Cuando en el invierno de 1989 se estrenó "Cinema Paradiso" -esa joya del cine italiano que dirigió Giuseppe Tornatore- yo tenía 22 años. Me acuerdo clarito de que la vi junto a mi madre -que era amante del cine europeo-, después de merendar chocolate con churros en "Candy". Fue tal vez la última salida al cine que pude compartir con ella. Por eso, la película me causó una emoción profunda. Quién sabe: tal vez haya sido la tierna relación entre el pequeño Totó con el paternal proyectorista Alfredo (encarnado por el inmenso Philippe Noiret); o la melancólica música de Ennio Morricone, que arrancaba lágrimas en cada escena. Pero lo cierto es que no volví a ser el mismo después de verla. Y mi madre tampoco. "Esta es una de esas películas que no se olvidan fácilmente", me dijo a la salida del cine. Tenía razón: hoy, cuando se cumplen 23 años de su estreno, sigo recordando con emoción esa historia inmortal. Y vuelvo a ella una y otra vez. Anoche la vi de nuevo. Ya no con mi madre -que dejó esta vida hace más de dos décadas- sino con mi esposa, que siempre llora en la última escena, y con mi hijo, que se duerme en la mitad. Del mismo modo en que Perseo soborna a Caronte para entrar y salir del infierno, cada vez que veo "Cinema Paradiso" emprendo un viaje de ida y vuelta a aquel estreno que cambió para siempre todos mis inviernos. Esa película no solo es un salvoconducto contra el tiempo: también es un conjuro de aquel momento perfecto en el que una madre comparte una historia con su hijo. Al fin y al cabo, ¿qué es el cine sino un juego en el que el espectador se permite ser niño otra vez, para dejarse contar esa historia en la oscuridad? Ahora intento yo hacer lo mismo que hizo mi madre y veo "Cinema Paradiso" con mi hijo. Así, sin lágrimas, pero con los acordes conmovedores de Morricone, ambos podemos sentirnos cerca de ella otra vez.