¿Se puede aprender a envejecer bien?

Una escuela les enseña a los adultos mayores a enfrentar esta etapa de la vida. Ser autómonos y no tomar tantos medicamentos.

08 Oct 2019 Por Lucía Lozano
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“ALUMNAS”. Tres de las asistentes al taller del Hospital Avellaneda, que contaron sus experiencias y aprendizajes. LA GACETA / ANALÍA JARAMILLO

Juana Masmur ha llegado a la reunión prolijamente vestida. Se acomoda el pelo lacio. Una sonrisa dibuja las arrugas que el paso del tiempo dejó en su rostro. Resaltan los ojos celestes. Ella habla bajito, pero pide que suban el volumen cuando le conversan. Tiene 85 años y le cuesta moverse. Todavía no quiere usar bastón. “Porque nos tiene a nosotras siempre”, aclaran -casi al unísono- Elizabeth (49) y Liliana (51), las dos hijas.

“Me encanta salir”, cuenta mientras la ayudan a sentarse alrededor de una mesa del hospital Avellaneda. Allí, en un amplio salón, pronto comenzará el taller para adultos mayores, un espacio en el cual les enseñan a los ancianos a envejecer bien. Les dan tips para evitar caídas que pueden ser graves, les enseñan ejercicios para entrenar la memoria, tienen clases de baile y también los instruyen a la hora de usar el bastón por primera vez. El lugar funciona como una escuela en la que todos son alumnos y maestros a la vez.

El taller para aprender a envejecer se ha vuelto algo imprescindible para los tiempos que corren, opina el doctor Juan Ernesto Kairuz, geriatra y gerontólogo a cargo de la residencia y del área de Gerontología del hospital, que dirige el doctor Luis Medina Ruiz. Desde hace poco más de medio siglo la humanidad viene emprendiendo una carrera contra su reloj biológico. En 1950 la expectativa de vida promedio era de 48 años. Hoy es de 76 años en nuestro país. Y la proporción de personas que llega a los 80 años o más no para de crecer. Especialmente en Tucumán, la provincia más envejecida del NOA, señala Kairuz.

Una vejez cada vez más amplia se ha convertido en un universo plagado de interrogantes y desafíos. “Lo que más deseo es ser siempre independiente”. La frase se escucha una y otra vez en este taller al que en la mañana en que se hizo esta nota asistieron unas 40 personas, todas mayores de 65 años. Nadie quiere ser una carga para sus hijos. Quieren ser libres. Sueñan con no perder nunca sus capacidades ni la confianza en sí mismos. Pero saben que las cosas van cambiando: un día se olvidan dónde dejaron las llaves, otro tienen dificultades para levantarse de la cama, pierden el equilibrio y se desmoronan.

Osvaldo Pellegrino, de 83 años, se cayó, hace unos días, en la vereda de su casa. Desde entonces, el médico le recomendó que use bastón. Aunque al principio no le gustaba la idea, ahora se acostumbró, porque le da estabilidad. “Y porque me viene bien para defenderme en caso de que me asalten”, confiesa el hombre que pasó 50 años de su vida trabajando en el mercado de Abasto. Lo acompaña a todos lados su esposa, Ana de La Cruz (80). Tienen cuatro hijos, 12 nietos, cinco bisnietos. Viven con su hijo mayor. Pero se esfuerzan para no ser una carga.

“Llegamos a este taller después de un susto que tuvimos con Osvaldo. Un día se deshidrató. Estuvo muy mal”, recuerda la mujer. Ese es precisamente otro riesgo que tienen los adultos mayores. Muchas veces no se dan cuenta de que necesitan agua porque no tienen sed.

Hilda Marigliano (78) arribó al hospital después de un viaje que hizo con su esposo Raúl (87) a EE.UU. Fue en ese paseo cuando el hombre se sintió mareado, desorientado por primera vez. “Aquí aprendimos cómo protegernos y prevenir enfermedades. Es una edad muy linda, pero uno debe ser consciente de los cuidados porque va disminuyendo la fuerza, van cambiando los hábitos. Hay mucho para aprender”, explica la mujer, que decidió este año empezar a estudiar Derecho.

Tienen problemas en los huesos, hipertensión, diabetes y males cardiovasculares, entre otros. Y también los adultos mayores sufren por los conflictos emocionales. De hecho, a veces se aíslan por ese motivo. A Yolanda Carbone (80) se le caen algunas lágrimas cuando habla. Hace cuatro años un perro callejero se le fue encima cuando caminaba y la tiró. Desde que sufrió ese golpe camina con bastón. Pero eso no le afecta tanto, dice. Hace unos años quedó viuda y ahora vive con uno de sus dos hijos. “Ellos son excelentes personas, todo el tiempo me ayudan… tengo mis altos y bajos. Esta edad nos pone muy sensibles. Aparte uno va perdiendo autoridad; ya no te escuchan como antes”, confiesa.

La doctora Nancy Fareleira interviene en ese instante para dejarles en claro a todos los abuelos presentes que sí son importantes sus opiniones y que deben hacerlas valer.

No es fácil para ellos atravesar esa etapa. Ni para los hijos, que en muchos casos terminan convirtiéndose en padres de sus padres. Ese cambio de roles es duro. Porque aquellos brazos fuertes que los acunaban hoy tiemblan. “De alguna forma vuelven a ser niños mimados y sensibles”, resumen las hijas de Juana Masmur.

Ellas son mayoría

Osvaldo Pellegrino es el único entre todas mujeres. Hay más varones que concurren al hospital a aprender sobre una vejez saludable, pero lo cierto es que la gran mayoría es mujer. “Por un lado, las mujeres viven más. Y también es cierto que a la hora de la jubilación a ellos les cuesta más aceptar la vejez y buscar ayuda”, explica el gerontólogo Juan Ernesto Kairuz.

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