pícaro inmigrante y al siniestro Iván. Con los dos se dio el gusto de unir al pueblo: a través del tango primero, y luego en la piel del llamado Zar de todas las Rusias. Vimos al eximio bailarín -a quien ya conocíamos- poner el cuerpo al amor, al dolor, a la violencia y a la locura con técnica de ballet. Y también al actor.