Vía libre para que Turquía ataque al pueblo kurdo

11 Oct 2019
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La orden de Donald Trump de replegar tropas del norte de Siria, y la ofensiva militar de Turquía contra los kurdos, primera minoría étnica del país, lleva otra cuota de inestabilidad a Medio Oriente.

El presidente Recep Tayip Erdogan decidió adueñarse de esa franja, con el apoyo de brigadas árabes, antes enemigas del dictador Bashar al Assad, ahora amalgamadas en el Ejército Nacional Sirio, para neutralizar las amenazas contra su territorio de los kurdos, aliados de Estados Unidos, y facilitar el retorno de refugiados sirios.

¿En qué contexto estalla otra guerra dentro de la guerra? Arabia Saudita acusa a Irán de haber atacado sus instalaciones petroleras. Israel ejecuta operaciones militares contra las filiales de Irán en Siria, Líbano, Gaza e Irak, pero también rehuye a una confrontación.

Estados Unidos se aparta del acuerdo nuclear y aplica sanciones económicas contra el régimen de los ayatolás. En la guerra de Yemen, la coalición saudita procura repeler a los rebeldes huthis, chiitas apoyados por Irán. Es una guerra por delegación entre dos ramas del Islam, que en 2018 dejó 4.800 civiles muertos o heridos.

La luz verde recibida por Erdogan para deshacerse de los kurdos, tildados de terroristas por sus lazos con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán, contradice, en principio, su enfrentamiento con Trump por no haber deportado de Estados Unidos al clérigo musulmán Fethullah Gülen, al cual acusa de haber participado del fallido golpe de Estado de julio de 2016.

Estados Unidos invirtió entrenamiento y armas en los kurdos, razón por la cual la decisión de Trump de despejar el camino a Turquía cosechó reparos externos, pero también de miembros de su propio partido, el republicano.

La guerra de Siria comenzó durante la Primavera Árabe, en 2011, atrajo contingentes militares extranjeros que terminaron librando sus propias guerras, como ocurrió con Turquía y Rusia.

Los kurdos, de raíces indoeuropeas, perdieron su territorio después de la Primera Guerra Mundial. Fueron aliados del Imperio Otomano, predecesor de Turquía.

El norte de Siria, rico en petróleo, intentó mantenerse al margen de la guerra. Assad naturalizó a 300.000 apátridas y retiró tropas, gesto visto como señal por la cual, en 2013, el Partido de la Unión Democrática Kurda proclamó una semiautonomía que derivó en la creación de una región federal.

Vital resultó el apoyo de los kurdos para derrotar al Daesh (Estado Islámico). Pero la memoria es frágil. Las idas y venidas sobre el desenlace de Assad entre Arabia Saudita y Qatar, antes unidos, ahora enfrentados, después veremos, reflejan la facilidad de países árabes y no árabes, como Turquía, Irán e Israel y, para crear amigos y enemigos en cuestión de horas.

Por eso, como observa Robert Malley en la revista “Foreign Affairs”, la Liga Árabe es menos coherente que la Unión Europea, menos efectiva que la Unión Africana, más disfuncional que la Organización de los Estados Americanos y, agrego, más errática que Trump, mientras Rusia vende armas al mejor postor, como Arabia Saudita, cliente de Estados Unidos.

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