El caso de Juan Chipaco, la historia moral de un indio santiagueño

Un relato de Domingo Faustino Sarmiento, con comentarios de Pedro Alurralde (hijo), acerca de un episodio que conmovió conciencias.

LOS NARRADORES. Pedro Alurralde (hijo) junto a Domingo Sarmiento. LOS NARRADORES. Pedro Alurralde (hijo) junto a Domingo Sarmiento.
14 Mayo 2022

Por José María Posse - Historiador, abogado y escritor.

En junio de 1886, el expresidente Domingo Faustino Sarmiento, de visita en Tucumán, fue invitado por la familia de Wenceslao Posse a un almuerzo en el ingenio Esperanza, de su propiedad. Allí, el administrador de la fábrica y yerno del propietario, Pedro Alurralde (h), además de interiorizarlo en los aspectos técnicos de la fábrica, le relató una historia que impactó hondamente al sanjuanino, al grado de volcarla en un escrito, luego rescatado en sus “Obras completas”. Sarmiento primero, Pedro Alurralde -corrigiendo algunos detalles- después, nos describen escenas de la vida de un personaje característico del Norte Argentino.

Relato de Sarmiento: Juan Chipaco era un indio santiagueño dotado de cualidades morales que no son siempre cristianas, pues a veces desciende de las condiciones peculiares a otros linajes como la obstinada adhesión al patrón, al amo a la casa... En el huerto de naranjos que se conserva al lado del ingenio de Cruz Alta -se refiere al Ingenio Esperanza, situado en esa localidad- señálase un naranjo especial de talla crecida, a cuya sombra se cobijó hasta su muerte el indio Chipaco, cuidador del plantío, desde un ranchito de su hechura que le servía de asilo.

Chipaco, aparece desertor del ejército de Oribe, buscando refugio por estos campos de Tucumán. No se ha olvidado como se reclutaban nuestros ejércitos de la guerra civil. Las partidas salían a reunir gente como la leva antigua y como la press inglesa, para remontar de marineros la cuadra. Los prisioneros son entregados a los jefes de cuerpo para llenar los vacíos que ha dejado el combate o la deserción. El soldado no tiene partido ni opinión. Los pobres, como decía Rosas, pertenecen al partido federal; los negros fueron en cuerpo y alma de la patria; los indios de quien los mande, eso ya se sabe.

Se encuentra soldado de Oribe, no se sabe cómo; pero cuando el ejército se prepara a regresar para abajo, el indio quichua encuentra que es demasiado pedirle, y deserta con un compañero de raza y patria… Andaban ambos prófugos huyendo de las miradas de todos, en aquella época de terror, y acaso por buscarse la vida que no siempre se halla en los campos solitarios, se acercaron a alguna población, donde, apercibiéndolos los soldados de Oribe emprendieron la persecución hasta quedar dos, que tomaron a Cordero, acaso peor montado que Juan; quedaría Chipaco en acecho por los vecinos solo de quebrachos y arbustos espinosos, cuando oyó balar a su compañero en tan lastimeros términos, que no dudó lo estaban degollando o por degollar, como era la práctica casera en aquella época maldita de canibalismo.

Ya salvo, acudió sin embargo al lado de su compañero, mató un soldado, hirió al otro, y llamó siempre Cordero al que con tan terrible alarido había pedido socorro. Quedaron en los alrededores de Tucumán siendo desertores, y fueron acercando a las casas después de restablecida la paz. Fue Chipaco aceptado peón en la finca de la Cruz Alta –Hacienda Esperanza de don Wenceslao Posse- que mediaba entre la ciudad y el desierto intermediario hasta Santiago, con los que podía hacerse la ilusión de que estaba en sus términos, o que tenía a su alcance la puerta de campo.

El robo

Andando el tiempo y gozando de gran valía con su patrón, le robaron a éste el caballo de estima de su silla, y Juan Chipaco era rastreador como Calibar, pues es dote de los habitantes del desierto seguir el rastro, más que peculiaridad árabe o india. Habrá rastreadores en el país donde no hay todavía caminos trillados.

Dos días después, Chipaco dio cuenta de su encargo: -¡Te han robado el caballo, sacándolo por tu misma puerta, patrón. Lo han llevado a lo de la santiagueña a donde paraban los ladrones. De allí sale el rastro para Santiago, no te ocupes del caballo. Dalo por perdido!

La santiagueña era una mujer de dudosa existencia, teniendo parada para ambulantes de su misma calaña. Verificado el rastro en los alrededores del rancho, el crimen y la complicidad estaban confesados.

Continúa el relato don Pedro Alurralde (h): La Petrona Barraza era una mujer como de 50 años, que vivía en compañía de tres hermanos, peones del ingenio. Entre la peonada era voz corriente que en el rancho de esta mujer se hospedaba con mucha frecuencia mala gente, y que en la noche del robo del caballo se habían apeado dos individuos sospechosos.

En vista de esto don Wenceslao dio orden al Ñato Vera de que hiciera llamar a la Petrona para averiguar la verdad. Transcurrieron algunos minutos y la mujer se presentó ante Vera -capataz de la fábrica- que en esos momentos tomaba un mate servido por Chipaco. Bastaba verla para comprender que esa mujer era altanera, arbitraria y embustera. El Ñato Vera, a medida que iba agotando el arsenal de preguntas que tenía preparado, sin conseguir nada, iba perdiendo la paciencia y poco a poco la ira se apoderaba de su espíritu.

Por fin le dice: -¡Con que anoche nadie se ha hospedado en tu rancho, ni sabés si han robado el caballo del patrón y si lo han ensillado en tu misma casa para llevarlo enseguida a la provincia de Santiago?

-Ya lei dicho -replicó la Petrona- que yo no sé nada y que nada más tengo que decirle.

El Ñato Vera, ciego de furor ante la insolente negativa de Petrona, puso en manos de Chipaco el látigo que nunca abandonaba, y le ordenó que le pegara hasta que confesara la verdad. Chipaco tomó el látigo, dirigió una mirada compasiva a la mujer, lanzó otra llena de fuego a Vera y arrojándolo despreciativamente al suelo, le dijo a Vera con soberbia altivez: -¡ No Vera, yo no pego a ninguna mujer! Eso se deja para los mazorqueros de Oribe.

El mayordomo, sin saber ya lo que hacía y furioso con el peón que así se expresaba, tomó el látigo del suelo y aplicó sobre las espaldas del noble Chipaco unos cuantos latigazos. Petrona aprovechó esta circunstancia para huir y esconderse en la vecindad. Momentos después, Vera se presentaba ante el señor Posse y le narraba lo sucedido.

Entonces éste, pálido de emoción, ordenó que lo llamaran a Chipaco, a quien, una vez en presencia, le dijo en tono cariñoso: - Juan, acabo de saber que Vera, sin saber lo que hacía, te ha aplicado unos cuantos latigazos en vez de haber aplaudido tu actitud. Quiero, en desagravio, que recibas esta plata (le alargó un paquete con 20 pesos bolivianos).

- No, patrón, replicó vivamente Juan. Yo no hago por plata buenas acciones sino porque así soy yo.

- Mira, Juan, que si no recibes esto voy a tener un cargo de conciencia, y tú no has de querer que yo viva mortificado. Tómalos en nombre de Vera.

Tanto hizo don Wenceslao y tanto rogó que al fin el pobre Chipaco tomó el dinero, y saliendo a la puerta de la casa de su patrón, donde se encontraban los demás peones atraídos por la curiosidad, tiró al aire el dinero, diciéndoles: -Agarren, muchachos, que así premia el patrón al que se porta bien”...

Prosigue Sarmiento: Quedó con esto restablecida la buena inteligencia en la servidumbre, continuando en sus puestos cada uno, hasta que un día pidió Chipaco -despertándose en su alma de súbito el amor al terruño olvidado- permiso para ir a pasar los días festivos de carnaval que se acercaba entre sus amigos y vecinos y deudos, de que no tenía noticias desde la época de la leva que lo hizo soldado y de la deserción que lo libertó. Le fue concedida gracia tan merecida, reunió sus mejores prendas, y montando en su caballo se dirigió hacia el Este por caminos practicados entre Tucumán y Santiago. ¡Cuánto debió divertirse en aquellas corridas de caballo en que los paisanos acometen a los ranchos en festiva algazara, y festejan a su manera a las mujeres, no sin que algunas sabinas pasen por equivocación al campo de los romanos!

Sin noticias

Muy divertido debió estar el carnaval en el pago de Chipaco, en Santiago, aquel año, puesto que pasó el día de ceniza, transcurrió la cuaresma y sobrevino la Semana Santa sin que en la hacienda de la Cruz Alta se tuviese noticia de Juan, que por lo visto había tomado por pretexto el juego de carnaval para volverse a su pago definitivamente, desertando de su puesto y ahorrándose las emociones de una despedida o ser tachado de ingrato y reconocerlo, o ceder al fin a las afectuosas instancias de su patrón para que permaneciese.

Le preocupaba a su patrón la súbita determinación del buen indio de abandonarlo, no encontrando en sus recuerdos incidente alguno que la motivase, y una vez que recorría algún departamento de la finca, pensando en ello, al andar del caballo, no sin gran sorpresa vio salir de entre un cañaveral un indio desgreñado, vestido de harapos y con los cabellos esparcidos en mechones desaliñados, que se dirigía hacia él, haciéndole señas de detenerse para hablarlo. Era la sombra de Juan Chipaco, descarnado, apenas cubiertas las carnes, como si la enfermedad y los años lo hubiesen desfigurado.

-¡Necesito hablarte patrón en secreto! (le dijo Juan al acercarse). Quiero que me oigas con calma, porque necesito tu amparo, después de la desgracia que me ha sucedido. Vengo a pedirte que me lleves ante el Juez, para saber si he cometido delito, matando a un hombre que me venía a matar a mí; que me castiguen como merezco o me absuelvan, porque no es vida la que llevo a montes, huyendo de temor de que me tomen, como de mí mismo, creyéndome matador sin que pueda defenderme por falta de patrón que declare que soy hombre de bien, y no he hecho voluntariamente mal a nadie-.

Pasó luego a narrar lo sucedido, y es que en las corridas de carnaval dio con los ladrones del caballo de su patrón, los cuales estando tomados resolvieron matarlo por haber denunciado el hecho, y él huyendo, trató de ganar la habitación de la misma santiagueña que había sido cómplice del robo y se había trasladado a aquel lugar, y a quien él había salvado de ser castigada, por haberse él negado a hacer de verdugo; pero al pisar el umbral del rancho, huyendo de sus perseguidores, cuchillo en mano, tropezó y cayeron dos sobre él, logrando sin embargo desembarazarse y clavarle a uno de ellos su propio cuchillo y ponerse de pie, visto lo cual fugó el otro, y pudo montar de nuevo a caballo y tomar el campo.

El caso era arduo para el patrón consultado, no porque dudase de la verdad de Juan Chipaco, siéndole conocida su índole pacífica, sino por las dificultades del caso, ocurrido en otra provincia, y cuyos jueces en aquellos tiempos eran paisanos oscuros, ignorantes o simples comandantes de campaña de Ibarra, pudiendo suscitarse la deserción que lo pondría a merced de los paisanos salvajes de la época de barbarie y de crueldad santiagueña que atravesaba el país entero, o tenerlo preso años, o mandarlo como soldado a la frontera para siempre.

Fue en vano tratar de disuadirlo del empeño de ser presentado a la justicia, no siendo para él tan claro lo de la jurisdicción, ni siendo posible que don Wenceslao Posse se trasladase a Santiago a abogar por la inocencia de su cliente. Gobernaba a la sazón en Tucumán don Celedonio Gutiérrez, y para abrir el camino o allanar las dificultades, fue necesario verlo e imponerlo de lo sucedido, con la historia singular del individuo. Le impactó de tal modo la voluntad el romance casi caballeresco del indio, que para darle una prueba de tenerlo por bueno, al mismo tiempo que ponerlo a cubierto de toda persecución, pidió al patrón se lo cediese para asistente, encargándole especialmente del cuidado de sus caballos. Gustan los caudillos siempre de rodearse de homicidas que imponen al vulgo con su fama siniestra, y dan realce al jefe que sabe someterlo a su dominio personal, como si fueran dóciles perros de presa.

Juan Chipaco aceptó con resignación la reivindicación por este medio asegurada, entrando al desempeño de sus funciones de caballerizo del General, como había sido mayordomo o capataz en la hacienda de su patrón; y no volvió a hablarse más de él durante meses, hasta que un día Gutiérrez propuso a Posse devolverle el indio, que llenaba cumplidamente sus deberes, pero no podía disimular la pena que le daba estar lejos de su antiguo protector, como se lo había expuesto él mismo, cuando lo hubo interrogado a este respecto. Muy alegre y feliz se mostró al volver a su casa antigua, haciéndose entonces el ranchito que debía habitar en adelante como hortelano, al pie del naranjo que conserva hasta hoy su memoria. No se disipó del todo sin embargo, aquella habitual melancolía, que le valió su libertad, pues pasado algún tiempo volvió a solicitar de su patrón una audiencia, con el encarecimiento de pedir un favor (-¡que no me negarás!-, le decía, según la gramática del quichua, que trata de tú y vos a los blancos, cualquiera que sea su graduación). Concitado a explicarse, después de 1.000 circunloquios, y de ponderar el tamaño del servicio, como de la imprescindible obligación de concedérselo, en nombre de promesas antiguas y reiteradas, se precisó la demanda de 20 pesos en plata que urgentemente necesitaba. Nuevas dificultades para conceder suma entonces reputada crecida, y mayor dificultad para declarar el destino que aquel caudal había de recibir. Al fin, compelido el indio a expresarse por la promesa de otorgarle el pedido si su objeto era justo, confesó que por años lo había atormentado el remordimiento del mal involuntario que por deber hizo a la santiagueña, de denunciarla como cómplice del robo del caballo, habiéndola encontrado en la miseria rodeada de hijos en el rancho miserable donde él fue a asilarse, cuando los ladrones cayeron sobre él para matarlo. Los 20 pesos que pedía eran para mandarle en descargo de su conciencia. Le fueron mandados y Juan Chipaco murió en edad muy avanzada en la quinta que es hoy el ingenio de azúcar más bien dotado de maquinaria.

El huerto de naranjos adyacente a las casas subsiste, aunque raleado por la temprana caducidad de muchos árboles, que al secarse dejan irreparables claros. El viejo Posse, visita de tarde en tarde la finca paterna, y cuenta larga serie de años, habiendo pasado de hacendado a la manera antigua y patriarcal de Tucumán, a empresario y fabricante en grande de un producto, que más daba antes guarapo, miel y azúcar prieta y chancaca, que la casi refinada que lleva la marca W. Posse a los extremos de la República. Esta es la historia moral de Juan Chipaco contada al pie del árbol que le dio sombra en verano, por el gerente de la fábrica el doctor Alurralde, ex ministro, redactor de diarios en su juventud, y en todos los tiempos amante de su provincia y sostenedor de la libertad de la República.

Como se la dieron la da para sus lejanos amigos. D.F.S.

Fuente: Domingo Faustino Sarmiento, “Obras Completas, Costumbres y Progreso.” Bs. As. 1953 T.XLII p. 326.329

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