Concierto multisensorial: una aventura a oscuras y con sonido 3D

Una experiencia durante la cual la imaginación se expande a través de los sentidos del gusto, del olfato y de la audición.

22 Jul 2019 Por Guadalupe Norte
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El arte, en sus múltiples formas y estilos, es capaz de transmitir a cada persona emociones disímiles. Entre ellas, las piezas más visionarias implican una total inmersión del cuerpo y el alma, aflojan cierta sensibilidad para que podamos entender y descifrar los conceptos ocultos ante un lienzo, escena o música.

Así fue la experiencia de “Azul Profundo”, concierto multisensorial que -durante el fin de semana pasado, por la noche- permitió a sus visitantes viajar hacia las fértiles tierras de la imaginación y experimentar exóticos sonidos, sabores y aromas, en la oscuridad.

“Buscamos trascender la experiencia del espectador que asiste a una propuesta artística para su mero entretenimiento o apreciación, proponiendo un entorno que estimule la expansión de la consciencia a través del juego”, cita Halaken Arte Expansivo -organizador del evento- en su página oficial. Advertencia: como en toda vivencia introspectiva, las percepciones varían en cada sujeto.

Si no lo veo, es real

Al entrar a CiTá Abasto de Cultura (La Madrid 1.457), lugar donde se realiza la presentación, la falta de luz otorga al espacio un halo de misterio. Apenas se ve a lo largo del angosto pasillo, las paredes cargadas de libros y la silueta de los anfitriones.

Pilar Halaken y Pablo Halaken son cautelosos al hablar con el público. Para no romper con el factor sorpresa explican apenas algunas reglas básicas y, al terminar, le entregan a cada espectador un antifaz negro, un bol y una servilleta. Desde este punto, la vista se torna un sentido obsoleto y en fila india, el público es llevado hasta el salón donde dará inicio el concierto. “Un paso a la derecha”, “cuidado con el escalón”, aclarar los guías y las directrices van acompañadas de algunos “¡cuidado!” y “¡huy!”, de fondo.

En algún lugar…

Para crear un ambiente más íntimo, el total de personas por concierto son 40, cada una acomodada en una pequeña silla y sin saber qué les deparará. El silencio se vuelve partícipe de la habitación hasta que unos buenos minutos después la intriga es rota por una voz que retumba de los parlantes. El sonido es tan envolvente que es imposible reconocer su origen. “Bienvenidos aventureros de los sentidos”, inicia la experiencia una voz mientras ofrece con tintes seductores pensar en traspasar una puerta: la del acceso hacia un nuevo mundo.

Ahí es cuando los susurros comienzan y las vibraciones golpean nuestra piel. En un lenguaje indescifrable, las palabras de aquella voz se confunden entre ruegos y oraciones de una especie de conjuro. Las frases, ahora inentendibles, se repiten en distintos tonos hasta que otro sonido le entrega la respuesta que busca. Los ruidos ahora se escuchan a cientos de kilómetros de distancia e incluso parecen una respiración o ruego. “Fue muy loco, en un momento sentí que alguien se caía al agua y me imaginé un montón de situaciones. Tengo poca creatividad pero de verdad sentí que estaba en el mar con apnea o buceando”, comenta Juan Pablo Amenta, intrigado por saber que clase de instrumentos y recursos se utilizaron para transportarlo bajo el agua.

“No, no era líquido. Para mí, estábamos flotando entre burbujas”, afirma Ana Donoso, intentando convencer a su novio. Eso sí, después de ese impasse acuático o aéreo ambos espectadores coinciden en el siguiente pasaje: una larga caminata para reflexionar sobre nuestro día.

Pisadas y más pisadas, al comienzo ajenas, pero luego propias y profundas. Pueden ser entre piedras o en un terreno desnivelado con troncos y hojas. La certeza es que estamos en la naturaleza y el sonido de los animales nos transmite soledad. Ahí no hay nadie más que nosotros.

Recuerdos

“Hubo una parte en que me desconcentré y mi cabeza viajó lejos, comencé a recordar algunas decisiones personales que tenía que tomar. Creo que la oscuridad activó mis emociones. Comencé a cuestionar, ‘si yo fuera el caminante, ¿hacia dónde iría?’”, reflexiona Luciano Moretti.

Acostumbrados a ver, cuando se nos priva de este sentido lo que resta es sentir e imaginar. Nuevas voces de una alianza tribal y ritmo festivo. “Tocar instrumentos y sentir la vibración de la música, la intensidad de las voces me dieron una sensación linda y ganas de bailar”, sopesa un poco avergonzado Juan Pablo.

Se suma la aromaterapia para que las fragancias -cítricas, frescas y dulces- también sean un detonante de diferentes estados anímicos. Además, el concierto ofrece una degustación de sabores que se integra a lo aromático y el audio 3D que envuelve a los presente. Trozos de alimentos que despiertan los cinco tipos de sabores: dulce, amargo, ácido, salado y umami (vocablo japonés que significa “sabroso”). En el momento justo, colocan la comida en el bol y un suave roce indica que es tiempo de probar, como afirman los organizadores “el elemento sorpresa es fundamental”.

“-¿Es pescado? Sabe como sushi”, susurra Luciano. “Nada que ver, la información decía que eran alimentos veganos y gluten free”, contesta su compañera.

El secreto develado

Decir algo más del concierto sería un spoiler. El misterio de los sabores se devela al final con una nueva degustación a ojos abiertos, pero las demás instancias sensoriales quedarán como un misterio. Abiertas a las especulaciones que se escuchan al salir de CiTá. De acá en adelante, el lector tendrá que dilucidar el resto por sí mismo.

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