Un grande (pese a todo)

17 Ago 2019 Por Marcelo Androetto
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CARA A CARA. El 26 de enero Tigre y San Martín igualaron 2 a 2. En la fecha 7 volverán a cruzarse, en Victoria. LA GACETA / ARCHIVO.-

ESPECIAL PARA LG DEPORTIVA

Elaborar un duelo, de cualquier naturaleza, requiere de tiempo. Vivir el dolor de la pérdida, en sucesivas -a veces simultáneas- etapas de bronca, tristeza, auto-victimización… hasta llegar a la aceptación de “lo que es”, al “soltar” que antecede a nuevas posibilidades, al crecimiento, a la maduración.

No se trata de una reflexión de revista de psicología ni de libro de autoayuda. El 17 de marzo pasado, el “Mundo Santo” se enfrentó cara a cara con la muerte de la ilusión a la que aferraba, la de un milagro -o “milagrero” de turno- que le permitiese al equipo de La Ciudadela permanecer en la Superliga pese a que el enfermo se encontraba en estado terminal desde hacía tiempo, casi desahuciado por la mala praxis conjunta de responsables varios.

Cinco meses después de aquella goleada de Boca en Tucumán, existen indicios de que San Martín ya ha atravesado la parte más traumática del proceso del duelo disparado por su descenso a la ahora denominada Primera Nacional.

Caras flamantes -cuerpo técnico, jugadores-, la reflexión -y el esperable aprendizaje- de los dirigentes, y el derroche de pasión de los hinchas en el último amistoso ante Gimnasia y Esgrima de Jujuy son algunos signos de que la pérdida de categoría va quedando atrás, de que la institución de La Ciudadela está pronta para afrontar los desafíos de su nuevo “aquí y ahora”, el emprender el difícil camino de retorno a la Superliga.

En realidad, a nadie le sorprendería que lo hiciera en el corto plazo: por el contrario, a muchísimos amantes del fútbol -y a colegas periodistas- más bien les extraña que San Martín no logre asentarse en la elite teniendo en cuenta su rico pasado y lo que genera, no sólo en Tucumán, sino también en la diáspora, los miles de hinchas diseminados por toda la geografía nacional que no se olvidan de sus profundas raíces “cirujas”.

A mis alumnos de periodismo suelo sugerirles que eviten la auto-referencialidad salvo en ocasiones excepcionales. En este caso, apelo a ella por razones que considero pertinentes: no puedo si no narrar en primera persona mis impresiones tras haber cubierto para LG Deportiva decenas de partidos de San Martín fuera de Tucumán en los pasados siete años. Ante Almagro, en José Ingenieros, será mi juego número 48 siguiendo al “Albirrojo” de visitante desde las cabinas de un estadio.

Desde el torneo Argentino A -luego Federal A-, pasando por la B Nacional y hasta la Superliga: con epicentro en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, tuve la oportunidad de seguir al “Santo” casi desde una punta a otra del país. En Posadas lo vi medirse con Guaraní Antonio Franco y con Crucero del Norte, en Puerto Madryn con Guillermo Brown.

Mi primera vez como enviado fue en Olavarría, en la modestísima cancha de Racing, cuyo sector de prensa está orientado al oeste; recuerdo que al bajar el sol, de a momentos se tornaba prácticamente imposible individualizar a los jugadores en el campo de juego. Mi última vez fue ante Unión en Santa Fe, cuando se despidió de la Copa de la Superliga.

Cubrí partidos desde lugares muy precarios -una tarima de madera y también desde atrás de un arco en el estadio de Juventud Unida de Gualeguaychú, antes de su remodelación- y en coliseos de alta gama -para los parámetros de Argentina- como los de Independiente, River y el “Mario Alberto Kempes”.

En cada uno de esa cincuentena de partidos pude comprobar el respeto que genera San Martín; el reconocimiento por parte de jugadores, técnicos e hinchas rivales de que su equipo tenía enfrente a uno de los clubes más grandes del interior del país. Por caso, jamás un taxista o un conserje de hotel se animó a predecir como favorito al conjunto de su ciudad, con prescindencia de la actualidad del “Santo” en la tabla de posiciones. En particular en las categorías de ascenso, un eventual triunfo del anfitrión conllevaba el plus de haber “bajado” a un poderoso.

Seguramente, logros como la Copa de la República ganada en 1944, sus 16 participaciones en el viejo torneo Nacional entre las décadas del 60 y el 80, sus cuatro temporadas en Primera división y aquel legendario 6-1 sobre Boca en la mítica Bombonera en 1988 dan cuenta de la grandeza de San Martín. Si bien el reciente pasado dorado de Atlético le dio preeminencia en el escenario nacional -e internacional- sobre su oponente de toda la vida, en Buenos Aires es mucho más factible observar camisetas de San Martín que del “Decano”. En mis coberturas he observado cómo de manera natural hinchas del “Santo” se camuflan con los locales, con tal de no perderse la posibilidad de ver al equipo de sus amores en vivo y en directo.

A veces da la impresión de que por derecho natural San Martín pertenece a la elite del fútbol argentino. Claro que esa apreciación hay que refrendarla una y otra vez en la cancha. Con el duelo por el descenso aparentemente elaborado y los fuertes cimientos de su historia, a San Martín se le abren nuevos horizontes a partir de mañana.

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