Cómo llegar a fin de mes y no morir en el intento

 Alberto Fernández en una reunión con Kristalina Georgieva. Alberto Fernández en una reunión con Kristalina Georgieva.

Un día de octubre de 2012, el recordado economista Tomás Bulat lanzaba sus argumentos acerca de porqué el Fondo Monetario Internacional (FMI) era visto como el malo de la película económica global. Café de por medio, en una de las pausas del Coloquio de IDEA en Mar del Plata, Bulat decía que el FMI era el malo porque aparecía cuando los países ya estaban en problemas, muy complicados, y todo aquel que se atrevía a pedirle un crédito debía acceder a las condicionalidades que les exigía. El primero, naturalmente, que ese país tenga la suficiente capacidad de pago del préstamo que solicita. El segundo, que esté dispuesto a realizar sacrificios fiscales para generar ese escenario de solvencia que, en otras palabras, no es nada más -y nada menos- que el popular ajuste. La tercera cláusula ya no es necesaria. Con las dos primeras son suficientes, si es que el presidente de turno de la nación que solicita el empréstito pone el gancho.

Tomás era un economista que tenía la capacidad suficiente, como pocos economistas, de abandonar por unos instantes el tecnicismo natural de la profesión para describir los hechos como doña Rosa quiere que le expliquen. Y lo hizo, un año más tarde de aquel encuentro en Mardel, en su libro “Economía descubierta” que, una década más tarde, la viene como anillo al dedo para explicar lo que le pasa a la Argentina gobernada por Alberto Fernández. “Un día te llega el resumen de la tarjeta, y tenés que pagarlo porque no hay más margen para refinanciar. Pero ese mismo día viene un pariente y te pide la guita que te dio para encarar ese negocio que no prosperó. Mientras tantos, vos te daba algunos gustos y seguías pidiendo dinero a tus amigos, hasta que un día te dicen pará la mano; cuando la usaste estaba todo bien y ahora tenés que bajar los decibeles y controlar tu forma de gastar”, describía. El malo de la película pone cara de pocos amigos y te dice que si no pagás, estás en el horno.

A juzgar por la historia en la relación Argentina-FMI, las condicionalidades siempre terminan siendo más traumáticas que lo previsto. El viernes, el Gobierno nacional deberá afrontar el primer vencimiento del año con el FMI, por U$S 731 millones, en concepto de amortización de capital por el préstamo que el organismo otorgó a la Argentina en 2018.

Más que una señal de acercamiento en las negociaciones, el organismo le pone un poco de presión a la Casa Rosada al sugerir que espera que en los próximos días haya avance en las tratativas. “Estamos trabajando muy estrechamente con las autoridades de Argentina para tener un programa que ayude a los argentinos. Y eso requiere un programa sólido y creíble que enfrente los desequilibrios que tiene el país”, dijo la vicedirectora ejecutiva del Fondo, Gita Gopinath, al presentar ayer el Panorama Económico Mundial, y al ser consultada sobre la renegociación de la deuda de U$S 44.000 millones.

Alberto Fernández necesita llegar a fines de mes con una estrategia clara, que aún no la tiene, y así no morir en el intento de una nueva negociación con el principal acreedor del país. ¿Y cómo entra en juego en este proceso Tucumán y el resto de las provincias? La respuesta es muy clara: sin acuerdo es poco probable que haya fondos para solventar tantas promesas de reactivación de la obra pública. Los convenios firmados por Alberto Fernández y el jefe de Gabinete, Juan Manzur, con el vicegobernador en ejercicio del Poder Ejecutivo, Osvaldo Jaldo, contienen una inversión federal de unos $ 31.000 millones. Y otros $ 40.000 millones están en danza por recursos discrecionales que deberían distribuirse hasta 2023. De allí la celeridad de cerrar convenios de cumplimiento efectivo. Naturalmente, también por el hecho de que no se sabe hasta cuando habrá jefe de Gabinete nacional de origen tucumano.

Frente a las negociaciones con el FMI surgen dos cuestiones centrales:

-¿Con qué le pagará el país al acreedor? La respuesta lógica sería con reservas del Banco Central. Pero éstas no están cerca de los U$S 38.952 millones informados por la entidad monetaria. De ese total, unos U$S 20.000 millones corresponden al swap chino, que no se pueden tocar, como tampoco los U$S 12.000 millones de los encajes de depósitos en dólares. Las reservas netas rozan los U$S 3.000 millones, pero casi en su totalidad están en oro, según un informe del Grupo de Estudios de la Realidad Económica y Social (Geres). Es decir, no se deberían tocar. El peor escenario para una gestión que apenas completó la primera mitad de su mandato sería un default. Eso es lo que se quiere evitar.

-Los tironeos políticos constituyen la otra cara de la misma moneda de la gestión. Alberto Fernández tiene la lapicera para firmar el acuerdo, pero el núcleo duro del Frente de Todos le manda metamensajes a cada instante (y también por carta pública) recordándole que el ajuste es piantavotos y erosiona al espacio oficialista de cara a 2023. Aún más, Alberto Fernández iniciará la semana que viene una gira por países que están del otro lado del eje estadounidense y que hace ruido en Washington, donde está la sede del FMI. Es probable que a ese viaje vaya el gobernador catamarqueño, Raúl Jalil, pero no el tucumano Manzur.

El gobernador en uso de licencia necesita recuperar terreno en este juego de debilidades que inunda a la Casa Rosada. Manzur busca, por todos los medios, volver a ser aquel portavoz de los gobernadores del interior que gozaba de la plena confianza del Presidente, pero ahora dirime esas cuestiones con el ministro del Interior, Eduardo “Wado” de Pedro, que hace algunos días atrás ha descolocado al gobernador de Jujuy, Gerardo Morales, con la visita que el funcionario le hizo a la líder de la Tupac Amaru, Milagro Sala.

El movimiento pendular en el Gobierno es cada vez más notorio. Nadie discute las opiniones de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner que, según señalan sus allegados, volverá a pelear por la senaduría por Buenos Aires en 2023. No la ven dentro de una fórmula presidencial, donde ya hay varios preinscriptos y que no gozan de la estima presidencial de otros tiempos. Manzur está nominado, pero uno y otro se necesitan. La construcción de poder se da en base a los consensos. Alberto Fernández no olvida que el tucumano ha sido el primero en ponerse de su lado cuando se mencionó su precandidatura presidencial. Manzur tampoco se olvida de que dejó la gobernación para tratar de poner otro ritmo a una gestión que venía con dificultades electorales de las PASO y no levantaba cabeza.

El gobernador en uso de licencia también cree que este es el momento para impulsar las obras públicas y, en ese aspecto, no hay mezquindades políticas si esas acciones implican apuntalar la gestión de su coequiper Jaldo. Manzur sabe que si a él le va bien, también al vicegobernador. Y viceversa.

El Gobierno, en suma, está padeciendo lo que experimenta cada argentino cuando debe estirar al máximo sus ingresos y prescindir de algunos gastos para llegar a fin es de mes. Nada más que mientras al Ejecutivo este debate se da esporádicamente, a cada uno de los ciudadanos se les presenta todos los meses. Y ahora más, porque el actualización de precios de las tarifas (del 20%) está más cerca. Así, la moneda seguirá devaluándose y alimentando la inflación. Esa aceleración de los precios se evidencia en un dólar que está llegando a los $ 220 por unidad en el mercado paralelo, en un país inundado de pesos, producto de una emisión monetaria descontrolada que, tarde o temprano, se deberá pagar. La cuestión es si ese compromiso se saldará a través de un shock o en cuotas.

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