Mientras transcurrían los años nos acostumbramos a que, sobre todo con los expresionistas, la figura humana se desfigure, se descomponga, se distorsione, se desdibuje, hasta quedar casi irreconocible. Con Kandinsky y Mondrian, aprendimos que no todo se reducía a la figura humana, y a sus formas; valoramos la geometría como una estructura siempre presente, y la construcción de realidades oníricas; la abstracción. Y con el surrealismo, el llamado automatismo psíquico puro vino a contarnos la existencia de mundos paralelos, en los que, en nombre de la libre asociación, todo era posible. A mediados del siglo pasado, fue Jackson Pollock el encargado de revolucionar el arte, cuando comenzó a pintar enormes lienzos en los que directamente... no había formas; entonces, el discurso enmudeció ante la ausencia de un mínimo indicio que permitiera identificar algo. Esa fue la primera revolución de Pollock, que la historia del arte conoce como informalismo. Y fue él quien más radicalizó esa tendencia. En 1947 creó el denominado "Action Painting", una segunda revolución en la concepción del propio trabajo artístico, que ya no se detenía en el caballete o en el muro. El artista extendía un enorme lienzo en el suelo de su taller y utilizaba los pinceles de forma rígida, con movimientos rápidos, bruscos y autómatas, sin dirección alguna predeterminada. "En el suelo es donde me siento más cómodo, más cercano a la pintura, y con mayor capacidad para participar en ella, ya que puedo caminar alrededor de la tela, trabajar desde cualquiera de sus cuatro lados e introducirme literalmente dentro del cuadro". Su obra, en rigor, era una performance; no era un imagen lo que surgía de ella sino un hecho, una acción. En ese camino, sobrevino la tercera revolución: la invención del "dripping", con lo que usaba la pintura con toda su propia vitalidad y dinamismo puro, usando los botes de pintura con una perforación en su parte inferior para que la pintura se aplicara sobre el lienzo goteando.