En "El tiempo, gran escultor", la cautivadora escritora franco-belga Marguerite Yourcenar asegura que cuando una escultura está terminada, su vida, en cierto sentido, empieza. Porque, superada la etapa de la creación, el paso del tiempo la irá convirtiendo en una obra de arte y la devolverá, poco a poco, a su primigenio estado de masa informe. Los restauradores, en cambio, luchan para que ese desgaste natural impacte lo menos posible en una obra. Su misión es la de resguardar y proteger, para perpetuar la belleza para las generaciones venideras. "Un pueblo se define por su patrimonio; eso es lo que le da identidad. De allí la necesidad de conservarlo a toda costa: estamos resguardando un pedazo de historia", señala la restauradora italiana Antonella Santori Merzagora. Ella se encuentra en Tucumán junto al químico del Vaticano, Ulderico Santamaria. Ambos dictaron el curso "Técnicas para la restauración de obras de Arte y Arquitectura", en la Facultad de Arquitectura de la UNT.
Según los expertos, encarar una restauración no es una tarea que deba realizarse en forma improvisada. "No sólo debe existir un proyecto concreto que se pueda llevar adelante en el tiempo, sino que es imprescindible un equipo interdisciplinario de especialistas que controlen ese proceso", comentó Santori Merzagora.
En este sentido, agregó que una de las metas de toda sociedad que se precie es la conservación del patrimonio. "Antes de pensar en restaurar es necesario conservar, a fin de que ese patrimonio -ya sea arquitectónico o artístico- sufra la menor degradación posible", señaló.
El rol del diagnóstico
La experta, que tuvo la posibilidad de visitar algunos edificios históricos de la ciudad como el templo de San Francisco, comentó que en Tucumán hay mucho por hacer. "Lo que pasa es que primero se deberían hacer estudios minuciosos de las obras a restaurar, una suerte de diagnóstico previo serio y detallado, a fin de determinar los daños reales de la pieza, su conformación y los materiales más adecuados para llevar adelante el proyecto. Luego, una vez realizada la restauración, es importante desarrollar tareas de mantenimiento. Y para eso es necesario que el Gobierno destine una partida presupuestaria", declaró. Esto es lo que no sucedió, por ejemplo, con la Libertad, de Lola Mora, que tuvo una restauración profunda pero no un mantenimiento que permita conservar en el tiempo esa restauración.
Por su parte, Santamaria explica que el concepto de restauración que prevalece hoy en Europa es muy claro: se debe partir de un proyecto piloto. "Este proyecto prevé un diagnóstico y la puesta a punto de materiales nuevos o antiguos, según el caso. Porque tanto lo nuevo como lo antiguo son igualmente importantes. Los materiales industriales no resuelven todo el problema; algunos no muestran compatibilidad con los elementos que constituyen el objeto a restaurar. Por eso, a la hora de encarar un trabajo debemos integrar lo viejo con lo nuevo, es decir, los materiales industriales con los artesanales que se usaron en otras épocas. Todo esto forma parte del proyecto piloto, en el cual trabajan arquitectos, ingenieros, químicos, físicos y artistas plásticos. Es una visión de restauración mas organizada, que no deja ningún elemento librado a la improvisación", enfatizó.
La identidad
Cuando un objeto patrimonial no puede ser restaurado -porque no se sabe cómo fue realizado- se debe al menos intentar que el paso del tiempo no lo siga degradando. "Hay que intervenir para evitar el olvido. La historia de cualquier objeto es importante porque nos habla de una época que ya pasó. Es un compromiso cultural que tenemos", dice. Y agrega: "no es que debamos dejar caer un edificio. Cuando no se puede restaurar no se debe mentir. Si yo tengo una enfermedad y no sé cuál es la cura, entonces no debo esperar a tener dinero sino que debo actuar para ser curado".
En este sentido, Santamaria abona la teoría de que el deber de todo restaurador es mantener la vida de una obra o de un monumento, porque esa obra forma parte de la vida de la sociedad misma, acumula una historia que no debe ser olvidada. "Si tengo todo el dinero del mundo para restaurar un monumento o una obra de arte, y eso no se hace nunca, la gente vivirá sin su historia, y tendrá un progreso netamente consumista. Prevalecerá la máxima del 'úselo y tírelo'. Está claro que la gente no vive del pasado y que antes que nada necesita comer, vestirse y estudiar... El problema es ¿qué hago después, cuando tenga el estómago lleno, si vivo en una ciudad que perdió su identidad? En África, por ejemplo, no mantienen sus monumentos y la gente lo mismo se muere de hambre. Es decir, no tienen ni lo uno ni lo otro. Y tampoco hay futuro, porque una sociedad que no mantiene vivo su pasado no tiene identidad, y sin identidad una cultura no tiene futuro posible. Ese es el gran problema de nuestro mundo. El consumismo desmedido está llevando a una pérdida de identidad cultural alarmante".