Es tiempo de revancha. Lo primero que hicieron los mozos fue restregarse las manos cuando LA GACETA les consultó acerca de cuáles son las cosas que odian de los clientes. Al escuchar la consigna, un brillo casi diabólico brotó de los ojos de todos ellos, al tiempo que pensaban "esta es la mía" y se lanzaron, encarnizados, a la charla.

Estos estoicos soldados de la bandeja y el moño postizo mantienen la calma y la sonrisa -aunque sea de piedra- hasta en las peores situaciones. "Es que no podés hacer pasar un mal momento a los que están alrededor, que no tienen nada que ver con el problema que puedas tener con algún cliente", explica Eduardo, quien trabaja hace 16 años en diferentes locales.

Ninguno de los entrevistados quiso dar a conocer su apellido ni el local donde trabajan. "Son cosas que es preferible dejar en la intimidad de la cocina o de la barra, en la charla con los compañeros", se excusa Eduardo, mientras acomoda con tranquilidad las mesas del bar donde trabaja.

Corren las horas de la siesta y los mozos y mozas están relajados. El ajetreo del mediodía ya pasó y sólo cada tanto sale un café para cortar los chimentos con que atormentan los televisores.

"Me gusta, realmente me gusta la idea de esta nota. Ojalá que la lea todo el mundo y así, quizás, la gente tome conciencia", anhela entre risas Alicia, una institución que lleva 30 años sirviendo "radicales" en las cercanías de la plaza Alberdi. "Si querés sentate, porque hay mucho para contar", invita.

El lancero

Este es un problema con el que generalmente se encuentran las chicas, al menos hasta ahora. "Es ese que aprovecha el momento de pagarte para darte una caricia en la mano mientras te mira con cara de... mejor la dejemos ahí ¡Me enferma!", dice Emilse con tanta rabia que parece estar sintiendo la caricia del "lancero" cliente. En el bar de la esquina donde trabaja, más de uno intentó volverse no sólo con la botella sino con una moza bajo el brazo, aunque, según dicen, nunca nadie lo consiguió. "¿Qué creen? ¿Que vas a dejar todo así como así y te vas a ir con ellos?", se pregunta Romina, que trabaja en un bar de barrio Norte en el que la mayoría de sus clientes son gente joven que va a comer y a tomar unos tragos. Según ella, nunca se cruzó con un toquetón, aunque sí con varios piroperos inspirados por el fernet. "Por lo general me río, pero a veces una no está de humor y te dan ganas de matarlo", lanza. Cuidado: una moza enojada puede ser cosa seria y es mejor tragarse las ganas de lanzar el piropo que probablemente la exaspere.

El del bolsillo arisco

Hay mañas de algunos comprovincianos que sería mejor ni conocer. Pero están presentes. "La propina es voluntaria, está bien. Pero muchas veces los tucumanos buscan excusas para decir que los atendiste mal y, así, no tener que dejarte nada. El porteño, en cambio, es exigente, pero te deja propina", cuenta Carlos, en voz baja, casi como sintiendo vergüenza ajena. Ninguno de los fieles servidores de bares y restaurantes puede decir con tranquilidad si los tucumanos son generosos o avaros a la hora de la propina. "Pero sí, te da un poco de bronca que en una mesa con una cuenta de arriba de los $1.000 te dejen $ 2 de propina...", insiste Carlos, mozo de una parrillada. De todos modos, casi todos los consultados destacan que es algo voluntario y que no están pendientes de eso, aunque, claro, es un buen extra al final de la jornada. "Uno no atiende bien por la propina, pero bienvenida sea, por supuesto. Sí te da un poco de bronca cuando son un montón en la mesa, te tienen como loco ida y vuelta, gastan un montón y, al final no te dejan nada", se sincera Manuel, un joven de 26 años que hace dos empezó a trabajar de mesero en un restobar que está cerca de la plaza Urquiza.

El apurado

No hay mozo que no se queje del apurado, aunque, aseguran, es algo con lo que tienen que convivir. "A mí me enferma que se sienten y que empiecen a limpiar la mesa y a correr las migas antes de que yo los atienda. Ese es mi trabajo, que me esperen dos minutos que ya se la limpio", reniega Alicia, aunque lo cuenta divertida. Su compañero, Daniel, asiente con la cabeza y aporta: "vienen apuradísimos en la hora pico, por supuesto, y te piden que por favor los atiendas cuanto antes porque ya se tienen que ir a trabajar. Uno trata de cumplir, pero en la cocina hay otros pedidos y a veces no podemos hacer nada", dice. Desde atrás del mostrador, una voz pide revancha: "¡lo que más odiamos los cocineros son los mozos!", se escucha. "¿Ves?, el tema es que nosotros tratamos de apurar y los cocineros se enojan. Lo peor de todo es que después de que te apuraron e hiciste lo imposible por atenderlos, se quedan una hora charlando", relata Daniel. Mientras LA GACETA charla justamente de este tema, una adolescente de unos 15 años se acerca a la barra. "Dice mi papá si le falta mucho al jugo de naranjas -lo pidió hace no más de tres minutos- porque está muerto de sed". El mozo sólo atina a guiñar un ojo.

El prepotente

Algo que no les causa gracia, ni a los mozos ni a nadie, es la falta de respeto. Según la actitud del empleado, podrá responder con sequedad -aunque nunca con irreverencia- o bien tratar de revertir la situación. "Algunos quieren que estés sólo para atenderlos a ellos. Uno trata de estar pendiente de todos, pero no podemos estar sólo con un cliente. Entonces te llaman, te hablan fuerte, enojados y quieren que les traigás todo ya", dice Rodolfo, de una parrillada céntrica. Su compañero, Guido, afirma que tiene la receta para curar al cliente "prepo": "intentamos responderle con buen trato así se relaje y la pase bien; eso siempre funciona", asegura. En otra parrillada, Marcelo dice que no puede con el genio. "Para mí, uno siempre responde de la misma manera como lo tratan. Cuando viene el cliente prepotente y mala onda, yo me limito a atenderlo y a cumplir con lo que pide, pero no me dan ganas de caerle simpático. Pero cuando me tratan educadamente, me puedo divertir y hacer reír a toda la familia", asevera.

El indeciso

"Te hacen seña. Vas. Están hablando por teléfono y te hacen más señas para que los esperes unos minutos. Los esperás. Te piden la carta. La leen durante cinco minutos y después te piden dos cortados. Es muy gracioso eso y pasa todo el tiempo", cuenta César, quien trabaja hace 12 años en un conocido bar en una esquina de la calle Santiago del Estero. "También es frecuente que te pidan la carta, estén un buen rato leyéndola mientras conversan y, cuando volvés a la mesa porque te llamaron se preguntan entre ellos ?¿bueno, qué pedimos??", relata sin perder el sentido del humor. Según varios mozos, a ellos no les molesta que el cliente se tome su tiempo en decidir lo que va a comer, pero les liquida la paciencia que los llamen y los tengan como un granadero a la par de la mesa mientras deciden. "A veces te parás al lado y siguen conversando, sobre todo las mujeres; ahí escuchás conversaciones sobre los novios o los maridos hasta que alguna se da cuenta y dice ?bueno no sigamos hablando que está el mozo?, pero, en realidad, uno no está prestando atención", aclara Sebastián, compañero de bar de César. Por las dudas, suspenda la conversación y decida antes de llamar al camarero.