Una relación de dependencia que surge del abuso y la manipulación

César Romero dirige “El niño del viernes negro”, donde usa múltiples lenguajes escénicos para hablar del vínculo entre víctima y victimario.

19 Jul 2019
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DIVERSOS ROLES. El elenco de “El niño del viernes negro” rotará sus personajes de una función a la siguiente. foto de Belinda Quinteros - Mariano Santillan.

ESTRENO

• A las 22 en La Gloriosa (San Luis 836).

“Nunca es fácil romper el silencio y contar lo ocurrido”. La frase es disparadora, motivo, justificación y declaración de principios de “El niño del viernes negro”, la creación que César Romero estrenará esta noche en La Gloriosa, en la cual dirige a Emiliano Nuñez Campero, Omar Alejandro Ocampos, Diego Jesús Pérez, Exequiel Rigourd, Cristian Benjamín Valdez y Maximiliano Agüero Vece.

“Este espectáculo tiene un argumento claro que te puede gustar o no, pero no te dejará impasible. Es un espectáculo que habla claramente de los roles que se crean en las relaciones entre personas, y denunciamos el abuso de poder, la manipulación y la falta de respeto. Me interesaba plasmar especialmente la relación de dependencia que se crea normalmente entre la persona manipuladora y manipulada, el abusador y el abusado”, explica a LA GACETA el director

Romero trabaja en su puesta con elementos de la danza, del teatro de imagen, de los audiovisuales, de la performance y otros soportes artísticos.

- ¿Qué te aporta cada lenguaje artístico que empleás para su discurso estético?

- Son los lenguajes que experimente en mis 27 años como artista emergente de las artes escénicas. La hibridación me interesa para expresar la capacidad humana de transformar y conocer los funcionamientos y mecánica de esos lenguajes, la rebelión de los cuerpos y la migración de la metáfora. Cada función será única, ya que entre los seis interpretes irán rotando sus roles en la obra, dando paso a la decisión colectiva. Será una experiencia performatica que generará un montón de sensaciones y emociones y que lo llevará a reflexionar sobre la conducta del ser humano y los distintos motores que nos mueven a comportarnos de un determinado modo.

- ¿Qué te llevó a abordar esta idea que deviene en obra?

- El proceso creador implica resignificación, lo cual exige vaciamiento. Vacío es lo que queda luego de la ruptura de relaciones, lo que produce desequilibrio y confusión. Es el requisito para acceder a nuevos significados, antes del momento de generar angustia ya que remite a la experiencia del caos. Hay un retorno a lo informe y un regreso al espíritu creador ligados a la emoción, a ponernos tolerantes y en contacto con las palabras, ideas, sensaciones e imágenes como una secuencia ininterrumpida del recuerdo. Lo viejo ya no está y lo nuevo aún no llegó.

- ¿Cómo se pueden superar las situaciones de abuso de poder?

- La experiencia angustiante y traumática que suponen ciertos hechos atraviesa no sólo al cuerpo, sino a toda la identidad y subjetividad de quien lo padece. Se vulneran, sin permiso, los espacios mental, relacional y social de la persona afectada. El abordaje es de carácter integral y cuanto más rápido se actúa, se puede incidir en una mejor evolución de las secuelas y de los síntomas. El callarse incrementa las consecuencias y el ocultamiento las agrava. El abusador necesita de la privacidad y del silencio de su víctima. La posibilidad de tener un espacio donde poder hablar ayuda a disolver la vergüenza y la culpa.

- ¿Hay una extrema fragilidad en tus personajes?

- En la investigación abordamos el verbo “reincidir”, en volver a habitar espacios de acuerdo a premisas de improvisación desde un cuerpo indómito y pulsional, como la trasgresión de los mismos. Ponemos en juego la reactualización de los mecanismos de la repetición de un error, en la que el cuerpo entra en un estado de trance, un contacto con la experiencia de fragilidad como epílogo. La reacción del entorno desempeña un papel fundamental. El apoyo familiar es un elemento calve para develar actos de abuso. La sensación de que le crean es uno de los mejores mecanismos para predecir la evolución a la normalidad de víctimas.

- ¿Toda obra colectiva tiene algún elemento autobiográfico?

- Como artista, siempre está la deconstrucción como resonancia, que puede relacionarse con las categorías de esas inscripciones corporales que fueron sometidas por nuestros cuerpos. En mí es un riesgo poner en juego “aquello que me habita” como elemento para construir materialidad escénica. Me resulta casi imposible mantenerme indiferente y como forma de subversión se transforma en espectáculo, también incluyendo al espectador.

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