La incultura vial gasta, pero también mata

11 Sep 2019 Por LA GACETA

Los tucumanos pagamos 1.350 dólares por día para atender a conciudadanos afectados por los accidentes de tránsito. Prácticamente todo ese monto podría destinarse a otros fines si los tucumanos pudiéramos cambiar nuestra conducta. Es muchísimo dinero.

La desaprensión de los tucumanos por la vida propia y del prójimo queda al descubierto a diario en las calles y en las rutas donde las imprudencias han aumentado hasta un 50% en 2018. En el primer semestre de este año ilusiona una merma del 14% lo cual implica que se ha tomado conciencia de la gravedad que implican estos números en la vida de nuestra sociedad.

Cuando estos números alarman como lo han hecho en esta oportunidad, lo primero que surge es buscar responsables. Y, en este caso, los hay. Son muchos. En primero término los ciudadanos que no cumplen con el respeto de las normas de tránsito. En el mismo grado de responsabilidad figuran las autoridades de la provincia y de los diferentes municipios que se contentan con realizar controles.

Esos controles son insuficientes, son esporádicos y, muchas veces, complacientes. Ni siquiera son sorpresivos al punto que los automovilistas saben de antemano por cuál calle circular para esquivar las requisas de documentación o para evitar que el testeo de consumo de alcohol o estupefacientes.

La tarea de las autoridades no se circunscribe a exigir determinados comporamientos a los ciudadanos. Cuando se proyectan obras viales no aparece como prioritaria la seguridad. Un ejemplo ha sido la provincia de Salta. Hace más de 30 años la ruta 34 después de pasar la ciudad de Metán se había convertido en una verdadera ruleta rusa donde quien la circulara no sabía si lo esperaba la muerte en algún punto del recorrido. La construcción de la doble vía, que en otros países es obligatoria, ha dado vuelta los registros. Viajar a Salta desde Tucumán es agradable en Salta y cargado de tensión en nuestra provincia.

Por lo general, los accidentes de tránsito son vistos como una cuestión que atañe a una repartición municipal o provincial. Esa mirada aislada implica la subestimación del problema. La educación exige intervención no sólo de los padres sino también de la escuela donde las responsabilidades del peatón o del automovilista deberían ser un modo de vida y no el tema de una materia más. Las cartelerías que suelen guiarnos por la vía pública o por las rutas suelen carecer de la amabilidad lógica.

La cuestión vial implica también que se inmiscuyan ministerios como los de Salud o de Economía a cuyas puertas van a golpear los yerros que se cometen en las calles o en las rutas. En los grandes proyectos no figura bajar los índices de mortalidad por cuestiones viales ni mucho menos reducir los gastos ocasionados por este tema. En las campañas electorales la crisis vial no figura en la boca de los candidatos. Parece que el problema fuera de otro o de otros. O, en todo caso, evitan las autoridades el compromiso. Hay pequeños ejemplo como el carnet por puntos que funciona en otras geografías argentinas, pero en Tucumán, aún no logran adherirse a la ley.

Aquí, al final de este análisis, aparece algo más grave aún: la falta de diálogo entre los diferentes gobiernos y políticos. Las cifras debieran animarlos a todos a encarar un profundo debate que los lleve a la reducción de muertes.

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