Hojeando el diario: una historia sentimental de final trágico en 1933

Ella era inglesa y él, peruano. El hombre la mató de un tiro en la cabeza y luego se suicidó.

04 Dic 2019 Por Manuel Riva

Ella era inglesa, él era peruano, la ciudad de Tucumán los unió en tiempo y espacio para una historia de amor, de pasión y dolor que tuvo un trágico desenlace.

El inicio del romance no está determinado con precisión pero el final sí, y fue una noticia que conmocionó Tucumán. El epílogo de la historia se produjo en la tarde del 1 de febrero de 1933. El lugar: calle Las Heras (hoy San Martín) a la “altura de la confitería del parque Avellaneda y cementerio del Oeste”.

Hasta allí llegó el automóvil conducido por la mujer; a su lado iba su amante. El relato de nuestro cronista señalaba: “al llegar al lugar, el auto se detuvo, así lo indica la palanca colocada en el punto muerto y otros detalles observados. Entonces el hombre extrayendo el revólver que llevaba, enfiló el caño en dirección a la cabeza de la mujer”. Ella murió al instante y quedó con la cabeza apoyada en la puerta del auto. Tras ello el hombre se apuntó a sí mismo; “por causas extrañas” erró el primer disparo, que perforó el techo del auto. Luego recargó y volvió a apuntarse. Esta vez el impacto fue certero: el proyectil ingresó en su cabeza y quedó tendido hacia atrás en su asiento. El hombre fue llevado hasta el hospital Padilla donde murió tras las primeras curaciones que le realizaron.

El hecho ocurrió pasadas las 13.30. Al escucharse los disparos el primero en llegar hasta el auto fue el guardián del parque, Juan Ahumada, que al ver la escena rápidamente dio parte a la policía. Desde la comisaría de Villa Luján llegaron los efectivos que tuvieron a su cargo la investigación.

Los protagonistas de la historia eran Dorothy Emily Craven, de 29 años, y Moisés Valencia, de 40. En la crónica se informaba que Dorothy, de nacionalidad inglesa, era empleada “en la sección Vías y Obras del Ferrocarril Central Argentino, donde desempeñaba el cargo de taquígrafa y dactilógrafa con un apreciable sueldo”.

Valencia había venido de Perú hacía tiempo. Estaba casado, era “chauffeur” de plaza; “luego puso un negocio en El Timbó, siendo hombre de alguna holgura económica”.

LA CONFITERÍA. El edificio del parque era el centro del paseo y detrás suyo fue el crimen.

A mediados de noviembre de 1932 se produjo un antecedente violento que involucró a la pareja. Valencia “atentó contra la vida de su esposa, María Antonieta Vlacaya, disparándole en tres oportunidades, dos de las cuales la hirieron; el hombre trató de justificarse asegurando que lo había hecho en razón de supuestas faltas cometidas por ella; pero acusaciones de la esposa y una carta que llegara a la Justicia y a nuestro diario hicieron presumir que se trataba de un delito instigado por la misma mujer, que ahora ha caído víctima de los arrebatos criminales de este hombre”.

Al parecer el hombre había tomado la decisión de ponerle fin a la relación con su amante de la peor manera. “... así lo explican las circunstancias que han rodeado el hecho, la forma de producirse y las 9 cápsulas de repuesto que llevaba en el bolsillo”.

Además una carta que llegó a nuestro diario, tras su muerte, y escrita dos días antes del hecho, confirmaba que Valencia ya había tomado la decisión. En ella nada dice sobre la eliminación de la mujer pero sí de su vida. Allí acusaba de ciertas situaciones y presiones por parte de la familia de la mujer. También manifestaba su preocupación por la situación de su familia tras los hechos de 1932. Allí hacía responsable de su accionar a “Dolly”, como le decía, que quería estar junto a él sin importar cómo. Y reconocía que había tenido ciertos inconvenientes con su “pequeña fortuna” y denunciaba: “me alejaron de Antonieta”. El hombre permaneció detenido por varios días tras el ataque a su mujer.

Rumbo al trabajo

Volviendo a los hechos de febrero del 1933, retomamos la crónica: “Dorothy salió de su casa -vivía con sus padres en Bajo Hondo, avenida Mate de Luna- a horas 7 y 40, a fin de tomar servicio, para ello utilizó el auto Ford Sedán, chapa 952, de su propiedad, cosa que acostumbraba. Toda la mañana trabajó normalmente”. Dejó el lugar, como era habitual, a las 12.

A poco de consumado el crimen el padre de la muchacha, Thomas Craven, llegó hasta el lugar, se acercó al auto de su hija, la abrazó y lloró con ella en brazos. El hombre habló con el juez actuante y la prensa señalando que su hija “había mostrado antes de salir el carácter jovial de siempre, no notando preocupaciones ni nada anormal en ella”. Este dato hizo que se descartara la primera hipótesis de los investigadores acerca “de un mutuo acuerdo en esta doble eliminación”. Hecho que al parecer confirmó la carta de Valencia que llegó a nuestra redacción el 2 de febrero.

CURIOSOS. La escena del crimen se vio abarrotada de público tras el asesinato.

Dilucidar el recorrido posterior a la salida del trabajo de la mujer fue parte de la investigción judicial. Nuestro cronista habló con personas cercanas a la investigación y con testigos y curiosos que coparon la zona del crimen haciendo casi imposible el trabajo de la policía. Luego, conjeturó: “Es indudable que ambos se habían citado de antemano para hablar acerca de sus múltiples asuntos sentimentales, arreglar lo aparentemente inarreglable y complicado desde las heridas de la esposa del hombre”. Al parecer ambos no se habían reencontrado desde el ataque de unos dos meses y medio antes. Si lo recogió ella o él fue hasta su trabajo para encontrarse no pudo ser determinado.

Otro hecho llamativo se relata a continuación: “ella iba en el volante (cabe aclarar que los autos por entonces tenían el volante a la derecha); él, según todas las apariencias, habíase ubicado en el asiento trasero a la izquierda, aunque es probable, que dicho lugar lo haya ocupado momentos antes del crimen, para asegurar el resultado de su fatal determinación”.

Los antecedentes de los hechos de noviembre también fueron motivo de curiosidad para los tucumanos, ya que la esposa de Valencia tras recibir los disparos lo acusó de “frío y calculador” y de dejarse influenciar por su amante. La mujer llevó su querella ante la justicia y aseguraba que “ella supo el valor y alcance de las vinculaciones de su marido con su amante, cosa que los hechos habrían venido a darle amplia razón, con la trágica actitud del protagonista”.

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