La violencia familiar le cachetea la infancia. Se refugia en el piano de su abuelo.  El calor lo empuja a vagabundear. Los pasos lo llevan con su portafolio hacia el lago. Chapoteo de  changuitos. Un músico callejero los hace bailar en el agua al son de su flauta. Sus diez años se sientan sobre la playa y se divierten con la escena. Los chicos comienzan a gritarle, invitándolo a que se meta en el agua. Se niega con un gesto. “¡Uhh, uhh, judío maricón! ¡Le tiene miedo al agua! ¡Buhh!”, se burlan con crueldad. Es cierto. No sabe nadar. Las chanzas le golpean la dignidad. Se incorpora. Se desviste. Corre. Se mete en el agua. Estruendo de gritos y carcajadas. A medida que avanza comienza a hundirse. Ya no puede hacer pie. El agua le entra hasta por las orejas. La desesperación danza con los brazos en alto. El músico se zambulle y lo saca. Lo ayuda a expulsar el agua.
Está desmayado. El músico, una suerte de Papageno, se sienta a su lado. Descubre el portafolio. Lo abre. Saca unas partituras. La flauta lee. La melodía vuela liviana. Se despabila lentamente. Se apoya en el codo. El músico sigue hasta el final.

- ¿De quién son estas canciones?
- Mías...
- (se rasca la cabeza)
- ¿Qué sucede? ¿No te gustan?
- Les falta algo, no sé bien qué... ¿Qué querés decir con tus canciones?
- Quiero que sean un canto a la naturaleza.
- Caminemos...
- Se introducen en un bosque. La luz apenas puede driblear el follaje de los árboles. El músico dice:
- ¿Qué árbol es ese?
- No lo sé...
- ¿Qué pájaro está cantando?
- No lo sé.
- ¿Qué estamos escuchando?
- (piensa un momento) el viento...
- ¿Qué quieres que sea tu música?
- Un canto a la naturaleza...
- Para que eso sea posible, debes empezar por conocer la naturaleza...

Gustav despabila el alma. Todos los días se tira con el corazón boca arriba para latir en los sonidos del bosque...
La proyectaron en la Cineteca ?actualmente, el Círculo de la Prensa- cuatro años después de su estreno. Fue en marzo de 1978. Las películas del británico Ken Russell (1927) fueron siempre perturbadoras. Su pasión por la música se inició en su juventud con Elgar y Debussy. Luego llegó a Tucumán “La otra cara del amor” (1970) que contaba la vida de Tchaikovsky. Luego vinieron “Los demonios” (1971), film prohibido por la dictadura militar que pudimos ver en el cine Metro de Tafí Viejo a fines de los 70, “Tommy” (1975), con música de Pete Townsend & The Who. “Mahler” fue protagonizada por el entonces incipiente Robert Powell (encarnaría a Jesús en el film de Franco Zeffirelli, en 1977) y la inquietante Georgina Hale en la sensualidad, belleza e inteligencia de Alma Schindler, con quien Gustav (1860-1911) -diecinueve años mayor- se casó. Maestro de la imagen, lo onírico y la sensibilidad musical, esta escena de la película de Russell quedó grabada en la memoria de mi alma como una enseñanza de vida notable. Aprendí que no se puede amar o expresar lo que no se conoce. No puedes escribir o cantar la naturaleza, la vida o el amor si no los has vivido. “Un vaso de vino en el momento oportuno, vale más que todas las riquezas de la tierra”, decía el finado Mahler, con quien coincido plenamente y me hubiese gustado compartir un torrontés cafayateño.