El crimen de la contadora, primera entrega: horror en la farmacia

05 Jun 2020 Por Gustavo Rodríguez

Viernes 8 de febrero de 2007. A las 17.15 sonó el teléfono en la redacción de LA GACETA. “Volá a la avenida Avellaneda al 600 que estalló la bomba”, fue lo único que dijo el informante. “¿Qué pasa?”, se le preguntó a la fuente. “Esclarecimos el caso de la contadora. Venite rápido”, insistió la fuente. Se trataba de uno de los casos más espeluznantes de los últimos tiempos. El de “La farmacéutica descuartizadora”, digna de las crónicas rojas de antes.

Tensa espera

Cuando el equipo de LA GACETA llegó al lugar se dio con un escenario atípico. Los policías de Guardia Urbana comenzaban a cerrar la zona para alejar la mirada de los curiosos. En el lugar del hecho ya estaban los investigadores de la División Homicidios dando instrucciones a los peritos y contestando los llamados. Con la llegada del fiscal Alejandro Noguera, todos ingresaron a la farmacia San José, ubicada en Avellaneda 601. En una guardia periodística, no transcurre nunca. El estar lejos del lugar y al no saber qué está sucediendo, todo se complica. Pocos son los vecinos que quieren hablar y, si se trata de personas conocidas, mucho menos. Fueron al menos dos horas de tensa espera. La quietud se rompió cuando un joven salió escoltado por policías y lo subieron a un patrullero. Minutos después, fue llevada al auto una mujer con el rostro tapado. Nadie entendía nada por el silencio de los responsables.

Y de pronto, la camioneta de la Dirección General de Bomberos de la Policía (conocida popularmente como la “morguera”), después de realizar varias maniobras, se estacionó en la puerta de la farmacia. Ingresó un grupo de efectivos y a los minutos comenzaron a desfilar con una, dos, tres y cuatro cajas de cartón. Y después, utilizando una camilla, en una bolsa negra, un objeto que parecía ser los restos de un cuerpo. Ese sería el epílogo de una trágica historia.

El caso

Esta historia comenzó el 6 de febrero, día en el que fue vista por última vez la contadora Liliana del Valle Cruz. El hecho se produjo 20 días antes de que se cumpliera el primer aniversario de la desaparición y del asesinato de Paulina Lebbos. Y seis meses después de que la docente Beatriz “Betty” Argañaraz desapareciera en un crimen que conmocionó a toda la provincia, cuyo cuerpo nunca pudo ser encontrado. Por esa razón, la desaparición de una mujer les alteraba los nervios de todos los investigadores.

LA VÍCTIMA. La contadora Liliana del Valle Cruz fue asesinada en febrero de 2007.

La profesional había sido vista por última vez en la Estación Central de Ómnibus cuando, según los dichos de empleados de seguridad, Cruz había dejado abandonado su auto en un lugar donde estaba prohibido estacionar. Pero los encargados de la Terminal avisaron a la Policía sobre la extraña actitud de la mujer ocho horas después de haberla visto abandonar el vehículo, a la 0.30 del miércoles.

El misterioso movimiento no quedó registrado en ninguna de las cámaras de seguridad de la playa del estacionamiento, de las ventanillas de las empresas de micros ni de las del supermercado. El único dato aportado por los testigos es que una mujer salió corriendo del lugar. Para colmo, varios de los empleados de la Terminal habían empujado el vehículo para ubicarlo correctamente, por lo que resultó imposible tomar huellas dactilares.

Los investigadores comenzaron a indagar en el entorno de la desaparecida. Sabían que Cruz era una mujer soltera que trabajaba en el Colegio de Farmacéuticos y que tenía una conducta intachable. “Liliana era una mujer muy centrada. Lo que supuestamente hizo en la Terminal no era una conducta propia de ella. Ella nunca hubiera dejado su auto mal estacionado y abierto, mucho menos si había recibido advertencias del guardia”, dijo el dirigente histórico de los farmacéuticos, René Cárdenas.

Los familiares insistieron que no estaba involucrada sentimentalmente con nadie y que tenía una gran amiga: la médica María del Valle Dip. La contadora le dijo a su madre que debía encontrarse con ella para tomar un café. A nadie le llamó la atención, porque eso era que lo hacían permanentemente.

Los investigadores hablaron con ella y no encontraron ninguna información importante. Es más, les desmintió en la cara que ella hubiese sido la última de haberla visto.

Dudas

“Nunca nos cerró la entrevista que tuvimos con ella. La volvimos a consultar varias veces porque teníamos la sensación de que no nos decía toda la verdad”, explicó Hugo Cabezas, uno de los ex integrantes de la división Homicidios que estuvo al frente de la pesquisa.

Dip era una mujer conocida en el barrio. Se había especializado en la rama de la dermatología, pero había ejercido muy poco tiempo. Trabajó siempre con su esposo, “El Colorado” Naigeboren, que era el dueño de la farmacia ubicada en Avellaneda y Haití. Tuvieron dos hijos, Gerardo y Exequiel, y siempre vivieron en la casa ubicada a pocas cuadras del negocio familiar. El marido de la mujer era un eximio deportista y amante de la vida sana, pero murió de manera repentina años antes de este hecho. Ella, entonces, se quedó al frente del comercio. Su situación económica no atravesaba por un buen momento.

Relación tóxica

Los investigadores interrogaron a los allegados de Cruz y todas las personas coincidieron en señalar que se trataba de una relación tóxica. Algunos sostenían que sólo eran muy buenas amigas, otras que podría ser algo más. Pero más allá de las sospechas, lo único cierto era que se habían conocido a mediados de los 90 y todo lo hacían juntas. Dip, según Cabeza, no mostraba demasiada preocupación por la desaparición de la mujer que la había acompañado en los últimos años.

Los pesquisas, en base a algunos informes financieros que revisaron superficialmente, descubrieron que de las cuentas de Cruz habían salido fondos con los que canceló varias cuentas que tenía en rojo la médica. La hipótesis que manejaron los investigadores es que Cruz era la más interesada en mantener la relación con la médica; y que esta, por cuestiones netamente económicas, no la rompía. “Ella la buscaba permanentemente y en más de una oportunidad pagó o le postergó las deudas que tenía la mujer”, aseguró un investigador.

Las sospechas movilizaron al fiscal Noguera. Estaba firmando la orden de allanamiento en el negocio y en la casa de la médica cuando sonó su celular. Era la Policía para informarle que habían encontrado los restos de la contadora en la farmacia de Avellaneda al 600. El horror estaba a punto de descubrirse.

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