La línea, esa piel que limita con el infinito

“Yita”, el destacado dibujante tucumano, celebra hoy sus 89 años. Un mural en el Museo de Arte Sacro.

23 Jul 2019 Por Roberto Espinosa

Mirada que espera sin desesperar. Redondeces que engordan brazos. Muslos. Músculos. Senos que se elevan al viento. Ojo que derrama tal vez tristeza. Que pregunta. Duda suspendida en una lágrima. Dedos que miran una estrella. Escaques. Dameros que cobijan la sensualidad de los cuerpos. Ojo que se cuelga del infinito. Que pulsa el destino. Parpadeo ciclópeo por donde escapa el alma. La línea va dibujando los insomnios surrealistas de Yita, como lo conocen desde changuito. Hace unos días, ha reinaugurado el mural “La Pasión”, que recrea el calvario de Cristo desde el juicio ante Pilatos hasta la crucifixión, en el Museo de Arte Sacro. “Mis dibujos tienen dimensión, ahí se me junta la arquitectura con el dibujo porque en este tiene mucho valor el espacio libre, lo que no está dibujado y a veces me parece que es más importante lo que no está dibujado. Ahí veo que se parece mucho a la arquitectura. Me doy cuenta que el espacio me atrae tanto que no puedo dejarlo de lado cuando estoy dibujando”, dice Isaías Nougués.

- ¿Cómo nació el dibujo en vos? ¿Tuvo que ver la arquitectura?

- Siempre me gustó dibujar, era una cosa de un aprendizaje natural, me divertía ya desde chico, pero no era una cosa que me quitara el sueño, ni mucho menos. Ya en el secundario, empecé a jugar al rugby, comencé a fijarme cómo era la postura del cuerpo, los distintos movimientos para jugar, para patear, las posiciones del cuerpo al correr… era una cosa que estaba más ligada a lo deportivo, al movimiento, que al dibujo en sí mismo. No pasé de eso. Me anoté en Arquitectura en el año 48. Éramos poquitos. Ahí me pongo en contacto con los profesores Calcaprina, Tedeschi, eran personajes, tipos que venían de afuera, de Italia, con una capacidad humanística muy grande.

- ¿Qué enseñanzas te dejaron?

- Siempre cuento una historia que me ubicó en la vida. Resulta que el italiano Tedeschi era muy rígido en las entregas, enseñaba Teoría de la Arquitectura, además de historia; creo que éramos 12 en su curso y quería que entregáramos las cosas en fecha. Teníamos una entrega en julio, justo para esa fecha iba por primera vez el seleccionado tucumano de rugby a jugar Buenos Aires, año 49, yo era capitán, jugaba de fullback. Lo hablo al tano para explicarle la situación. Me dice: “Mire, Nougués, usted puede rendir ese examen en julio, en noviembre, en marzo del año que viene, en julio y si quiere no lo rinda nunca, pero a ese partido no lo puede jugar otra vez. No me estaba diciendo que fuera a juzgar al rugby, si no que aprendiera a vivir. Es una cosa que me quedó. Era un maestro porque me estaba diciendo algo fundamental: saber usar los momentos, podía jugar 10 mil partidos, pero ese nunca más.

- ¿Qué pasa con el dibujo artístico en ese período? ¿Estudiaste con alguien?

- No, siempre fue una cosa autodidacta, incluso cuando yo me fui a vivir a Buenos Aires, voy a trabajar en el estudio del arquitecto Bruzzone, y ahí sale el proyecto de hacer “Mau Mau”, la boîte; la terminé diseñando yo. Había ganado unos buenos pesos, entonces decidí alquilar un espacio en una galería… siempre tuve la curiosidad de saber qué pasaba cuando uno colgaba cuadros y con la gente que venía a verlos. La alquilé para un mes después y cuando llegué a casa me di cuenta de que no tenía dibujos, me puse a dibujar. Hice una exposición de 15 o 20 dibujos. Pasó Ernesto Schoo, vio la muestra e hizo una nota en Primera Plana; pasó Ernesto Ramallo, que era crítico de La Prensa, y me hicieron una nota, tras de eso me invita María Eugenia Aybar a hacer una exposición aquí, en la casa de Nicolás Avellaneda, fue mi primera muestra y coincidimos con Eduardo Audivert, hijo de Pompeyo, habrá sido 62 o 63.

- ¿Qué temática abordabas entonces?

- Los personajes que veía en la calle acá, la gente que venía del campo, de los ingenios, algún mendigo, personajes de la vida cotidiana. Al encontrar una repercusión me empieza a parecer importante meterme en un mundo de las artes plásticas que para mí era totalmente desconocido.

- Pero ya habías conocido antes a Lajos Szalay o Spilimbergo…

- Primero los había visto con curiosidad en el teatro Belgrano, donde funcionaba el Instituto de Artes. Me gustaba ver. Por ejemplo, en Szalay descubro algo importante, esa especie de destrucción de la perfección de la figura humana, es decir que de pronto, empieza la línea a ser más importante que lo que representa, esta cosa que parecía suelta que se estaba empezando a armar siempre, me llamó la atención. Más que una influencia en el dibujo mismo, me hizo dar cuenta que eso tenía algo de lo que yo quería hacer…

- La libertad de la línea…

- Claro, pero por ese lado no me venía tanto la libertad porque todavía tenía la tendencia a dibujar mucho el parecido. Había dibujado las formas anatómicas que yo quería dibujar moviéndose, pero no se movían, y por qué… esto me abría un camino pero no sabía para dónde. Lo que hacía estaba quieto, extrañamente dibujaba un tipo corriendo pero estaba quieto. Lo que podía hacer mejor era la línea porque tenía buen pulso, pero qué hacía con la línea. Lo último que hice en esa etapa fue la carpeta de dibujos con el último proceso de hechicería. Era la última tentativa, me parecía que había llegado al límite de mi habilidad y no había encontrado respuestas a lo que yo quería hacer. Al dibujo le agregaba cosas, le sacaba, me quedaba como vacío, aunque el dibujo quedara bien, yo decía que había algo que no estaba. Tras de eso me puse a escribir para ver qué tenía de bueno y de malo mi dibujo; papel que agarraba escribía. Empiezo a pasar en limpio y no se entendía nada; empecé a corregir y me di cuenta que tenía muchos adjetivos. Estuve mucho tiempo sacando adjetivos, eso dio origen a un primer librito, pero cuando volví a dibujar me di cuenta de que le había sacado adjetivos al dibujo.

- Yendo hacia lo esencial…

- Me di cuenta de la relación que había con el dibujo y la palabra. De pronto quería dibujar lo que tenía que parecer y no dejar que le parezca al otro. Es ahí cuando el dibujo se vuelve más suelto, pero no por el ejercicio de dibujar, sino por el plantearme una cosa diferente, yo me daba cuenta que lo importante era que el dibujo me llevara a otra cosa, lo mismo que la palabra. Entonces yo trataba de buscar qué palabra me significaba lo mismo que el dibujo, como se contaba la cosa. Ahí es cuando siento que avanzaba con el dibujo.

- ¿Qué lecciones de vida te dio el rugby?

- Me sirvió para aprender que yo no soy un tipo de sociedad ni de equipo, era fullback y en el fútbol, era arquero. Tanto en el fútbol como en el rugby, era el último tipo, el providencial, como un lobo solitario, no me integraba, pero sí me dejó una gran enseñanza que es la importancia de lo que tenés que hacer con vos mismo, cómo sos responsable de lo que hacés, vale decir, cómo afrontás lo que viene, cuando no le podés sacar el cuerpo a las cosas, te guste o no te guste. Conversando con un norteamericano que había jugado al fútbol americano, aprendí que al tipo que venía corriendo tenías que mirarle los pies para tacklearlo, entonces siempre lo tenés a distancia. La técnica tiene que servir para que uno haga menos esfuerzo. Si manejás la técnica vas a saber qué va a hacer el otro. Pienso que eso también me sirvió en el arte, en el sentido, que no tengo que imponer lo que el otro tiene que ver, si no ver en el otro quién soy yo, ponerse en el lugar del otro para que el otro te vea a vos. Hay una cosa para mí muy importante, cuando uno empieza a pensarse y a pensar en el otro como lugar, cómo puedo ocupar ese lugar, es decir hasta dónde voy yo, hasta mi piel, como si ella fuera el límite con el infinito porque de ahí en más ya es otro territorio, cómo es el encuentro con el otro, el fundirse en una sola piel…

- Que puede ser un instante y también irrepetible…

- Claro, esa cosa que te lleva a pensar que si el otro me está mirando, la mirada del otro está en mí, yo me miro en el otro desde mi mirada, esa cosa que va y viene, me parecía una especulación permanente que tiene que ver con…

- El absurdo…

- Sí, claro, voy llegando a eso naturalmente, no como una especulación a través de lecturas, sino que extrañamente lo voy encontrando, buscando cuál es el camino más corto aprendí a reflexionar.

- Te sentís expresado en lo grande…

- Mis dibujos tienen dimensión, ahí se me junta la arquitectura con el dibujo porque en este tiene mucho valor el espacio libre, lo que no está dibujado y a veces me parece que es más importante lo que no está dibujado. Ahí veo que se parece mucho a la arquitectura. Me doy cuenta que el espacio me atrae tanto que no puedo dejarlo de lado cuando estoy dibujando.

- ¿Intentaste con la pintura?

- He pintado, pero la pintura me entretenía casi como una especie de terapia, porque de pronto estaba cubriendo una superficie… el dibujo es como la poesía y la pintura como la novela, que vas cambiando, estirando cosas, mientras que en el dibujo, hacés una línea, como una palabra que has encontrado en un poema y ya está, es más inmediata la cosa. Yo parto de un punto en ese inmenso papel en blanco, dónde estalla ese punto: para la derecha, para abajo… y ahí empieza esa gran historia casi incomprensible porque vas encontrando…

- ¿Cómo definirías tu dibujo?

- No diría que es una búsqueda, no lo es; es una relación entre la línea y el espacio, qué encierro para mí y qué dejo hacia afuera, es un juego permanente de tensiones sobre la línea, es decir que son las tensiones… pienso que yo soy la línea, es la piel y esa piel es lo que me separa de la totalidad, del otro. El dibujo es una vivencia, no es representar algo, me cuesta ponerles nombre a los dibujos. Cuando uno define, se encierra, yo estoy tratando de no encerrarme con el dibujo. Si uno se metiera en ese punto, qué hay del otro lado del punto, qué hay del otro lado de… y eso pasa con la gente, los lugares y el dibujo me permite meterme en ese campo que nunca conseguí explicarlo, como si uno tuviera una tendencia a buscar infinitos que no vas a encontrar jamás.

- ¿Qué te ha dejado el arte en estos 89 años? ¿Seguís dibujando?

- Me ha permitido sentirme importante para mí porque es una cosa que la puedo hacer bien y eso significa que tengo vigencia para mí mismo, si dejara de dibujar me sentiría vacío. Con la línea me contengo yo mismo, si vos recibís un don, lo importante es lo que hacés con él, no es ningún mérito, es como ser rubio, negro, de ojos verdes, pero esto sí, qué hago con lo que me dieron, como la parábola de los talentos. Cómo hacer para que alguien se dé cuenta que tras lo que dibujés hay algo escondido, ahí el dibujo cobra otra dimensión.

> UNA TRAYECTORIA
Muralista, rugbista, poeta, arquitecto, dibujante, muralista, docente, publicista, también poeta, “Yita” nació en San Miguel de Tucumán el 23 de julio de 1930 y se radicó en Buenos Aires en la década de 1960. Estudió arquitectura en la Universidad Nacional de Tucumán y luego enseñó en la Facultad de Ciencias de la Educación y Comunicación Social de la Universidad del Salvador. De formación autodidacta, a partir de 1964 realizó numerosas exposiciones individuales. Durante muchos años trabajó en la compañía CBS, realizando las portadas de los discos, desde Mikis Theodorakis a Roberto Carlos.  Obras de su autoría se encuentran en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires; ha realizado varios murales, algunos se hallan en la Casa Histórica de la Independencia, las Residencias Universitarias de Horco Molle y en la Unsta.

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