Pese a jugar mal, el “Santo” ganó un juego clave

Mística de un líder.

17 Feb 2020 Por Marcelo Androetto
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CON LAS “LUCES” APAGADAS. Claudio Mosca no tuvo un gran desempeño en Campana. El volante, que no pudo imponer su calidad, alternó buenas y malas durante el juego contra Dálmine, FOTO DE MATIAS NAPOLI ESCALERO / ESPECIAL PARA LA GACETA

En la ciudad sede de la cementera Holcin, San Martín solidificó su chapa de gran candidato a ganar la zona B y a meterse en la final por el ascenso a la Superliga. ¿Por qué? Porque jugó mal y se llevó una victoria agónica por 2-1 sobre Villa Dálmine. Que tuvo más de épica que de merecida.

En Campana, los goles de Juan Imbert y Rodrigo Moreira llegaron sobre ídem, cuando el “Santo” estaba contra las cuerdas. Y su liderato en entredicho, por más que ni siquiera una derrota lo hubiera privado de recibir al escolta Sarmiento en La Ciudadela el próximo lunes en tal condición.

Es que en realidad, los 14 puntos que separaban al equipo de Favio Orsi y Sergio Gómez del “Viola” antes de comenzar el duelo no se notaron en la cancha salvo en ese epílogo trepidante que fue desde el golazo maradoniano de Imbert al cabezazo redentor del “Chiqui”.

El partido cambió su destino por una suma de factores: los cambios dispuestos por la dupla, el conformismo de Villa Dálmine con el 1-0 parcial, el peso específico de los nombres de la visita ante un rival más juvenil e inexperimentado. Y una dosis de fortuna.

La intención habitual de jugar por abajo y generar circuitos de fútbol quedó en eso, en una mera intención. El “Viola” impuso sus condiciones -jugadores livianitos y rápidos- ante un San Martín inconexo y demasiado largo.

El gol de Brian Orosco -un pibe desfachatado, figura del partido- llegó cuando San Martín había lavado un poco su cara, se mostraba más despierto después de las enfáticas indicaciones que minutos antes, durante la pausa de hidratación, sus jugadores habían recibido de parte de los entrenadores, disconformes desde el comienzo.

La apertura del marcador tuvo responsabilidades compartidas, entre Moreira -despejó mal en el inicio de la jugada-, de Lucas Diarte -se la sirvió involuntariamente a Orosco- y el remate de este dio en el lateral para dejar sin reacción a Ignacio Arce.

Esa jugada, el desconcierto generalizado de la última línea, describía a la perfección una actuación descolorida que se extendió durante todo el complemento, más allá de que la movida táctica de fichas dispuesta por Orsi y Gómez en el entretiempo -ingresos de Imbert y Ramiro Costa- terminó pagando dividendos sobre el final. Juan Mercier y Gonzalo Rodríguez, además, habían sido de los más flojos en la etapa inicial.

Orosco lo perdonó al “Santo”, se erró un gol imposible en el inicio del segundo tiempo. Y cuando Lucas Bovaglio decidió sacar al volante creativo, le hizo un segundo favor al “Santo”, que eso sí, no cejó de ir al frente pese a que no se le caía ninguna idea, salvo tirar centros.

Parecía que la historia se consumaría con fiesta violeta en las tribunas del “Coliseo”. Pero entonces los sustitutos hicieron su trabajo: Costa se la bajó de cabeza e Imbert metió un breve sprint que incluyó bajarla con el pecho y llevársela con dos cabezazos antes de definir de derecha.

En el quinto minuto de descuento, una jugada que pareció preparada, aunque no lo fue. Pelota parada, Emiliano Amor que se la bajó a Luciano Pons, que metió el centro para que Moreira festejara por novena vez con la camiseta del “Santo”. Amor propio y fe, eso sí que le sobra al conjunto de Orsi y Gómez.

En la ciudad que se jacta de haber sido cuna del prototipo del primer automóvil argentino, San Martín fue un vehículo que arrancó a duras penas, pero que en la tabla se asemeja a un bólido confiable, que sostiene su marcha crucero hacia una eventual final por el título. Y que recibirá a Sarmiento con los mismos cuatro puntos de ventaja con los que inició su excursión de epílogo feliz a Campana.

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