Notas de Lucía Piossek publicadas en LA GACETA Literaria - LA GACETA Tucumán

Notas de Lucía Piossek publicadas en LA GACETA Literaria

22 Nov 2020

Crisis y signos de cambio *

No podemos dejar de reconocer que estamos sumidos en una crisis muy honda en nuestro país, crisis en lo económico, lo social y lo político. En una crisis económica que se manifiesta sobre todo en el formidable endeudamiento externo y en una recesión, es decir, depresión de las actividades industriales y comerciales, quizá nunca registrada en semejantes proporciones en nuestro país. En una crisis social que se manifiesta en el empobrecimiento de la población y en la actitud general de escepticismo y desconfianza ante cualquier medida propuesta para salir de la crisis. En una crisis política consistente en primer término en el funcionamiento defectuoso de las instituciones que traicionan el espíritu de la Constitución en la ausencia de un proyecto consensuado de país a mediano y largo plazo, en la corrupción generalizada de los “representantes” del pueblo…

El que nos observa desde afuera no puede comprender cómo un país potencialmente tan rico en recursos naturales y en individualidades tan bien dotadas para diversas formas de la ciencia, de la industria, del deporte y la cultura en general puede estar como está en este momento. Y es verdad. Pero que esta verdad no nos sirva para seguir lamentándonos de nuestra fatal incapacidad para pasar de lo potencial a lo real; o para seguir manteniendo la ficción de que, al fin y al cabo, vivimos en un país rico; o para regodearnos con el triste consuelo de que somos un país “interesante” para quien nos mire con ojo sociológico desde el extranjero.

Hagamos que esta verdad sea, en cambio, un desafío y la base para fundar una confianza heroica en la recuperación de nuestra Argentina.

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*Fragmento de un artículo publicado en 2002, incluido luego en el libro Reinventar la Argentina (Sudamericana - LA GACETA).

Albert Camus, el hombre que miraba de frente *

1. “Allí, en el sillón en que Ud. está ahora sentado, estuvo Camus poco tiempo antes del accidente en que perdió la vida”, le comentó Gabriel Marcel a mi marido, durante la visita que le hicimos en París en enero de 1968. “Camus -continuó- vino a verme porque yo se lo pedí especialmente después de leer su nuevo libro L’homme révolté (El hombre rebelde)”.

Mi marido y yo sabíamos que entre ambos, Marcel y Camus, dos de los más difundidos representantes del llamado “existencialismo francés”, habían existido grandes diferencias, inclusive hostilidad. En efecto, al aparecer Le mythe de Sisiphe (El mito de Sísifo), en plena guerra, en 1942, obra con la que Camus empezó a ser conocido internacionalmente, Marcel hizo del libro una dura reseña bibliográfica en la que lamentaba que tanto talento filosófico joven se desperdiciara y quedara atrapado en un nihilismo nocivo y estéril.

“Años más tarde -continuó Marcel- tomé con desconfianza El hombre rebelde (1951), pero a medida que lo iba leyendo advertía con gran sorpresa que se trataba de uno de los esfuerzos más sinceros y auténticos para superar el nihilismo. Por eso le pedí a Camus que nos encontráramos. Vino a mi casa, hablamos de muchas cosas; en todo lo esencial, pese a nuestras diferencias, coincidíamos, salvo en que yo hablaba de Dios y él no. Camus fue uno de los hombres más íntegros, más sinceros que he conocido”. Por eso no es de extrañar que uno de sus últimos libros, La dignidad humana, Marcel lo dedicara a la memoria de Camus, “porque ése, el de la dignidad, era su problema”.

2. Yo veo lo principal de la obra escrita de Camus como organizado en dos grupos: uno, el de la novela El extranjero y la obra teatral Calígula que giran en torno al ensayo filosófico El mito de Sísifo; el otro, simétricamente, el de la obra dramática Los justos y la gran novela La peste centrados en el gran ensayo El hombre rebelde.

Por este hecho -frecuente por otra parte en su tiempo, piénsese en el caso de un Sartre…-, por este hecho de ser novelista, ensayista y autor teatral, en círculos académicos no se le reconoció sino más tarde la calidad de filósofo. Es que Camus estaba más allá de toda retórica. En El mito de Sísifo, por ejemplo, al preguntarse cuál es la pauta para determinar si un problema es más apremiante que otro, responde: “las acciones a que obliga”. Y la acción máxima que puede llevar a cabo un hombre es matarse. Pues bien, “Yo no he visto a nadie morir por el problema ontológico… En cambio he visto que muchos mueren porque juzgan que la vida no vale la pena de ser vivida”.

Hoy ya nadie puede desconocer la trascendencia del descubrimiento que hizo Camus de un punto arquimédico para recuperar una moral que conjure el absurdo, devuelva sentido a la vida y garantice la dignidad humana; el descubrimiento nada menos que mediante el análisis del “no” del hombre de estos tiempos difíciles, del hombre que da la cara y mira de frente porque ya no soporta la injusticia. Camus quedará sin duda como uno de los hitos filosóficos más genuinos de nuestro tiempo.

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* Publicado en noviembre de 1973.

¿Es legítimo matar a otros en nombre de una idea? *

El rebelde no es un realista que calcule con minucia las consecuencias prácticas de sus actos. La cuestión es cómo se mantiene luego en la acción la fidelidad al valor descubierto. Este no es el descubrimiento y la afirmación de un límite más allá del cual no puede llegar la manipulación del hombre por el hombre, y por tanto el descubrimiento de un recinto de dignidad inviolable en todo hombre. Cuando la rebeldía (révolte) se organiza en revolución, casi sin excepción se es infiel a esa primera evidencia existencial contenida en el no. Comienza entonces el desconocimiento de ámbito de dignidad que tiene que preservarse en los otros, y comienza la utilización y hasta el crimen del hombre real en nombre de una idea abstracta sobre una justicia futura. “Ante una futura realización de una idea -dice Camus- la vida humana puede ser todo o nada. Cuanto más grande es la fe que el calculador pone en esta realización, menos vale la vida de un hombre. Al final ya no vale nada”. Para Camus un caso muy especial de rebeldes lo constituyen los anarquistas rusos, a los que llama “los asesinos delicados” por su apasionada fidelidad a la rebeldía cometiendo, no obstante, un crimen que juzgan necesario. Kaliayev, uno de ellos que mata al Gran Duque Sergio, se entrega de inmediato pues sólo una vida, en ese caso la suya, y no una idea, es capaz de “restablecer el equilibrio” y de evitar que el crimen prolifere como el silogismo…

Camus se pone resueltamente en contra de toda ideología, de toda filosofía de la historia que conceda a la vida presente un valor de medio para un fin futuro. Pues ¿quién justifica los fines? Los medios, responde Camus. Pues “el honor de la rebeldía no es calcular, es distribuir todo a la vida presente y a los hermanos vivos. Así es como se prodiga a los hombres del porvenir. La verdadera generosidad hacia el porvenir consiste en darlo todo al presente”. Al final de estas líneas, nuevamente la pregunta inicial: ¿Puede darnos Camus alguna base para reflexionar en este momento? ¿Hasta qué punto su examen de la rebeldía es aplicable a la confusa situación actual? Todo esto es cuestionable. Lo cierto es que no podemos leer hoy las siguientes palabras de El hombre rebelde con el mismo estado de ánimo con que pudimos haberlas leído hace diez o quince años: “No sabremos nada mientras no sepamos si tenemos el derecho de matar a este otro que tenemos enfrente o de consentir que se lo mate. Puesto que hoy toda acción desemboca en el crimen directo o indirecto, no podemos actuar antes de saber si o por qué debemos matar”.

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* Publicado en septiembre de 1970, tres meses después del asesinato de Aramburu.

El valor de la apariencia *

Hay un plano de la vida humana, que no es ni el teórico ni el moral ni el del quehacer de todos los días, en el que la apariencia es la reina y donde, de hecho, se le reconoce una dignidad indiscutible. En ese plano, a sabiendas, nos “engañamos” y nos “dejamos engañar”. El arte, ¿no es acaso la producción de la apariencia para gozar de su esplendor?

En el arte no se exige ir más allá de la apariencia en busca de una realidad; no se supone nada tras la apariencia. Se me dirá: pero, ¿no se pregunta, acaso, qué significa un cuadro, qué quieren decirnos realmente una música, un poema? Sin embargo, insisto a mi vez, ¿preguntarse por el significado no es, al contrario, reconocer la riqueza que encierra el puro aparecer estético? La búsqueda de significado del arte no intenta dejar atrás los efectos sensibles una vez encontrado tal significado; noes dejar atrás los efectos sensibles una vez encontrado tal significado; no es dejar atrás ni los sonidos de la música, ni los colores de un cuadro, ni el personaje de una representación escénica, ni las formas de la plástica, ni las metáforas ni el ritmo poéticos, para luego, una vez desvalorizados, olvidarlos y dejarlos a un lado al compararlos con una realidad presunta que sería la “verdadera”. Al contrario; la búsqueda y atribución de significados acrecientan la fuerza sugestiva y sensible de la apariencia. Piénsese en las innumerables interpretaciones de La última cena, de Leonardo; o de La Gioconda… o de El cementerio marino, de Paul Valéry, o de Don Quijote de la Mancha…

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* Publicado en junio de 2008.

Los libros

A menudo suelo recordar un encuentro con un distinguido historiador, en Buenos Aires, en el CONICET, al que le llevé ya hace varios años algunas publicaciones del IHPA (Instituto de Historia y Pensamiento Argentinos de la UNT). Las miró atentamente, y me dijo: “Por lo que veo, ustedes están haciendo bastante bien las dos primeras etapas que requiere un libro: la primera, la producción intelectual del texto; la segunda, la edición. Pero, ¿qué pasa con la tercera etapa, sin la cual no se puede hablar realmente de una publicación? ¿Qué hay de esta tercera etapa: la distribución?”

Pues bien, para finalizar me pregunto: ¿Sería utópico pensar que entre las universidades nacionales se creara un centro de promoción, difusión, distribución y venta de sus publicaciones, tanto las consignadas en libros como en revistas de aparición periódica? En nuestro mundo actual, globalizado y competitivo, pareciera existir sólo lo que se publicita, se promueve, se difunde. Con mi larguísima experiencia de vida universitaria, juzgo que esta “utopía” tendría que contarse entre las prioridades de una política académica. Vale la pena pensarlo…

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* Publicado en junio de 2010.

Dos Borges en Tucumán

Borges permaneció en Tucumán durante cuatro días. Se dio entonces la posibilidad de que un nutrido grupo de estudiantes (creo estar segura que de un modo totalmente espontáneo y al margen de cualquier protocolo y previsión oficiales) lo invitara a conversar con ellos en el jardín de la Facultad. Sentados en el pasto bajo los árboles, en una tarde soleada, “charlaron” con Borges durante unas dos horas, y yo tuve el privilegio de poder escucharlos. ¿Por qué recuerdo en especial esto? Porque se me reveló entonces “otro” Borges que el del encuentro con Olaso; esta vez era un Borges despojado de todo matiz de esa ironía generadora de distancia, un Borges que creó como milagrosamente un clima, casi diría, de una ternura paternal. Escuchaba atentamente, meditaba y respondía con total seriedad las preguntas de los estudiantes como si fueran las más importantes del mundo .

El primer Borges fue el que reapareció una mañana en nuestra casa de Yerba Buena, de paso hacia San Javier, cuando un periodista (era el año 1978, el del Mundial que tenía al país en ascuas) le preguntó: “Borges, le gusta a Ud. el fútbol?”, a lo que él respondió: “Mire, estoy casi ciego, no puedo ver de lejos. Prefiero la riña de gallos”.

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* Publicado en junio de 2016.

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