A los agrietados no les importan los pobres

22 Sep 2019 Por Juan Manuel Asis
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Imagínese usted, lector, repasando los siguientes títulos, desarrollados en una misma página: 15 millones de argentinos viven en la pobreza, hay más de cinco millones de niños que pasan hambre, la desocupación alcanza a más de dos millones de ciudadanos, por la devaluación y la inflación cayó del poder adquisitivo del salario en un 25%, una familia tipo necesita $ 33.000 para no ser pobre, la indigencia alcanza al 6,7% de la población, la caída de la actividad económica fue del 2,5%, la inflación proyectada a fin de año ronda el 55%.

Y si le sumamos un par de notas con la suba de las tarifas de servicios públicos y de las naftas y sobre la emergencia social y alimentaria, por ejemplo; más de uno dirá ¡pobre Argentina!, y se preguntará, no sin sorna, si frente a ese panorama Alberto Fernández querrá hacerse cargo realmente del país destruido que dejará Macri. Está jugado, y también el Presidente con su apuesta al milagro electoral que le de la reelección. Sería irónico -y para miles de análisis- si esto sucede, pues heredaría un país en peor situación que el que recibió en 2015. Una encerrona de la realidad, no sólo para ambos candidatos, sino para el ciudadano que tiene que ir a sufragar: tener que optar entre seguir o cambiar, mirando la página llena de aquellos números para reflexionar.

Todo se puede medir y cuantificar en este país, aunque las frías cifras revelen dramas, trasunten penurias y desnuden necesidades. Sin embargo, entre muchos índices, hay un valor fuera de planilla pero que se incrementa con mayor celeridad, muy especialmente en este tiempo de intereses electorales: el del agrietamiento político en la sociedad. Se lo percibe, real, sin necesidad de contar con un agrietómetro.

Esa “grieta” que Alberto Fernández anunció que se propuso cerrar en su mandato puede correr la misma suerte de la “pobreza cero” que prometió Macri en 2015. Cerrar esa locura es imposible, difícil de curar, es bien argentina, subterránea, arraigada. La puja sectorial, el enfrentamiento entre bandos, el fanatismo ideológico se viene manifestando desde los albores de la independencia. Después, todo fue grieta y grieta, desde aquella civilización y barbarie, hasta llegar a la actual y profunda, que en la superficie podría reducirse a kirchneristas versus antikirchneristas, o a macristas y antimacristas, pero que muy en el fondo parece reavivar la vieja antinomia peronismo-antiperonismo. Esta tal vez sea la más peligrosa, porque persiste.

La dirigencia desde las superestructuras puede ensayar discursos de tono conciliador, actuar y sugerir que el diálogo es el medio superador, proponer bases programáticas para la unidad nacional, y hasta puede intentar dar ejemplos en ese sentido -como el abrazo de Perón y de Balbín- para atenuar las disputas. Sin embargo, el esfuerzo resultará vano en esa parte de la ciudadanía que vive del resentimiento, que exuda odio, que aboga por la grieta y la oxigena en la crisis; porque allí es más fácil echarle la culpa al otro, a ese otro cuya existencia le envenena el alma, pero al que lo necesita para justificar la suya. Andan con las palas a cuestas para seguir cavando y exacerbando el antagonismo sin medir las consecuencias. No les importa otra cosa, ni les interesa más nada, han hecho de la disputa y el desconocimiento del otro una razón de ser.

Basta meterse en los foros de las redes sociales para observar cómo los fanáticos se regodean y aumentan exponencialmente su apasionamiento por apalear verbalmente al otro, al enemigo, a ese al que no sólo quieren quebrado y de rodillas, sino humillado y avergonzado. Y algunos resentidos de más arriba echan leña al fuego y les llenan el buche. Qué son, sino, las chicanas que se arrojan los políticos, que pareciendo picardías y salidas ingeniosas para ridiculizar al contrincante, sólo sirven para distanciar y no ayudan a pacificar los espíritus. Lamentablemente, reciben los aplausos de los agrietados enceguecidos.

¿Para eso algunos candidatos están haciendo campaña? ¿Para contener y contentar a la propia tropa? ¿Consideran un buen negocio político-electoral alimentar la grieta? Si a eso se apuesta no se estaría pensando en la República, como a muchos les gusta repetir, porque se alienta la continuidad de esa grieta, y lo que menos necesita el país que se viene es, a más de los dramas económicos y sociales que lo azotan, que se prioricen a los agrietados.

Estos no piensan en los 15 millones de pobres o en los cinco millones de niños hambrientos, viven para enfrentarse desatendiendo lo que sucede a su alrededor. Si la grieta se cerrara, morirían, quedarían vacíos, porque su razón de ser ya no existiría. Su interés primario es enfrascarse en una pelea por mostrar que el otro es el peor de todos; o como se viene diciendo últimamente: un inútil o un deshonesto.

Para uno u otro sector, los de arriba, el mensaje de las urnas del 11 de agosto fue claro y contundente: la mayoría dijo queremos trabajo y comer. Salir de pobres, no agrietarnos; se podría agregar.

Entonces, si la clase dirigente, la que pide el voto para ganar una elección, apuesta electoralmente al discurso agrietador para retener a los propios no estaría pensando en las dificultades que se vienen después del 10 de diciembre; y que todos tendrán que aguantar por igual, unos presionados por tomar decisiones para modificar la realidad y otros sufriendo para que las medidas que se adopten los saquen de los niveles de indigencia y de pobreza lo más pronto posible. El que alienta la grieta atrasa, porque la prioridad es el hombre común sufre por el estómago y por el bolsillo, y aquel ciudadano que disfruta la división resultará un elemento nocivo para el conjunto de argentinos que quiera sumarse al intento colectivo de reconstruir todo lo destruido, y no sólo en los últimos cuatro años.

En ese sentido, la sociedad, la sana, le tendría menos tiempo de paciencia a Macri en un segundo mandato que a Fernández en su primera gestión para que revierta el estado de caos. Por ahora, el Presidente expone que quiere al menos llegar al 10 de diciembre con su núcleo duro consolidado a partido de 30 movilizaciones callejeras, bien a lo peronista. Alberto podría contar con unos seis meses de gracia, mínimo, de observación de parte de la ciudadanía para que ensaye planes y supere la crisis.

Apoyándose en la paciencia al otro

Casualmente, en el Gobierno provincial aguardan que ese tiempo de paciencia extendido los alcance a partir de una eventual victoria del candidato del Frente de Todos. Estiman que, por contagio debido a la cercanía, por identificación o por coincidencias ideológicas, contarían con un tiempo a favor para rehacer las cuentas, porque también están llegando con los números más que ajustados al final del mandato. Se entiende, desde esta perspectiva, además, el trabajo de Manzur en los Estados Unidos en favor de su amigo Alberto. Fue a defender en el exterior y ante empresarios la futura gestión de Fernández y a sostener que cumplirá con los compromisos contraídos por el país. ¿Fue a hablar en su nombre?

El gobernador se ha convertido en un fanático de la causa albertista, en una pieza clave en el incipiente albertismo. Lo sigue demostrando en cada ocurrencia nueva, como en la reunión de gobernadores que está armando para esta semana para Fernández. Manzur vuela alto, su apellido adquiere peso específico a nivel nacional. Apuesta fuerte, pero sólo por Fernández, el Alberto; no por Cristina. En su viaje repitió ante cuanta autoridad que se le cruzó que quien ejercerá la conducción del país será el ex jefe de Gabinete, no la senadora.

Enviado o no con esa misión, su gestión de mucha cintura diplomática -cual representante plenipotenciario del aspirante a la presidencia-, tiene mucho más de construcción política en favor de Fernández que de aprovechamiento para su propio mandato. Todas sus acciones, ya sea por motus propio o a pedido secreto de Alberto, tienden a exponerlo como una pieza clave en el entramado albertista, tanto que por más que jure que prefiere seguir como gobernador, no se puede descartar que su futuro no esté precisamente en la provincia, sino en el orden nacional. Habrá que ver cómo le paga Fernández por tantos favores recibidos de parte del mandatario tucumano.

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