El crimen del tenista: una desaparición que tuvo un desenlace trágico

Primera parte.

23 May 2020 Por Gustavo Rodríguez
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UN CASO CONMOCIONANTE. Pablo Aiziczon, profesor de tenis de 40 años, estuvo desaparecido dos días hasta que la Policía lo encontró sin vida en el interior de su auto que fue abandonado en Yerba Buena. la gaceta / foto de jorge olmos sgrosso la gaceta / foto de jorge olmos sgrosso

El otoño ya se estaba preparando para teñir de amarillo las hojas de los árboles de la provincia. Un Tucumán que había tenido en el primer trimestre de 2011 varios hechos que demostraban que la inseguridad estaba creciendo. El gobernador José Jorge Alperovich estaba preocupado. A los gritos pedía explicaciones y amenazaba con hacer drásticos cambios. Después del crimen de Paulina Lebbos, no quería más sobresaltos. Pero eso fue imposible. Otra vez un hecho preocupante golpeaba las puertas. Un reconocido profesor de tenis había desaparecido el 21 de marzo y nadie sabía de él. Lo vieron por última vez en el corazón de Yerba Buena, una ciudad que, en ese tiempo, era una de las más seguras.

Pablo Aiziczon tenía 40 años. Su madre Susana fue la última que lo vio. Esa jornada, el desaparecido realizó unos trámites en el centro, tomó un café con su hermano Fernando y después se dirigió a la casa materna. Almorzó carne al horno con ensalada de lechuga, tomate y cebolla. Tomó soda y Fanta light. Después fue a una de las habitaciones, se sacó la ropa que tenía y se puso remera blanca, short azul, casi negro, medias y zapatillas blancas. No llevaba gorra ni anteojos de sol. Sí una cadena y un reloj Omega, además de su billetera con la documentación y un bolso.

“A las 14.10 salió de la vivienda en el auto un Susuki Swift, que debía llevar a un taller, ya que estaba fallando. Tomó por Lobo de la Vega hacia el norte, dobló hacia el oeste por Pedro de Villalba y luego retomó hacia el sur por Roca hasta la Aconquija. ‘Es el camino que usa siempre’, explicaron su hermana Paola y la madre. Desde allí baja habitualmente hasta el club, ubicado al 900. Su hermano lo estaba esperando. Pero nunca llegó. ‘La última comunicación telefónica la hizo a uno de sus alumnos, casi a las 14.30, y le dijo que la clase iba a ser a las 15.10. No sabemos qué pasó después’, relataron. Su madre le había preparado de postre bocaditos de banana. ‘Después vuelvo a comerlos’, le dijo. Es la última imagen que la mujer tiene de su hijo”, publicó LA GACETA dos días después de su desaparición.

La familia, desesperada, inició su propia búsqueda. Los casos de María de los Ángeles Verón, Paulina Lebbos y Beatriz “Betty” Argañaraz habían dejado una enseñanza a los tucumanos: la única manera de asegurar un éxito en esta tarea era ponerse al frente de la investigación. Y eso es lo que hicieron los Aiziczon. No ocultaron nada y contaron cada uno de los detalles de la vida del instructor de tenis.

“Difícilmente se apartaría de su rutina, y menos sin decirnos nada”, relató su hermana Paola. “Él es terriblemente familiero. Si hubiera decidido irse a alguna parte, no sé, porque estaba cansado, nos habría dicho algo. Por lo menos al hermano, del que es inseparable”, reflexionó Susana, la madre.

Su hermano Fernando, luego de recorrer hospitales durante toda la madrugada, decidió irse a rastrillar la zona de El Cadillal. “Fue como una intuición, pero nada asegura que se haya ido para ese lado”, remarcó Paola. Sociólogos y psicólogos sociales deberían realizar una investigación para determinar el por qué los tucumanos han demonizado a esa villa turística como destino final de los peores casos policiales que se registraron en la provincia.

“Lo que llama la atención, y para lo cual la Policía aún no tiene respuestas, es que haya desaparecido en plena siesta, sobre la avenida Aconquija, la cual tiene muchísimo tránsito. Las cámaras de la zona no tomaron nada. Hasta anoche ni siquiera habían podido individualizar el auto”, publicó LA GACETA dos días después de la desaparición.

Un perfil

Como marcan los libros de formación, los investigadores indagaron en el entorno del desaparecido para elaborar un perfil. Pablo no tenía hijos, pero estaba en pareja desde hacía dos años con la kinesióloga Virginia Marcolongo y vivían en un departamento de calle Balcarce al 300. La mujer fue quien, desesperada, llamó al esposo de la hermana de Pablo, para decirle que el tenista no había regresado. Durante toda la tarde los familiares habían intentado llamarlo por teléfono y le mandaron decenas de mensajes, pero no contestó.

“Él se maneja muchísimo por el celular. Manda mensajes todo el tiempo, y habla mucho. Es muy raro que esté apagado”, aportó Paola. “Marcolongo fue llevada a la comisaría de Yerba Buena para hablar con los policías que deben buscarlo, pero su testimonio se interrumpió varias veces por el llanto. ‘Está destruida’, graficó uno de los agentes que habló con ella. ‘Dio detalles de la relación, pero no pudo aportar nada para saber dónde se encontraba su novio. Evidentemente está alterada por lo sucedido’, dijo la fuente’”, publicó LA GACETA.

La agitada vida amorosa de Aiziczon había quedado atrás desde que formó pareja con la joven profesional. No era un hombre de grandes negocios, aunque sí buscaba explotar las oportunidades que se le presentaran para conseguir un ingreso extra, como cualquier otro laburante. Tampoco estaba asfixiado por las deudas. En definitiva, no había algún motivo para que decidiera desaparecer.

“No hay nada raro en él. Y no creemos que haya decidido quitarse la vida. Hace tres meses falleció mi papá, y todos hemos tenido días buenos y días malos. Pero no estaba en un pozo depresivo”, advirtió Paola en esos días.

El peor final

El desenlace de esta cruenta historia comenzó a escribirse el 23 de marzo de 2011, dos días después de su desaparición. “Vengan rápido, está el auto que están buscando. Está en un pasaje a la altura de la calle Saavedra Lamas al 800”, le avisó la mujer al policía de la comisaría de Yerba Buena que atendió el teléfono.

Los efectivos se alistaron en cuestión de segundos y velozmente partieron hacia el lugar. En el trayecto, se comunicaron con todos los investigadores que estaban trabajando en el caso y, en menos de media hora, la mitad de la Policía estaba en el lugar donde, efectivamente encontraron el Susuki Swift. Los vecinos contaron que estaba allí desde el día anterior, pero otros explicaron que no estaban seguros de haberlo visto ahí. Lo único cierto es que alguien lo había estacionado perfectamente.

“Como los vidrios polarizados no permitían ver hacia adentro, los policías abrieron la puerta del conductor, la única que no tenía seguro. En el asiento trasero había un bulto. Y en el acto llamaron al fiscal Carlos Albaca y a los principales jefes de la Policía. En pocos minutos, en esa cuadra del barrio Horco Molle había decenas de personas. Todos estaban en vilo por el futuro de profesor de tenis”, cronicó LA GACETA al día siguiente.

Durante varias horas, los peritos de la Policía analizaron el interior del vehículo. Todo se manejaba en el mayor de los secretos. Las versiones cambiaban a cada minuto. Era el cuerpo de Aiziczon, estaba envuelto con una mediasombra y el o los homicidas habían pretendido quemar el auto con él adentro. También se supo que lo habían asesinado de dos disparos.

Según lo publicado por nuestro diario, cerca de las 11, Susana, sus hijos Paola y Fernando y sus allegados escucharon de boca del jefe de Policía Hugo Sánchez (condenado por la Justicia por el caso Lebbos) la triste confirmación. “Aquí no hubo robo ni otra cosa”, les dijo el titular de la fuerza. “Podemos armar este rompecabezas”, aseguró después. Y fijó la mirada en Fernando: “vos podés ayudar mucho; vos estabas muy cerca de él”. Todos querían conocer las respuestas de dos preguntas ¿quién? y ¿por qué?

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