El crimen de Gladys Arias, el horror de un homicidio que conmocionó a Tucumán

La muerte acechaba en un matorral entre dos barrios. Tenía 25 años. Nunca se juzgó a los autores del aberrante asesinato. El nacimiento de un mito. Video.

15 Dic 2019 Por Gustavo Rodríguez

Primera Parte

Se llamaba Gladys Arias. Tenía 25 años. Desconocidos le robaron todo. Sus pertenencias, su dignidad y su vida. Han pasado casi 33 años del tremendo homicidio que sigue impregnado por las dudas y la impunidad. Es una historia dura y cruel. Llena de dudas e injusticias que con el paso del tiempo quedaron al descubierto.

PERICIA CLAVE. Ricardo “Pupa” Luna, uno de los acusados, explica cómo se produjo el hecho durante la reconstrucción.

1. El hecho

El 22 de diciembre de 1986 la joven abandonó su casa del barrio Kennedy para visitar a su hermana, que acababa de contraer matrimonio, en el barrio Hynes O’Connor. Conversó con ella durante un par de horas e intentó regresar a su casa. Para acortar camino, atravesó los matorrales que había en Colombia al 3.600, terrenos que hoy están tapados de casas. Algo sucedió en el trayecto porque la joven desapareció misteriosamente.

La familia, desesperada, denunció el caso en la Policía. La fuerza hizo poco y nada para encontrarla. En esos momentos, los uniformados estaban más preocupados en investigar y evitar un nuevo choque entre los Ale y Los Gardelitos. Además, las fiestas estaban a la vuelta de la esquina y sólo unos cuantos se movilizaban para ayudar a esa familia desesperada. Las respuestas que les dieron no sólo que no los satisfacían, sino que además los ofendían. “Seguro que se fue con alguien” o “quédense tranquilos que va a aparecer sana y salva con una historia para contar”, les dijeron en más de una oportunidad. Pero ella no era así. Nunca se había ausentado de su hogar por varios días.

“Ella era una chica de la casa, que vivía con y para sus padres. No se sabía que estuviera manteniendo alguna relación sentimental. Todos la conocían como una joven maravillosa, amable y bien educada. Nadie creía que algo malo le podía pasar”, explicó María Luján Cáceres, que estudia el caso desde hace años para su tesis doctoral.

2- El hallazgo

El 20 de enero, unos niños que buscaban leña por los matorrales se llevaron el susto de sus vidas. Atado a un árbol, desnudo y con signos de haber sido golpeado salvajemente encontraron el cuerpo de una joven mujer. Salieron corriendo y avisaron a sus padres, que comunicaron a la Policía. Los habitantes de los barrios de la zona se enteraron de la noticia y fueron a ver qué había pasado. La escena quedó grabada en la memoria de muchos, al igual que los gritos que dieron las mujeres. “El barrio se revolucionó y estuvieron todos pendientes de lo que pasaba. No podían creer que algo así podía ocurrir”, señaló Cáceres.

El hermano de Gladys tuvo la desgraciada tarea de reconocerla. Y lo hizo cuando le mostraron unas prendas que fueron halladas a la par del cuerpo. Físicamente no pudo confirmar que se trataba de ella porque el cadáver estaba en avanzado estado de descomposición y había sido destruido por los animales. En esos tiempos no existían los análisis genéticos, por lo que siempre se supuso que era el cuerpo de Gladys. Nunca hubo una confirmación del 100% de que se tratara de ella.

Pasó exactamente lo mismo con las causas que habían provocado su muerte. En un primer momento se dijo que había muerto de hambre. Después se descartó esa versión y se informó que podría haber sido ahorcada, pero también se dejó de lado esa posibilidad. Luego surgió la hipótesis de que el autor material del hecho le habría propinado un golpe en el estómago. Pero en este caso sobraron los supuestos. Muy pocas o casi ninguna certeza.

MACABRO. Los policías y los peritos en el lugar donde encontraron los restos de la joven.

3- Los sospechosos

La Policía estaba ante esta situación: tenían el cuerpo de una mujer que había sido secuestrada a plena luz del día, varias veces abusada y asesinada a golpes, pero no tenían ni la menor idea de quiénes eran los culpables. No creían que hubiese sido una sola persona. Fueron razones suficientes para que el caso conmocionara a los tucumanos que aún dormían con las puertas abiertas o tomaban mate en las puertas de sus casas. La presión por encontrar los responsables fue intensa. Hubo amenazas de renuncias en el gobierno de Fernando Riera o de pases a retiro masivos. Encontrar al responsable de tan aberrante crimen se había transformado en una prioridad.

Habían transcurrido 10 días de la muerte de Gladys y surgió un dato. Una información brindada por Omar “El Pelao de la Chicha” Alanis, un hombre que tenía numerosos antecedentes por robo, señaló a cuatro individuos. En cuestión de horas, en los primeros días de febrero de 1987, la policía detuvo a Ricardo Américo “Pupa” Luna (27 años), Juan Edmundo “Barrabás” Araujo (16), y Juan Domingo “Miningo” Medina (13). Luego, de haber permanecido oculto durante varias semanas en Mendoza, se terminó entregando Miguel Ángel “Kila” Barrera (19).

Los investigadores estaban convencidos y transmitieron su convicción a la Justicia y a la sociedad de que ellos habían sido los autores del crimen de la joven. Les pusieron un nombre: “Los jinetes asaltantes” y los demonizaron. Después de haberlos detenido, dijeron que estaban acusados de haber cometido al menos 40 ataques en los montes que se extendían desde San José (Yerba Buena) hasta el barrio Oeste II. Los acusaron de robos y de haber concretado otros ataques sexuales, entre ellos a un niño de cinco años.

Sin embargo, esos casos no estuvieron plasmados en causas judiciales, sino por dichos de dichos. Contaron además que la banda tenía una particularidad: se movilizaban en caballos para cometer los ilícitos y no en moto, como ocurre actualmente. De allí surgió su nombre.

También se conocieron detalles de su vida que fueron dados a conocer por la Policía. Por ejemplo, se dijo que “Pupa” vivía con una mujer que se prostituía para poder alimentar a su familia. Los padres de los menores, según confirmaban a los cuatro vientos los investigadores, los encerraban para que no se metieran en problemas.

4- La conmoción

Horas después de que se produjera a detención de los acusados, la Policía informó que los sospechosos habían confesado ser los autores del crimen. En ese tiempo no había fiscales que dirigieran la investigación. Esa función la tenían los jueces que formaban las causas con la pesquisa que desarrollaban los uniformados.

En este caso en particular, los investigadores le dijeron al juez que los acusados habían secuestrado a la víctima cuando se dirigía a su casa. La ataron en un árbol y todos abusaron de ella en varias oportunidades durante varios días. “Miningo”, el más chico de los detenidos -siempre según la versión oficial-, regresaba solo y le daba agua y una vez, comida. Lo hizo hasta que la encontró muerta, un 26 de diciembre, después de casi cuatro días de agonía y sufrimiento.

El abogado Cergio Morfil trabajaba en el estudio de Juan “Chino” Robles, donde concurrían personas de escasos recursos. Tomó el caso y lo analizó con detenimiento. Dice que creía en la inocencia de los acusados. “La confesión fue arrancada a golpes. Hubo una situación insólita que consta en el expediente. Los cuatro imputados, que habían sido detenidos por los dichos de un tercero, declararon al mismo tiempo, una situación totalmente irregular. Buscaron gente pobre para hacerlos culpables y apagar el incendio”, opinó el profesional.

Hubo un hecho que midió el ánimo de los tucumanos. Los detenidos fueron trasladados al predio de Colombia al 3.600 para realizar la reconstrucción del homicidio. Una multitud de curiosos se arrimó al lugar para observar cómo se había producido el crimen.

Al finalizar la medida, los vecinos quisieron linchar a los acusados. La Policía tuvo que recurrir a gases lacrimógenos y disparos con postas de goma para calmar los ánimos que ya habían apedreado a los miembros de la banda de “Los jinetes asaltantes”. “Mi padrastro me había prestado el auto para que pudiera estar presente en la medida. Después del lío que se armó, regresé corriendo y me di cuenta de que me lo habían destrozado”, recordó Morfil.

Fueron tan graves los incidentes que la Justicia tuvo que salir a dar la cara para tratar de poner paños fríos. “Hechos de esta naturaleza, trastocan la fibra íntima de la familia y llevan a los padres a pensar en la situación y futuro de sus hijos. Por lo que hace falta una sanción ejemplificadora que destierre definitivamente crímenes aberrantes como el de la joven Arias”, dijo el juez Eduardo Bichara, que instruyó la causa. Para muchos, más que un mensaje, fue el anuncio de una casi segura condena. Pero…

5- El juicio

En 1992, seis años después de que se produjera el crimen, se conoció la sentencia del caso. En esos tiempos no se desarrollaban debates orales, sino que los magistrados resolvían los casos en base a las pruebas que existían en el expediente. En el banquillo de los acusados se sentaron “Pupa” Luna y “Kila” Barrera. “Barrabás” Araujo no estuvo porque tuvo una extraña muerte en su lugar de detención y “Miningo” Medina era inimputable. La jueza Silvia Castellote los terminó absolviendo de los delitos abuso sexual y homicidio, pero los condenó por haber cometido robos y haber formado una asociación ilícita.

La magistrada tuvo en cuenta dos puntos clave. En primer lugar no se pudo confirmar si el cuerpo era de un hombre o de una mujer. Además, los forenses determinaron que el deceso de la víctima, por el estado de descomposición del cuerpo, había ocurrido entre 40 y 60 días antes del hallazgo. En principio, Arias fue encontrada 25 días después de haber fallecido.

La resolución generó una enorme polémica. Se apeló el fallo y pasó a manos de otro tribunal, que también emitió la misma sentencia. No había pasado mucho tiempo del aberrante hecho, pero sí el suficiente para que no hubiera un reclamo popular por Justicia.

Próxima entrega: ¿Quién mató a Gladys Arias?

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