A más tardar, la cortina metálica del negocio debe bajar a las 21. Y si el dinero recaudado con las ventas del día no es el suficiente, hay que resignarse. Intentar seguir vendiendo después de esa hora es peligroso. "A la noche esto se vuelve tierra de nadie. Empiezan a aparecer unos chicos que se tapan la cara con la gorra y que buscan a quién asaltar", relata Osvaldo Rueda detrás de las gruesas rejas que impiden ingresar al comercio que atiende en Francisco de Aguirre y William Cross. Como consecuencia de la inseguridad, Rueda le dio un nuevo sentido a la frase "prisionero del trabajo": si pretende darle de comer a su familia, debe hacerlo enjaulado para evitar que desvalijen el local en el que vende desde golosinas hasta ropa interior. "Mi señora ya fue víctima de las mecheras. Hace poco entraron unas mujeres y se llevaron dos bolsas de ropa. Además, la calle está terrible: a cualquier hora del día te pueden asaltar", explicó. En diagonal al negocio está una de las cámaras de seguridad que instaló el Gobierno. Pero el testimonio de Osvaldo da a entender que no sirve de nada. "Cuando te afanan, los choros se escapan hacia el canal (Norte) o se van para allá", detalla señalando hacia Juan B. Justo.
Vive allí desde hace 73 años, pero quiere irse para siempre
Nació y se crió a 50 metros de la avenida Francisco de Aguirre. A 73 años de su llegada al mundo, a Nilda Campos ya no le interesa controlar la indignación que la exalta y que puede afectar su salud. En cuanto ve al cronista, lo agarra del brazo y lo lleva al pasaje que corre junto a William Cross (esta calle está elevada por el puente que cruza el canal Norte y el pasaje está dos metros más abajo). Allí se encuentra la casa en la que vive con su hija de 50 años (padece esquizofrenia). "Los basureros no entran y yo tengo que caminar hasta la avenida para dejar las bolsas", se queja mientras se dirige a la vera del canal, que corre a pocos metros de su vivienda. Allí se acumulan innumerables residuos y corre un líquido verdoso. "Esta es la capital del malevaje y del hampa", sentencia. Y parece estremecerse de indignación y de pena cuando relata la travesía que implica llevar a su hija al hospital: "a veces son las cinco de la mañana y tengo que llamar un taxi, salir a la avenida para esperarlo y pedirle que entre por el pasaje hasta mi casa a buscar a mi hija ¿Se imagina a una mujer de mi edad en la calle a esa hora? -pregunta-. Por eso, en cuanto pueda vendo mi casa y me voy para siempre de acá".
Saltos y corridas para no empaparse con aguas servidas
Mercedes Toledo señala hacia su izquierda. En el acceso al estacionamiento de los monoblocks en los que vive (en Francisco de Aguirre al 200) el agua escapa por debajo de la tapa de una boca de registro. Mientras ella habla, una chica pasa por el lugar y de un salto esquiva el líquido que llena de hedor del aire. Las aguas servidas corren junto al cordón cuneta y se acumulan cerca de la esquina de William Cross. Los vehículos que pasan por allí salpican la vereda. Para no mojarse, lo ideal es esperar que no haya ningún auto a la vista y largarse a correr. Doce cuadras al oeste, Antonia Estrada está más preocupada por esquivar a los ladrones y a los perros. Ella padece de osteoporosis. Vive a la vuelta del CAPS Canal Norte y, aunque suene a exageración, camina todos los días al centro asistencial para que los médicos la revisen. Se trata de una odisea diaria: debe cruzar el puente que atraviesa el canal y, si no hay policías a la vista, puede terminar siendo víctima de los ladrones. Mientras habla, una jauría de perros corretea a un ciclista. Cuando la bicicleta se aleja, los animales se dedican a molestar a quienes aguardan el colectivo. Antonia se queda en silencio, mira el panorama y empieza a caminar hacia el puente.
Sin vereda ni semáforos, caminan por la calle
Pegaditos al cordón de la vereda intentan alejarse lo máximo posible de los autos. De todos modos es complicado lograrlo, porque caminan por la calle. No lo hacen por imprudentes; es que no les queda otra opción. Al cruzar la intersección de Francisco de Aguirre y República del Líbano hacia el oeste, los problemas que aquejan a los vecinos de esta avenida parecen agravarse. Desde el 1.400 al 1.800 desaparece la acera norte. El escaso espacio que hay entre el cordón cuneta y el alto muro del predio que se encuentra a esa altura está cubierto por malezas. A los peatones no les queda otra opción que bajar a la calzada y caminar por allí. Un poco más adelante, en la intersección con Paso de los Andes, los vecinos no pueden olvidar el rostro de la muerte: un hombre que vivía a 50 metros de la esquina fue atropellado por un conductor que se dio a la fuga. "Nosotros hicimos movilizaciones para pedir un semáforo, pero nunca logramos nada. Ahora estamos pensando en tomar nuevas medidas, porque esta esquina es una locura. Si ahora es casi imposible cruzar, imagínese lo que va a ser cuando pasen por acá todos los autos y colectivos que vayan a Lomas de Tafí", reniega Verónica Naranjo.