La misa de hoy: la dignidad del cuerpo humano

10 Nov 2019

La liturgia de la Misa de hoy (Lc 20, 27-40) pone a nuestra consideración una de las verdades de fe recogidas en el Credo y que hemos repetido muchas veces: la resurrección de los cuerpos y la existencia de una vida eterna para la que hemos sido creados. Los cristianos profesamos en el Credo nuestra esperanza en estas dos verdades.

I. Ante la atracción de las cosas de aquí abajo, que pueden aparecer en ocasiones como las únicas que cuentan, debemos considerar que nuestra alma es inmortal y se unirá a todo el cuerpo al fin de los tiempos. El alma y el cuerpo están destinados a la eternidad. Todo lo que llevemos a cabo en este mundo debemos hacerlo con la mirada puesta en esa vida que nos espera, pues pertenecemos a Dios con la carne y los huesos, con los sentidos y las potencias.

II. La muerte no la hizo Dios: es pena del pecado de Adán. Con la resurrección de Cristo, la muerte ha perdido su aguijón, su maldad, para tornarse redentora. En Él y por Él nuestro cuerpo resucitará. Al final de los tiempos, dará gloria a Dios desde el instante de la muerte, si nada tuvo que purificar.

Al meditar que nuestro cuerpo dará gloria a Dios, comprendemos mejor la dignidad de cada hombre y sus características esenciales e inconfundibles, distintas de cualquier otro ser de la Creación. El hombre no solo posee un alma libre hecha a imagen y semejanza del Creador, sino también un cuerpo que ha de resucitar y que si está en estado de gracia es templo del Espíritu Santo. San Pablo recordaba frecuentemente esta verdad gozosa a los primeros cristianos: “¿no sabéis que nuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo, que habita en nosotros?”.

III. Enseña Santo Tomás que nuestra filiación divina, iniciada por la acción de la gracia en el alma, será consumada por la gloria del cuerpo, de forma que así como nuestra alma ha sido redimida del pecado, así nuestro cuerpo será redimido de la corrupción de la muerte.

El Señor transformará nuestro cuerpo débil y sujeto a la enfermedad, la muerte y la corrupción en un cuerpo glorioso. No podemos despreciarlo, ni tampoco exaltarlo como si fuera la única realidad en el hombre. Nuestra Madre nos recordará que nuestro cuerpo ha sido hecho para dar gloria a Dios aquí en la tierra y en el Cielo por toda la eternidad.

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