Conmoción en artes, segunda parte: un doble homicidio cargado de misterios

Historias detrás de la historia.

28 Jun 2020 Por Gustavo Rodríguez

A lo largo de la historia de nuestra provincia se registraron todo tipo de crímenes. Pero hubo muy pocos que generaron un estado de conmoción que medianamente perdura con el paso de los años. El del decano de la Facultad de Artes Carlos María Navarro y el de su hermana Clara Imelda es uno de ellos. El 7 de diciembre se cumplirán 30 años del doble homicidio que paralizó a la sociedad y a la comunidad universitaria en particular. Un hecho horroroso que, por las dudas que persistieron (y persisten) genera comentarios cada vez que se lo recuerda.

Un hermano de las víctimas logró ingresar a la vivienda de avenida Mitre primera cuadra donde ambos vivían. Lo hizo impulsado por el nerviosismo de saber nada ellos y por la inacción de la Policía, que poco había hecho para encontrarlos después de que denunciara su desaparición. Ingresó a la casa y no encontró nada extraño. Los llamó a los gritos y no tuvo respuestas. Fue hasta el cuarto de la profesora de inglés y la encontró sin vida. Tenía la cabeza desfigurada a golpes. La habían atacado con la base de una lámpara de bronce y después, con un cordón que estaba atado en el mismo objeto, la asfixiaron hasta matarla. En la casa faltaba el decano, al igual que su vehículo, un Fiat Súper Europa.

Los investigadores estaban paralizados. No entendían qué había pasado y Navarro no aparecía. El sábado por la noche recibieron un inesperado llamado de la policía de Santa Fe. Les avisaron que en la localidad de Arroyo Seco habían encontrado el vehículo y en el baúl, el cuerpo del hombre que estaban buscando. A las pocas horas, confirmarían que había muerto asfixiado por el calor y la falta de oxígeno.

EL ARMA ASESINA. El elemento de bronce y la cuerda que se utilizó para ultimar a la hermana de Navarro.

Cómo ubicaron a la segunda víctima también pareciera haber sido sacado de una escena de una película de cine negro. En un control caminero en la localidad de Arroyo Seco, a las 10.45, dos efectivos detienen un Fiat Súper Europa en el que se trasladaban dos hombres. El conductor se identificó con un carnet profesional a nombre de Inocencio Santiago Benítez. El acompañante era un hombre de tez clara, bien peinado, vestido con ropa fina y elegante.

DESAPARECIDO. El cuerpo del decano Carlos Navarro fue encontrado en el interior del baúl de su auto.

Los uniformados se percataron de que el auto estaba muy cargado y le pidieron que abriera el baúl, pero los sospechosos huyeron a toda velocidad. Tomaron por un camino de tierra y se escaparon sin importar que los efectivos realizaban tiros al aire para detenerlo. Los sospechosos dejaron abandonado el auto cerca de la ciudad. Los vecinos, pasadas las 20 de ese día, llamaron a la comisaría del pueblo para denunciar que alguien había dejado abandonado el auto y que de su interior salía un olor nauseabundo.

“¿Cuáles fueron los motivos de este doble crimen? ¿Por qué los asesinos llevaron al decano tan lejos? Las preguntas se suceden sin respuestas precisas. En la casa no había indicios de droga. Faltaban una valija del decano y ropa de verano. Hay unas huellas en una antena de TV que se tratan de identificar”, publicaba LA GACETA días después del hecho. “El juez Alfredo Barrionuevo, que estaba al frente de la investigación, descartó los móviles políticos, de drogas y robo y estimó que la tarea no sería de profesionales”, agregaba nuestro diario el martes 11 de diciembre.

El perfil del asesino

Los policías tucumanos conocían al principal acusado del doble crimen. Benítez había nacido en la ciudad correntina de Goya el 23 de diciembre de 1959. De adolescente se mudó a Buenos Aires y por eso prefería que lo llamaran “El Porteño” y no “El Correntino”. Trabajó en varias empresas de transporte y cultivó un prestigio de varón recio y seguro de sí mismo. En su carpeta de antecedentes estaba guardada la hoja de la entrevista preocupacional que le habían realizado para una firma donde trabajó. ¿Cuál es el aspecto más destacado de su personalidad?, era una de las preguntas que le habían hecho. “Ser responsable”, respondió.

En los dos años y medio que vivió en Tucumán no tuvo muchos problemas legales. Tenía un proceso judicial por averiguación de antecedentes y otro por haber golpeado a Beatriz Feliciana Aravena, su compañera, con quien tuvo una hija, Carla Daniela, que tenía 5 años cuando se produjo el crimen. La mujer les dijo a los investigadores que la última vez que lo había visto fue agosto de 1990. En el Día del Niño se presentó en la casa donde vivía para entregarle un regalo a la pequeña, pero no dijo nada de su vida.

DE REGRESO. El acusado Inocencio Santiago Benítez fue trasladado a nuestra provincia en avión.

Benítez trabajó entre junio y octubre de 1988 como chofer de la empresa El Ranchilleño. Batió un récord en la desaparecida firma: lo suspendieron cuatro veces en cuatro meses. Dos de ellas fueron por quedarse con parte de la recaudación (en esos tiempos se pagaba el pasaje con dinero) y las otras dos, por faltar sin aviso. Después desapareció sin dar señales de vida. Volvió dos años después, semanas antes de que se produjera el doble crimen a pedir trabajo nuevamente, pero le cerraron la puerta en la cara.

Los investigadores informaban esos días que les parecía sospechoso que el acusado realizara viajes seguidos a Bolivia. Pero ninguno de sus allegados pudo confirmar esa versión. “En ese momento también se lanzó la hipótesis que ‘El Porteño’ estaba activamente vinculado con el submundo del narcotráfico”, publicó LA GACETA.

Al conocerse el rostro de uno de los homicidas, el caso parecía resuelto. Varios vecinos declararon que habían visto a Benítez la noche del crimen merodeando la casa de los Navarro. También dijeron que días antes hubo una fuerte discusión con el decano en la vereda del domicilio.

El periodista de nuestro diario que cubrió el caso definió al “Porteño” como un “apretador”. “Sin embargo eso no responde todas las dudas. ¿Por qué asesinaría con métodos tan brutales a una mujer indefensa, para escapar después más de 1.000 kilómetros con otra víctima que suponía viva en el baúl del auto? Nada valioso se llevaron los criminales de la casa. Los indicios tipifican el caso como un crimen por encargo o una extraña venganza de la cual ‘El Porteño’ y su desconocido compañero habrían sido los satánicos ejecutores”, publicó LA GACETA.

Misterio

Nada se supo de Benítez durante varios meses. Mucho menos del misterioso hombre que lo acompañaba en el viaje que realizaba con el cuerpo del decano en el baúl. Tampoco se tenía la menor idea de por qué lo siguió cargando y no lo había arrojado en cualquiera de los lugares por los que pasó en ese recorrido de más de 1.000 kilómetros. ¿Habría esperado que el decano llegara con vida al lugar a donde se dirigía? Ese interrogante nunca fue respondido.

A los cinco días de haberse producido el doble crimen, los policías detuvieron en nuestra provincia a Francisco Gallettini, el supuesto cómplice de Benítez. El sospechoso habría confesado que “El Porteño” se había presentado el viernes a las 7 de la mañana -al poco tiempo de haber cometido el doble homicidio- en su casa, pero que él lo corrió.

Los pesquisas lo vincularon al principal sospechoso porque juntos habían realizado varios viajes misteriosos a Bolivia. También sospechaban que él era el enigmático acompañante de Benítez que fue sorprendido en Arroyo Seco. Ese hombre que estaba vestido elegantemente y que llevaba puestos anteojos de sol que impidieron realizar un buen retrato hablado. Pero el señalado logró demostrar su inocencia y quedó rápidamente en libertad.

LA OTRA VÍCTIMA. Clara Imelda Navarro fue asesinada en su cuarto. Primero la golpearon y después la estrangularon.

El tiempo transcurría y “El Porteño” no aparecía por ningún lado. Su desaparición generaba terror en el ambiente de la comunidad de la Facultad de Artes. Primero fueron las amenazas, después los ataques intimidatorios y por la muerte accidental del estudiante santiagueño Julio César Sprovieri -murió aplastado por paneles de aglomerado- y por el crimen del adolescente Jorge Marcelino Benítez, de 13 años, que fue asesinado en la casa de la artista Lucrecia Rosenberg de Moeremans, muy cercana a Navarro. Ella había sido amenazada y hasta agredida por pedir el esclarecimiento del caso.

El periodista Ariel Guerra, que escribía la columna llamada “Policiales en Casa” que se publicaba los lunes en el desaparecido diario “El Siglo”, también se encargó de reconstruir este caso. “Benítez había desaparecido. Su paradero era uno de los misterios más incómodos para los encargados de seguirle sus pasos. Ese camino los llevó por varios puntos del país, e incluso más allá de las fronteras -una comisión viajó a Bolivia, tras una pista que resultó ser falsa-, hasta que un 29 de mayo de 1991, casi seis meses después de perpetrada la matanza, media docena de efectivos policiales tucumanos forzaba la entrada a un taller mecánico ubicado en la localidad bonaerense de Loma Hermosa y ponía punto final a la prolongada huida del asesino”, detalló. Su detención llevó algo de paz, pero el misterio del doble crimen seguiría vigente.

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