Tres piletas desmontables adornan el patio de la Escuela Justiniano Frías en Camino del Perú al 1600. Chicos de entre ocho y 10 años juegan a saltar un aro de plástico que sostiene una maestra. El sol calienta las baldosas y las lleva a los 30º. Ciento veinte chicos de edades diversas se distribuyen en varias aulas donde juegan al ajedrez, aprenden computación o arman un collage con ediciones de LA GACETA de días pasados. En los parlantes suena fuerte y claro Lady Gaga.

"A veces nos ponen folklore pero con La Despedida de Dady Yankee todos salimos a bailar", cuentan Matías y Paula, de 10 y nueve años respectivamente. Los chicos ya tuvieron su día de pileta y a las 12 del mediodía empiezan a cambiarse para volver a casa. La mayoría confesó tener pileta. "Pero no son tan grandes y aquí juego con mis amigas", desliza Juliana. La actividad favorita de la mayoría es pasar la mañana en el agua.

Unas 14 escuelas en la ciudad y 23 en el interior mantienen actividades de verano. "Niños desde los 4 años hasta los 13 vienen aquí de lunes a viernes desde las 8:30 a las 12:30 y participan de talleres de teatro, folklore, prácticas de volley o se bañan en la pileta", cuenta Claudia Urueña, coordinadora de esta colonia que organiza el Ministerio de Educación y una de los 15 profesores que supervisan las actividades diarias de los alrededor de 5.000 chicos que asisten a las colonias escolares de distintos puntos de la Provincia.

Los del grupo de 11 a 13 años están en la sala de informática esperando su turno para meterse en la pileta. A ellos les toca los lunes, miércoles y viernes. El cronograma que une grupos con actividades es flexible y permite que los chicos elijan dónde pasar más tiempo. Algunos prefieren jugar con la compu a la pileta. Joel, de 10 años, llena su monitor con la imagen de billetes de $100. Es un sello dentro de la paleta de comandos del Tuxpaint, un programa que sirve para aprender relaciones, pintar, usar el mouse y desarrollar la creatividad.

"Me gusta la plata", dice Joel mientras le sonríe al monitor. "Quiero ser empresario cuando sea grande. Me gustaría tener un supermercado porque ahí hay mucha plata", comenta. Su padre "hace baños y cocinas", su madre es "delegada" en un centro vecinal y Joel admite ser "más o menos" como alumno pero aclara que se sacó 10 en matemática el año pasado. "Todavía no he empezado a ahorrar para mi negocio porque me gasto todo en fichas de videojuegos", cuenta. Por ahora reparte su tiempo de vacaciones entre conocer los billetes y jugar a videojuego de fútbol o peleas.

Pamela y Milagros, las dos de 9 años, deberían estar en la pileta pero dicen haberse olvidado sus mallas. No parece una casualidad: el chico que les gusta está sentado frente a otra computadora. "Álvaro salía con Milagros y ahora conmigo", dice Pamela. "Mi mamá me va a matar", reacciona cuando se entera que su historia va a salir en el diario. Presumir es una de las actividades extraoficiales más divertidas de la escuela de verano. La más coqueta, por voto popular, es Tamara, que tiene puesto un vestido celeste, un collar blanco y se pasea con su bolso rosa de Barbie.

En la otra punta del establecimiento Robin, de 8 años, y Rodrigo, de 10, juegan al ajedrez. El mas chiquito ha perdido casi todas sus piezas pero amaga un jaque. Ayelén, que prefiere ante todo bailar gato en la clase de folklore, le dicta algunos movimientos.