15.000 esperanzas para 500 empleos

16 Ago 2019 Por Guillermo Monti
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La noche no se termina nunca. El frío aprieta. Dormitar, de a ratos, es un minúsculo consuelo bajo las estrellas. Con el amanecer concluye la vigilia y se abre una puertita a la esperanza, por más que sean miles y miles los postulantes para los 500 puestos de trabajo ofrecidos por Gómez Pardo. Serán pocos los afortunados elegidos. La semana pasada, la foto de Tucumán fue la de un niño asesinado en El Colmenar; por estos días, los protagonistas hacen fila en la avenida Perón. Son los jóvenes desempleados que le ponen nombre y apellido a la crisis. Detrás de cada uno hay una historia, hay anhelos y urgencias que desarman las estadísticas. Es una movilización apremiada por la necesidad que impacta y conmueve, pero que de ninguna manera puede sorprender.

Los más prevenidos llevaron carpas, asientos, abrigo, alimentos. Improvisaron un camping en el corazón de Yerba Buena. Y hubo quienes se bancaron la noche completa con las manos en los bolsillos de la campera, acurrucados en el pavimento, con el currículum bajo el brazo. No faltaron la solidaridad, el convite de un mate, el préstamo de una colcha. Se intercambiaron relatos personales y familiares, muchos unidos por el mismo hilo conductor: ese vacío que asoma una vez que concluye el secundario y el abanico de oportunidades laborales no se abre por ninguna parte.

Muchos de los postulantes acudieron sobrecalificados a una convocatoria que ofrece puestos -entre otros- de cajeros, repositores, cocineros, limpieza, mantenimiento y seguridad del futuro centro comercial. Jóvenes que apostaron a la educación terciaria y en numerosos casos obtuvieron títulos que los habilitan para ocupar empleos que el mercado no está ofreciendo. Esa es otra foto: la de la fuerza laboral tucumana en el segmento de los 18 a los 35 años (la edad requerida por Gómez Pardo), sus fortalezas y debilidades cruzadas por la compleja realidad del desempleo (por encima del 10% en el conurbano de la capital, más del 20% entre los menores de 29 años, sin distinción entre hombres y mujeres).

A un costado de la fila, que se hace interminable y desanima a los que van quedando relegados, se recorta la mole de cemento destinada a convertirse en centro comercial. Todos se imaginan recorriendo los pasillos en un futuro cercano, al calor de ese santo grial que significa conseguir un trabajo “en blanco” mientras a la vuelta campea la informalidad. Tucumán registra una de las tasas más altas de empleo “en negro” del país, un número que se multiplica al calor de cada crisis. Y son precisamente esos trabajadores informales -desde los que hacen changas en la construcción y hermosean los jardines hasta los que flotan en el limbo de los contratos basura de algunas empresas- los que primero pagan el pato de las debacles económicas.

Verdad y consecuencia

Pasan los autos y los bocinazos saludan a la hilera, estoicas voluntades que le hacen el aguante al frío de la noche de agosto. Algunos automovilistas desean suerte con la voz o con los gestos. “¡Gómez Pardo, tomalos a todos!”, exclama el conductor de un Clío azul. Lo aplauden.

La convocatoria sirve, queda claro, para desarmar ese impropio lugar común instalado en ciertas franjas de la sociedad: “no quieren trabajar”, “son vagos”, “son planeros”. La única verdad es la realidad de lo que se vio en Yerba Buena: miles de jóvenes deseosos de encontrar un empleo. Tampoco aparecen resquicios para romantizar la escena. Al contrario. Si hay una sensación capaz de unificar a los miles de postulantes es la incertidumbre. Ni enojo extremo, ni abulia, ni desinterés; lo que atenaza los corazones es la falta de un horizonte político y económico definido. De lo único que están seguros es de que todo es posible -más lo malo que lo bueno-, de que las reglas de juego claras siguen ausentes, de que el mañana llegará entretejido por toda clase de incógnitas. Si nada puede planificarse en esas condiciones, ¿cómo apostar por alguna clase de proyecto de vida?

De estos temas de fondo se habló mucho durante esa vigilia que el resto de los tucumanos siguió por medio de la prensa y de las redes sociales. Facebook se llenó de posts con fotos de la avenida Perón de fondo. Fue un poco noticia -la foto ilustró la portada de LA GACETA de ayer-, un poco espectáculo y un poco fenómeno social, pero básicamente se trató de la exposición, sin intermediarios, del Tucumán real y profundo. Miles y miles de personas agrupadas en una fila de desempleados invalidan los discursos y las excusas; sólo habilitan algunas interpretaciones. Así estamos.

En épocas de carestía las inversiones son como el maná que salvó a los israelíes en el desierto. En este caso, con la forma de fuentes de trabajo. En el ABC del empresariado figura la recomendación de encontrar oportunidades en medio de las crisis; el problema es que son contados los que obran en consecuencia. Nadie puede reprocharles que jueguen al quedo cuando todas las variables económicas así lo recomiendan. Al mismo tiempo, vale el elogio para quienes se animan a marcar diferencias. El clima de época es por demás angustiante y pueden dar fe de eso los empleados de Luque que también hicieron fila en Yerba Buena.

Se abre la puerta, los postulantes recogen sus cosas y avanzan (en grupitos de 10) hacia una entrevista que será efímera. Apenas hay tiempo para dejar el currículum, contestar un par de preguntas clásicas en estos procesos de selección (cantidad de hijos, medios de movilidad, disponibilidad horaria) y ser sometidos a un veloz examen visual. Los tatuajes demasiado evidentes no generan simpatía entre los seleccionadores, en especial cuando se trata de personal destinado a la atención al público. En menos de dos minutos el trámite está terminado y se abre un compás de espera que tiene tanto de esperanza como de angustia. Es la crónica del Tucumán de todos los días.

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