Entrevista a Gabriela Cabezón Cámara: “El lenguaje inclusivo es un gran detector de conservadores”

Este año se convirtió en una de las seis finalistas del International Booker Prize, quizás el galardón literario más prestigioso después del Nobel. Aquí habla sobre su proceso de escritura, la influencia del contexto histórico, la cuestión de género y el lenguaje inclusivo. “Ahora –dice- hay menos miedo de meterse con los textos sagrados.”

18 Oct 2020
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LA IRONÍA. “Dice (Fredric) Jameson que parece más fácil que se acabe el mundo que el capitalismo”, reflexiona mordazmente Cabezón Cámara.

Por Flavio Mogetta

PARA LA GACETA - BUENOS AIRES

Gabriela Cabezón Cámara irrumpió en la escena de la literatura argentina con su novela La Virgen Cabeza hace poco más de 10 años y no tardó en convertirse en una referencia por la fuerza de sus textos y también por sus intervenciones públicas, dejando ver algunas de sus preocupaciones que pueden ir desde la inequidad del sistema, cuestiones de género o el medioambiente. Recientemente su voz pudo oírse y leerse alrededor de los pedidos por una ley de humedales. Ella impulsó una junta de firmas para que se avance con una norma y también escribió un alegato en el marco del 25° Foro Internacional por el Fomento del Libro y Lectura organizado por la Fundación Mempo Giardinelli, a fines de agosto pasado. Un texto donde el accionar del hombre y la inacción política atenta contra la naturaleza: “No pide nada el ojo del carpincho. Creo que le quedó vivo porque le sobró estupor al cuerpito incendiado: no alcanzó la muerte a matarle todo el estupor y ahí está el ojito azorado, adentro del remolino de humo todavía sin entender, como nosotros”.

Cabezón Cámara comenzó el año enterándose que era una de las 13 finalistas del premio Booker por su novela Las aventuras de la China Iron; y en abril, que era una de las seis aspirantes al galardón. El veredicto se estiró más de lo normal por el contexto mundial de la covid-19. ¿Es posible vivir una nominación tan prestigiosa con naturalidad? “En este momento no sé qué se vive con naturalidad. Yo, nada, creo. Igual, pasan tantas cosas todo el tiempo y lo del premio Booker se estiró tanto que se hizo parte del paisaje. Naturalidad, de todos modos, no diría. Fue muy sorprendente para mí que un libro tan argentino encontrara lectores fuera del país. Y ni te digo que encontrara lectores entusiastas”, confiesa la escritora ante una nueva realidad que impone la necesidad de tener la obligación de ser siempre productivo, lo que puede llevar a sentimientos encontrados: “no creo que tenga que ser especialmente productiva. De hecho, me hubiera encantado parar todo. Pero bueno: no tengo rentas”.

Esa pregunta relacionada con ese premio tan importante y el contexto particular que nos toca atravesar desde hace más de seis meses fue el punto de partida de una charla sobre literatura, libros canónicos, la intimidad del proceso creativo, lo hegemónico y el género.

- En un acto tan solitario como lo es escribir, ¿te permitís proyectar hasta dónde vas a llegar con la historia?

- No, ni loca. Si me pusiera a pensar en eso no podría escribir.

- Algunos escritores escriben en cuadernos o libretas, otros mantienen el fetiche de hacerlo con la máquina de escribir y cada vez son más lo que lo hacen en la computadora. ¿Vos qué preferís?

- Trabajo en la compu y sí voy generando muchísimos archivos y van quedando ahí y después los verá Satanás, no sé quién los va a ver, no yo.

- Al momento de escribir una novela como La Virgen Cabeza, ¿existe un borrador?, ¿una hoja de ruta?

- Yo no tenía ninguno. De hecho, la novela empezó con otra atmósfera, algo distópico, en un mundo en el que habían dejado de existir los estados nación y solo quedaban en pie las mega corporaciones. Un mundo todavía peor que este pero no muy lejano de este, ¿verdad?

Y un día me puse a escribir y me salió Cleopatra y listo, cambió totalmente la novela.

- En tus novelas, la cuestión de género está muy presente y fluye con absoluta naturalidad. ¿Pensás que esos personajes hubiesen podido circular sin problemas, por decirlo de alguna manera, en los 70?

- Francamente no lo sé. ¿Cómo les iba a Copi y Puig con lo suyo? ¿O a Pizarnik con todo eso de Hilda la polígrafa y los amantes de Pernambuco? ¿A Perlongher, a Lamborghini? Imagino que hubieran circulado unas pocas copias de mimeógrafo. Lo que es seguro es que las mujeres circulábamos menos en la literatura en esa época. Por lo menos como autoras respetadas. Respetadas en el sentido de consideradas pares por los dueños del boliche literatura, los varones.

LA IRONÍA. “Dice (Fredric) Jameson que parece más fácil que se acabe el mundo que el capitalismo”, reflexiona mordazmente Cabezón Cámara.

- ¿Cuánto creés que influye en la literatura su contexto histórico?

- Un montón. Tanto como en cualquier otra actividad humana. La literatura sucede en la historia, como todo, salvo que creas en Dios. Hay cosas que son legibles en un momento y no en otros. No sólo por lo temático, también por lo formal. Te diría que casi más por lo formal: imaginate corriendo a los adolescentes con novelas del siglo XVIII. O con maravillas como El Quijote incluso. O El libro del buen amor. Lo formal pesa también.

- La Virgen Cabeza tiene una cosa mágica que es que se trata de una novela de ciencia ficción distópia pero que puede leerse como si la historia se desarrollara en nuestro presente. Imagina un futuro pero volviendo al pasado, a esa realidad que moldeó el liberalismo de los 90 y principios de 2000. ¿Imagino que no fue un trabajo fácil lograrlo?

- No diría que fue tan difícil tampoco. Todavía no salimos de ese mundo. Ojalá que podamos hacerlo alguna vez. Dice Jameson que parece más fácil que se acabe el mundo que el capitalismo.

- Al releer La Virgen Cabeza uno descubre que el Martín Fierro aparece referido en distintos pasajes. Al escribir esa novela: ¿ya estaba la semilla de Las aventuras de la China Iron en tu cabeza?

- No. Pero quién sabe si la obra de un escritor no es como un árbol, en un momento toda contenida como una semilla y paulatinamente desarrollando sus partes. No sé.

- En ese sentido siempre habría algo latente desde donde partir…

- Siempre te apoyás en algo que conocés para escribir o para hacer cualquier cosa, es como raro saltar al vacío desde el vacío. De la nada no surge nada. Siempre alguna relación hay. Después puede estar tan elaborado, enloquecido, distorsionado, que incluso uno hasta puede olvidar cuál era ese primer referente, pero estar está.

- Martín Fierro es una lectura obligatoria en la educación secundaria desde hace décadas, pero actualmente ocurre algo interesante, que es que los chicos al encontrarse con el poema en el aula, les hace mucho ruido, rápidamente encuentran y señalan rastros de patriarcado, xenofobia o de violencia de género. ¿Por qué crees que es posible este nuevo acercamiento?

- Supongo que una mezcla de cosas. Hubo grandes cambios culturales, por un lado, y tal vez ahora hay más profesores con una mirada crítica y menos miedo de meterse con los textos sagrados del sagrado canon.

- ¿Tenés una opinión formada con respecto al lenguaje inclusivo tanto en la literatura como en la vida cotidiana? ¿Por qué pensás que genera tanta resistencia?

- Me parece que el inclusivo marca con potencia que un sector de la sociedad no se aliena al universal masculino. Yo a veces lo uso, a veces no; me resulta artificial en mi boca pero no en las de muches otres que lo usan con naturalidad. El género se le volvió incómodo a la lengua, ya no se puede usar como si fuera naturaleza. Creo que incomoda justamente por eso. Y que es un gran detector de conservadores de derecha y de izquierda también. ¿Qué los pone tan lokes, caretas?

© LA GACETA

Perfil

Gabriela Cabezón Cámara nació en 1968, en San Isidro. Estudió Letras en la UBA, fue escritora residente en la Universidad de Berkeley y editora del suplemento Cultura de Clarín. Es coordinadora de talleres literarios y colaboradora en Página/12 y Anfibia. Es autora de los libros Romance de la negra rubia, Le viste la cara a Dios, Y su despojo fue una muchedumbre, Beya, Sacrificios y La Virgen Cabeza. Con Las aventuras de la China Iron fue finalista del  International Booker Prize 2020. La novela fue elegida como uno de los mejores libros de ficción iberoamericana de 2017 según The New York Times y El País.

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