Sol, agua, tierra, aire. Los elementos de donde venimos y por donde transitamos; conjunto de energías que nos componen, que nos construyen, que nos realizan como parte de una gran cosmovisión. Eso es, en parte, lo que encontré en El Remate, donde fui con mi cámara para retratar la ceremonia de la Pachamama. Sin embargo, esta vez las fotos deberán esperar. "Esta no es una fiesta, es una ceremonia íntima", me pide una coplera. Y yo asiento, dejo por un rato la mirada del que observa detrás del ojo de la cámara y me vuelvo parte del ritual. Pachamama, tierra, madre, creadora, diversos nombres que le pusimos para identificarla. Una misma esencia.
Cada primero de agosto llega la celebración -para algunos pagana- de ofrendar a la tierra, de convidarle de nuestras mejores cosechas, de nuestra mejores hojas de coca, de nuestro vinito más rico, del agua, para que no tenga sed. Y del locrito, para que se alimente. En El Remate no existen nombres ni sexo ni nacionalidades. La tierra nos vuelve elementos, energías encontradas que se unifican. Para agradecer, para pedir, pero sobre todo, para aprender a respetar. "Ojalá la muerte no me encuentre/ porque soy buen mozo y mi semilla i de plantar", canta la coplera. Ojalá la fiesta de la Pachamama deje de ser fiesta y aparezca como lo que es: una comunión entre los cuatros elementos: sol, agua, tierra, aire.