Cabos sueltos rumbo a 2023

06 Feb 2020 Por Fernando Stanich
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Lo miran de reojo tanto en el oficialismo como en el principal bloque opositor. Le desconfían. Siguen con atención cada paso que da, analizan cada uno de sus gestos y escuchan cada palabra que pronuncia. Germán Alfaro se ha convertido, en los últimos años, en el cabo suelto del entramado político tucumano. No encaja ni en uno ni en otro sector, pero aparece en todas las teorías que se barajan.

El peronista comenzó a edificar este perfil a fines de 2003. Cuentan que, antes de ir a la asunción de Osvaldo Jaldo como intendente de Trancas, José Alperovich detuvo el auto para tomar un café en una estación de servicios de Las Talitas. Se había producido la detención del intendente capitalino electo, Antonio Domingo Bussi, y el PJ debía “nombrar” un interino. En esa mesa soltó el nombre más inesperado: Domingo Amaya. Luego, la inexperiencia política del elegido hizo el resto. El relato supone que Antonio Jalil, por entonces secretario general de la Gobernación, masticaba bronca por elección de Amaya y que, tras un diálogo con Sergio Mansilla y con Edmundo Jiménez, por entonces ministro de Gobierno, le llevaron a Alperovich el nombre de Alfaro. A las horas, a la Casa de Gobierno llegó la entonces legisladora y esposa del “Pícaro”, Beatriz Ávila, quien se retiró con la propuesta. Amaya, por esas horas, ni siquiera sabía lo que se gestaba: su colaborador más estrecho era todavía Fernando Insaurralde. Al enterarse de la novedad, y visiblemente molesto por la imposición, fue a una reunión en 25 de Mayo y San Martín. En una oficina esperaba Alfaro y, en el antedespacho de la Gobernación, Amaya. Tras un rato a solas con Alperovich y otro juntos, salieron uno delante del otro para iniciar el derrotero municipal.

Con el tiempo, en lugar de integrarse al alperovichismo, Alfaro minó la relación con el entonces poderoso gobernador. Esa distancia le sirvió para ganarse la confianza de Amaya, una candidatura a diputado y reiterados picos de tensión con la Casa de Gobierno. El cisma en el peronismo, que concluyó en 2015 con el acuerdo electoral entre Amaya y el radical José Cano, también lo tiene como uno de los promotores. Al fin y al cabo, Alfaro se quedó con el único boleto asegurado que ofrecía el pomposo Acuerdo para el Bicentenario. Con Amaya y con Cano haciendo dedo tras esa elección, el nuevo intendente de la capital dejó el auto en marcha para seguir de viaje. Así lo hizo durante el macrismo. Sin sonrojarse, sumó su partido a la mesa de Cambiemos y sentó a su esposa en Diputados.

En ese lapso se encargó de enfrentarse con Juan Manzur. Eligió como rival al gobernador y no hubo tregua posible. Con la debacle del macrismo, aguardó el momento y retiró a Ávila de los satélites de Cambiemos, para encarar un nuevo reposicionamiento. En 2020, el manzurismo lo tiene en su lista de enemigos, Jaldo cuida su relación con él y los radicales Cano y Silvia Elías de Pérez ya se tironean por su estructura.

Hoy, a los oídos de Manzur llegan versiones de acuerdos entre su compañero de fórmula y el intendente. Lo real es que Jaldo y Alfaro no dialogan, pero sí tienen embajadores activos. A ambos les reditúa ese misterio formado. El vicegobernador sabe que es una pieza clave para pelear en 2023, en caso de que el gobernador no quiera cederle la candidatura que, entiende, le corresponde. Y el intendente vislumbra que, ante una implosión de Vamos Tucumán, es la puerta abierta para mantener la intendencia y regresar al peronismo.

Otro tanto ocurre enfrente. Cano y Elías de Pérez tienen en mente la puja por la banca senatorial por la minoría en 2021 y, sin consenso entre ellos, el respaldo del alfarismo será determinante para una eventual interna. La pulseada entre los dos radicales es evidente. El diputado se preocupa por mantener viva la antítesis entre macrismo y kirchnerismo y capitalizar esa polarización, mientras que la senadora aparece un tanto difusa en su estrategia. Por lo pronto, su legislador (José María Canelada) se acerca a Alfaro. ¿Y el intendente? Sin apuro y con limitaciones, aguarda agazapado. Los comicios nacionales tienen la particularidad de que, sin consenso dentro de un espacio, las candidaturas pueden dirimirse en Primarias Abiertas. El riesgo, claro está, es que entre tanta dispersión, otro opositor se coma la última porción de la torta. Y el bussismo ha demostrado tener experiencia en el rapiñaje electoral.

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