Sean cuales fueran nuestros sentimientos o convicciones con respecto a la figura de Fidel Castro, su cumpleaños número 85 no puede menos que disparar en nosotros una profunda reflexión sobre lo que él significa en la historia de América Latina.
A partir de enero de 1959, cuando triunfó en Cuba la Revolución que él encabezó (Revolución que, al decir del Comandante, continúa todavía hoy), la pequeña isla del Caribe se convirtió en uno de los focos de resistencia más indomables al poder imperial. La primera potencia hizo todo lo que pudo para someterla: desde la invasión a Playa Girón hasta los más de 400 atentados sufridos por quien ocupó, durante casi 50 años, la investidura política más alta de su país. Sin embargo y a pesar de la enorme disparidad de fuerzas económicas y militares, no lo consiguió ni siquiera cuando, a la caída de la Unión Soviética, Cuba perdió ese apoyo.
Pero los frutos de la Revolución fueron mucho más allá: Cuba logró, por ejemplo, ser uno de los pocos países en el mundo (y único entre los emergentes) en alcanzar el grado cero de analfabetismo o la cobertura médica de calidad para todos sus habitantes, objetivos que, para muchas de las naciones del mundo, siguen teniendo el carácter de utopías.
En ese proceso, el papel desempeñado por Castro ha sido fundamental: su firmeza, su inteligencia, su ilimitada capacidad de trabajo y su proverbial elocuencia sirvieron para construir un liderazgo insoslayable no sólo en la isla sino en todo el continente y aún (no es exagerado decirlo) en el mundo.
Más que palabras
Muchos de sus discursos, por citar sólo una muestra de la labor que ha venido desempeñando desde los días del asalto al cuartel de la Moncada, son fuentes ineludibles a la hora de hacer un análisis de la historia del siglo XX, particularmente la de nuestra América. Todavía hoy, anciano, enfermo y ya retirado de la vida institucional cubana, continúa aportando los resultados de su mirada aguda y crítica sobre los problemas globales, en artículos que periódicamente se publican en el Granma.
Fidel Castro no sólo ha entrado ya y por derecho propio en la Historia: es un eslabón imprescindible en la cadena de los hombres y las mujeres que vienen forjando, desde hace 200 años, la independencia de las naciones de América Latina.