Al hombre que camina a tranco largo el camino que lleva a la entrada del sitio sagrado de Quilmes se lo intuye apurado. El rostro oscuro que esconde la edad, camisa blanca inmaculada, pantalón azul de gabardina y una bolsa de supermercado que él carga como si fuera un hijo. Es el 1 de agosto, y la ceremonia de veneración a la Pachamama en el sitio sagrado de Quilmes ya ha empezado. El hombre que apura el paso se llama Isidoro, tiene 36 años, es artesano de corazón y profesión, pero se gana la vida como obrero de la construcción. Casi sin respirar, una vez que ha trepado los 100 metros que llevan a la apacheta que han armado los lugareños, saca de la bolsa del súper su caja y su poncho. Deja el apuro y se pone a cantar.
"Ayer canté en la frontera y hoy canto en Campalito, a mí me gusta cantar en cada pago un poquito", desgrana Isidoro mientras blande la caja, y su voz atraviesa el paisaje acre y celeste, bajo el cielo, en el sitio sagrado de Quilmes. En cada rincón del Valle Calchaquí, los descendientes de las comunidades originarias se consagran desde la salida del sol a honrar a la Pachamama, que en este ciclo del año abre sus brazos para la siembra. Para algunos, la ceremonia debe ser íntima, como en El Remate; para otros, la veneración a la Madre Tierra merece ser compartida, y el ritual se convierte en fiesta popular, como ocurre puntualmente todos los años en Amaicha alrededor de la casa de los Andrade, o en Los Zazos, con la fundación Amauta como anfitriona.
En el sitio sagrado de Quilmes, un centenar de turistas sigue con respeto la secuencia del rito que ha arrancado a la mañana temprano, cuando se ha desenterrado la apacheta que se tapó el año pasado. Al mediodía, cuando el sol cae de punta en Quilmes, las ofrendas a la Tierra le aportan colores al paisaje bajo la forma del maíz, cigarrillos, alguna prenda de abrigo, hojas de coca, manzanas, botellas, tetrabricks y damajuanas que delatan el protagonismo del alcohol en la ceremonia. De a uno en fondo, los lugareños se toman un trago antes de verter el resto del líquido, que compartirá lugar con el resto de las ofrendas en el pozo que al final se sellará con piedra, y que será reabierto justo un año después. Alguien apantalla el fueguito en el que se van mezclando los yuyos del lugar: romero, ruda, albahaca... "Son las hierbas medicinales que históricamente han usado nuestros abuelos", recuerda un paisano, y el humo del sahumado con el que se irán "las malas ondas" le cambia color y aroma al aire del valle.
Una coplera se le une en el canto a Isidoro, y un acordeón acompaña el contrapunto creativo. "Polvo se volverá mi caja , mi memoria cerrazón/ Mi canto puede que muera/mi copla seguro no".... Chispa, lamento, gracia, se alternan en las letras de la copla, género al que el milagro de la tradición oral ha sabido mantener vivo.
El tiempo de la ofrenda va culminando. Alguien comienza un discurso de agradecimiento a la Pachamama y guía a la pequeña multitud a saludar a los cuatro puntos cardinales. Lugareños y turistas se unen en el ritual y sus brazos se extienden ora al norte, ora al sur, ora al este, ora al oeste. "Honremos a la Pachamama, que no es de nadie y que por siglos ha sido habitada por nuestros ancestros, aunque haya quienes quieran apropiársela", grita el hombre, y otros se le unen en el reclamo. En Quilmes, el ritual abandona por un momento el sello folclórico que ha caracterizado por años a la veneración de la Pachamama y adopta un tono político, acorde con estos tiempos en los que la lucha por la tierra calchaquí, ahora convertida en commodity, genera enfrentamientos entre propios y con ajenos.
En otros sitios del valle las ceremonias se vuelven más íntimas. En Colalao del Valle, en el acceso a la bodega Las Arcas de Tolombón, un grupo de lugareños comparte su ceremonia en la apacheta que se ha cavado hace ocho años, cuando se inauguró la bodega, y extrae las botellas que reposaban en ese pozo desde el año pasado. "Dicen los abuelos que a la bebida que sacamos hay que consumirla toda. Este año capaz que pongamos más, porque nos ha dado buenos resultados", cuenta Damián, y arranca sonrisas en el grupo. Gustavo González, un compañero de trabajo, aporta su testimonio. Dice que han arrancado temprano en la mañana, apenas salido el sol, han sahumado las casas y todo el mundo se ha tomado su té de ruda. ¿Se mantiene la tradición de venerar a la Pachamama? "No solo no se ha perdido, sino que se transmite de generación en generación. Uno cada vez va creyendo más en la Madre Tierra", añade Damián. Tímidos, los testimonios se suman. Cuentan que la ofrenda a la Pachamama no se agota el 1 de agosto. Que en los fondos, en los patios, entre los cerros, las apachetas se multiplican, y los lugareños dedican una hora diaria a la Pachamama, "como un dios más". Y que no falta el rezo íntimo de un Padrenuestro. Señal esta de un sincretismo religioso que, aunque alimentado por cinco siglos, no logra opacar la cosmogonía ancestral de que los dioses nos siguen llamando desde la Tierra, desde el aire, desde el fuego y desde el agua.