El más allá digital: los que se fueron pero siguen en la red

En las redes sociales la muerte, junto a sus rituales, adquiere un nuevo significado. ¿Qué ocurre con nuestros perfiles cuando fallecemos? ¿Es posible vencer a la parca a través de la huella digital?

27 Feb 2020 Por Guadalupe Norte
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En este mundo, al igual que con los impuestos, de la muerte no se escapa nadie. Habrá culturas que prefieran encarar los rituales mortuorios con alegría, u otras en las cuales el luto es emblema de cariño pero, sin importar el mapa, el insoslayable final nos aguarda por igual.

A partir de ahí, lo que ocurre “después” es un misterio que evoca creencias religiosas, y al que se le suma un nuevo asunto por zanjar antes del descanso eterno. Al fallecer, ¿qué pasa con mis redes sociales? Como usuarios, desde que nos iniciamos en el frenético tecleo y la hiperconectividad de internet vamos construyendo un rastro de información que se torna infinito. Fotos, comentarios, reacciones... cada dato registrado en la Matrix online seguirá presente por los siglos de los siglos. Ese es el verdadero más allá.

“La idea incomoda y va al choque con nuestra visión del recuerdo. Las redes lograron crear una ilusión inédita de negociación con la muerte. En esa fantasía, los dolientes y el fallecido se encuentran en la cotidianeidad. En los comentarios casuales que quedan desperdigados en una cuenta”, comenta Ana Luisina Turienzo, coach especialista en terapia del dolor.

Es así que las alarmas de cumpleaños que llegan al mail o las fotos estáticas interpelan a los dolientes como un antídoto. “Compartir cadenas, sumar filtros de lazos negros, comentar emojis de ángeles o publicar el hashtag 'qepd' forman parte de esta cibercultura asociada a la muerte”, agrega la profesional.

Aunque vos no lo sepas

Luego de que su hermana Mariana falleciera por arritmia, Soledad Poma decidió que se abstendría de hacer público su dolor. El tema la llevó a dejar en stand by cualquier comentario vía chat que impidiera convalecer a su familia.

Hasta que un año después apareció en el celular de Soledad una notificación-aniversario de Facebook. Ese mismo día Mariana se había recibido de arquitecta y lucía un brillante corpiño naranja y tutu multicolor.

“Es tan raro esperar que aparezca una respuesta tuya. Ya pasaron dos años y aún me cuesta no verte en la mesa del comedor. Odio el polvo de tu pieza y esa ropa acomodada que mamá jamás guardó por pena. Extraño los consejos, los viajes a Mar del Plata, y te quiero tanto. Te extraño tanto”, fueron las palabras que Soledad exorcizó frenética en su muro.

“En aquel momento sentí la necesidad de leer sus mensajes y reconectarme con las tonteras que enviaba. Cómo sabía las contraseñas, por semanas me entretuve con sus memes, leyendo las historias que comentaba por privado y hasta encontré nudes -explica Soledad-. Algunos podrán entenderlo como morbo, pero escarbar nuevamente en su vida sirvió de contención”.

Gestión final

La burocracia llega a lugares insospechados y la prueba está en los pasos que necesitamos seguir para inhabilitar a un usuario difunto. En Facebook, el protocolo se reduce a tres decisiones: desactivar la cuenta, eliminarla o memorializarla. Es con la tercera que el perfil pasa a convertirse en una cuenta conmemorativa.

Los requisitos para su gestión implican enviar al servicio técnico el certificado de defunción o de nacimiento del antiguo dueño. De ahí en más, será imposible borrar los comentarios y hallar la cuenta en el buscador. Otra opción es directamente añadir en vida un “contacto de legado” al perfil.

En el caso de Twitter, la red desactiva por sí misma las cuentas que carezcan de actividad pasados los seis meses. Lo que termina siendo la mejor solución ante el infierno de datos a recolectar. En la lista, está el nombre de usuario, certificado de defunción, certificado de potestad legal y fotocopia del DNI. Por último, Instagram permite memorializar por igual los perfiles o aceptar las solicitudes de retirada del sistema.

Apps de la muerte

Resulta casi lógico que, si la parca se pasea por el algoritmo del Social Media, existan también apps que lucren a través de los obituarios. “Planifique su cuidado futuro y proteja su legado digital”, es el slogan con que “Mi wishes” promociona su servicio de deseos funerarios.

Esta página web inglesa permite a los usuarios registrar su última voluntad y explicar cómo quieren que sea su funeral. Los ítems van desde la música hasta la sepultura. Incluso podemos grabar saludos que sólo serán enviados después de morir.

Otra opción afín es “After note”: espacio que permite delegar la herencia virtual (códigos de videojuegos, descuentos, suscripciones, etc.) a gente cercana.

¿Pésame y like?

Sumado a la necesidad de expresar la congoja, del otro lado del ring existe un feedback padeciente y constante. Su imagen más nítida la encara el sinfín de comentarios que dan el pésame con superficialidad clínica y dedicatorias sabor edulcorante.

“En el 2019 mi mejor amiga del colegio falleció en un accidente de auto. La tragedia caló al grupo completo y en su aniversario creamos un grupo para homenajearla. Fue increíble el impulso que sentimos”, rememora la estudiante de psicología Marianela Pintos Sosa.

Sin embargo, ese fue precisamente el problema detonante. “La cuenta llegó a tener 1.000 seguidores y me di cuenta que ese apoyo que creía un medio para calmar mi pena, era frívolo. Al final la masividad no te asegura la calidad del consuelo”, intenta explicar.

Es gracias a su experiencia que Marianela sintetiza el incomprensible juego de los límites físicos y metafísicos. “Si una persona termina de morir cuando ya no hay nada que la recuerde. Nuestro retrato virtual, ¿no es otra estrategia para intentar vencer el contrato con la muerte?”, reflexiona. Con ustedes, la eternidad en envase https.

Punto de vista

Natalia Veliz, artista. Realiza cuadros hiperrealistas y, entre sus clientes, hay familias que le piden dibujos de personas que ya murieron.

Con mi trabajo, trato de estar siempre a la mayor altura que los clientes (luego, amigos) necesitan. Les cuesta mucho soltar (a todos creo) y quiero ofrecerles a ellos una experiencia que les permita sobrellevar con más calidez el duelo. Que relacionan al retrato que estoy haciendo como algo positivo.

Cada uno puede elegir cómo transitar su duelo. Para algunas personas puede ser muy avasallante entrar a las redes sociales y ver el contenido fotográfico, pero también es valido entrar o invertir en su lugar esa energía en un retrato o escribir en el muro de la persona fallecida. Cada uno hace lo que puede. Exteriorizar el duelo se hace desde hace mucho, solo que con Instagram y Facebook, y la codependencia que eso implica la cosa es más grande y “melodramática”.

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