AC/DC II: “Recuerdos del futuro” - LA GACETA Tucumán

AC/DC II: “Recuerdos del futuro”

Los nuevos tiempos de cuarentena traen del pasado escenas que más allá de la tecnología se viven en el presente. Los argentinos empiezan a pensar en la apertura del candado. Experiencias que muestran que no se aprendió la lección.

05 Abr 2020 Por Federico Diego van Mameren
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TAAAAANNN TANNNNNN TAN TAN. El golpe sonaba fuerte. Y si no salías rápido sonaba más fuerte y con más insistencia. Era seco y cortante. Pero era un ruido con sabor dulce. No sé bien con qué le pegaba a su carro de lata tirado por caballos. Al costado, los que sabían leer descifraban la marca sincopada de dos palabras: Cooperativa de Tamberos.

Por atrás de la carroza de dos caballos de fuerza de la Cootam venía otro vehículo. Tenía una carrocería un poco más desvencijada y su sistema de sonido estaba reducido a dos cuerdas vocales del chofer. Parecía un personaje recién salido del cuento de Cenicienta. Vendía las verduras para la sopa de más tarde. Pero también estaba el que se había esmerado en su equipo de audio (aunque no en los controles bromatológicos) y apenas daba vuelta la esquina gritaba: “¡Achurasssssssssssssssss! ¡Achureroooooooooooo!”. Y a él lo paraban las madres más intrépidas o más desaprensivas u osadas tal vez.

Así se vivía en la era AC (Antes del Coronavirus) del siglo XX. Las historias de pestes y malarias las contaba algún viejo de la familia que todavía se acordaba de los relatos de un abuelo.

Ahora, en esta era DC (Durante y después del Coronavirus) del siglo XXI, a las historias de las pestes las estamos escribiendo con tinta y con tiempo propios. Igual que en AC, alguien se acerca a la casa en su combi (con frigorífico incorporado, o no), o en la bicicleta con baúl embadurnado por el marketing posmoderno, y vende lo que necesitemos. No hace falta que golpee su chapa ni que saque el megáfono: lleva un celular por el que le whatsappearon el pedido. Las eras atravesadas por la gran transformación tecnológica se unen inesperadamente.

El virus es un desconocido total. Nadie sabe bien cómo tratarlo. Si tutearlo o con un respetuoso usted. Da miedo. Y, por lo tanto todos reaccionan como pueden. La primera reacción y tal vez la más humanamente animal es la de pensar que algo hicimos mal y si lo hacemos bien todo pasará. Malas noticias: no es así. No obstante, tal vez sea más fácil la convivencia si se corrigen rumbos.

En la era AC había duros señalamientos sobre un sector de la política. Ese que, con la hipocresía de pensar y trabajar por el otro, justificaba enriquecimientos, casos de corrupción y torcimientos innecesarios de instituciones. Todo en vano. Como si tuviera la varita mágica, el virus mostró la igualdad necesaria y los representantes del pueblo, o de la política, están entre los primeros a los que golpeó.

La era DC nos obliga a abrevar en la experiencia de la era que ya pasó (AC), pero parecen no ser efectivas las mismas políticas, porque somos otros y porque estamos en otra situación. Por eso el presidente Alberto Fernández se equivocó en su innecesaria agresividad contra el empresariado y por eso la respuesta de estos tampoco estuvo a la altura de las circunstancias cuando se tiraron contra la política. Es hora de responsabilidad, de solidaridad y de confianza. Eso es lo que se había perdido en la era pasada: la confianza. Y costará reconquistarla porque no alcanzan la plata ni los gestos. Hacen falta tiempo y muchos hechos.

Esta semana tal vez haya sido la más floja para el Presidente de la Nación desde que tomó el cetro del poder, obligado por el virus asesino. Se había parado en el centro de la escena, había incluso dejado a un costado a su otro yo cristinesco y había sabido abrazar a todos los argentinos. Su desliz hacia los empresarios y su falta de reflejos para sancionar los errores por los cuales salieron a la calle cientos de miles de argentinos cuando podían haberlo hecho gradualmente (como hoy o como ayer) le hicieron retroceder varios pasos.

El aprendizaje de esta guerra es que todo cambia a cada minuto, aunque estemos en nuestras casas creyendo que el tiempo se ha detenido. Hubo guerras que duraron decenas de años y otras que llegaron a durar minutos. Unas y otras se componen de episodios, de pequeñas batallas que se libran en diferentes campos. Este viernes la Argentina perdió una batalla en esta pandemia (o ¿guerra?) mundial. Y después de las batallas, se recuentan los pertrechos, se aprende y se vuelve a empezar.

Así, ayer la calma volvió a las calles, los ciudadanos volvieron a tomar distancia y el compromiso y la responsabilidad de a poco volvieron a reinar. Claro que siempre quedarán resabios de lo que supimos conseguir. Por eso el legislador Gonzalo Monteros quedó estigmatizado con lo que ya habíamos olvidado. Aparecieron artículos de primera necesidad bautizados con su nombre. Ya habíamos hablado de cómo la cosa pública no tiene dueño; y de cómo se confundió todo cuando hubo un gobernador que creyó que su casa era el palacio de gobierno. Lo mismo que cuando el político empieza a decir “yo le pago el sueldo”, cuando en realidad es un simple administrador de la cosa pública. El legislador Monteros nos hizo volver a la era AC aún cuando adujo que hubo problemas en sus comunicadores. “Me sacaron de contexto”, solían decir no hace mucho tiempo, en la época AC. Para él no hubo castigo ni reclamos. La especie política no puede pensar en sanciones para los otros cuando no los tiene con sus propios pares. El presidente de la Legislatura, en esto, siguió el ejemplo del Presidente.

Cuando un día no muy lejano -según todos esperamos- el tsunami pandémico se aleje, dejando su gravosa secuela de desgracias, todo el mundo hará control de daños, porque nadie saldrá indemne. Ni los cuentapropistas de todo tipo que dependían del ingreso del día, ni los trabajadores que perdieron su empleo, ni los empresarios cuyos emprendimientos se bambalean al borde del precipicio… La lista es interminable.

Pero un día llegará en que la peste complete su destrucción. Nuestras vidas no serán las mismas: semanas de encierro le cambian la vida a cualquiera. Y a la hora de mirar hacia atrás la tierra arrasada, cada uno verá cuánto lo afectó la pandemia.

Habrá quienes quizás hayan obtenido algún beneficio material. Puede ser el caso del pequeño almacén o el supermercado de barrio, que estuvo exceptuado de cerrar sus puertas y se transformó en actor importantísimo en el contexto minimalista del vecindario. Como el chofer de la Cootam, o el achurero que venía por detrás. Igualito.

Hay ejemplos vinculados a la vida política. Están los que pagarán costos y aquellos a los que la crisis reposicionará. Un caso claro de quien deberá dar explicaciones políticas, y también judiciales, es el legislador Ricardo Bussi, quien polemiza activamente en las redes sociales defendiéndose de las críticas. Para el presidente Fernández quizá el sabor sea agridulce. Pero también están los ciudadanos que, a medida que pasan los días, ven su situación complicándose crecientemente. La espera se hace más angustiosa para los que están privados de la posibilidad de ganarse el pan.

Al gobernador Manzur pareciera que la crisis pandémica le ha sido útil para zafar del asedio de la oposición gremial y política, y que le ha permitido recuperar la iniciativa. Aquel gobernador trémulo, acorralado por las huelgas y las movilizaciones a principios de marzo, ha abierto paso a la mejor versión de sí mismo: el sanitarista sereno y convincente. Así se lo vio en la primera edición de Panorama Tucumano, contestando sobre el combate contra la pandemia y escapando a cualquier otro tema porque “la vida en estos momentos está primero”. En ese terreno se explaya con mayor seguridad que explicándoles a los empleados públicos por qué no podrá pagarles los aumentos que prometió a tambor batiente.

¿Resultará suficiente para recomponer su imagen y su autoridad, progresivamente esmeriladas desde que comenzó el año? Por ahora, al menos, pudo salir del incómodo lugar en el que estaba y entró en una dinámica de gestión y políticas que había perdido totalmente.

En política nada es inmutable: todo es pasible de modificarse. A fines de agosto del año pasado, las estrellas sonreían al paso del exitoso gobernador. El vencedor de las PASO y futuro Presidente lo mimaba y trataba con deferencia y cuidados únicos. Tenía la pelota bajo los pies y mirando al horizonte para ver cómo armaba la siguiente jugada, la que lo llevaría a meter un gol para la tribuna: reformar la Carta Magna para acceder a una segunda reelección. Con esa posibilidad podía mirar con más tranquilidad el panorama de 2021 y 2023.

Los argentinos empiezan a pensar cómo será la vida con menos encierro. Mientras tanto, viven recuerdos del futuro como los que vivieron cuando eran chicos, cuando el mundo era cerrado, como las fronteras de hoy, y los países tenían nombres propios y no se apodaban con regiones. Da la sensación de que el mañana es una página en blanco, que se está empezando a escribir.

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