Refugiados de guerra en Tucumán: “todavía me parece raro tener luz y agua todo el día”

Dos jóvenes de Alepo, la ciudad más bombardeada de Siria, llegaron a la provincia sin saber ni una palabra de español. La calidez de los tucumanos hace más llevadera la adaptación a su nuevo hogar; sin embargo, la falta de trabajo y la inseguridad (ya los asaltaron) los descoloca. Lo que más sufren es la barrera del idioma, y lo que más disfrutan es el carácter amigable de los tucumanos.

21 Mar 2019 Por Magena Valentié

George Tomas tenía 13 años y estaba en la escuela cuando escuchó por primera vez en su vida el estruendo de las bombas. Todos al suelo. “No sabía qué estaba ocurriendo. Había mucha confusión. Los chicos gritaban y corrían. Al rato llegaron todos los padres apurados a buscar a sus hijos”, recuerda este joven de 20 años que llegó hace dos años a Tucumán. Había comenzado la guerra en Siria. Ese mismo día George decidió que se quería ir de Alepo, la ciudad donde nació. A cualquier lugar donde haya paz. Pero su familia, como la mayoría de los alepeños, tenía la injustificada esperanza de que todo aquello terminaría pronto. Ello no ocurrió.

Desde hace ocho años el pueblo Sirio soporta la destrucción de sus ciudades, en especial, Alepo, su centro comercial e industrial. Allí había dos millones y medios de personas antes de 2011, cuando comenzó la guerra. Hoy no llega al millón de habitantes. “Ya casi no quedan jóvenes. Por eso yo tengo amigos en todo el mundo”, se ríe, quitándole dramatismo a su situación. Jean Shaabo Mardenilli, de 21 años, llegó hace 11 meses a Tucumán. “Lo único que sabía decir en español era ‘hola’”, se ríe. A diferencia de George, quien vino con su madre y su hermana, Jean, apodado Yano, se largó solo por el mundo. Nunca había salido de su país, pero dice que ya no aguantaba más.

“Todavía me parece raro levantarme por la mañana y saber que voy a tener agua y luz durante todo el día. Allá podíamos estar meses sin esos servicios. Muchos vecinos compraban entre todos un generador de energía, pero no todos podían hacerlo. A mí me gusta la poesía, y no tenía luz para leer por las noches. Hemos estado 44 días sin internet en Alepo. Una depresión ...”, menea la cabeza y se muerde el labio inferior atravesado por un piercing.

YANO. Vino solo a Tucumán y espera conseguir trabajo lo antes posible.

“En la guerra lo más terrible se vuelve normal. Allá todos hemos perdido a algún ser querido en un bombardeo. Un amigo mío quedó con la cabeza en el ascensor y el cuerpo en otro lado del edificio. Cuando salís nunca sabés si vas a volver. Cuando te acostás a dormir nunca sabés si vas a despertarte al día siguiente. Conozco mucha gente que murió en su propia cama”, cuenta Yano. Aunque ha cursado la mitad de la carrera universitaria de enfermería, se ha fogueado bastante en los hospitales públicos. “Cada noche llegaban 100 heridos. No atendíamos enfermos, porque no había personal para cirugías. Todas eran víctimas. Si una fallecía, la dejábamos a un costado y decíamos ‘pasame la otra’ ”, se ríe sin ganas.

La madre de Jean falleció cuando él tenía siete años. Su padre repara y vende máquinas textiles (una de las industrias de Alepo) y su único hermano no trabaja y tiene dificultades para aprender. Yano no logró convencerlos de que lo acompañaran. Finalmente lo ayudó un sacerdote tucumano, David Fernández, que misiona en Alepo, junto a otro religioso de la congregación del Verbo Encarnado, Rodrigo Rojas, oriundo de Banda del Río Salí.

Yano y George llegaron a la Argentina gracias a su política de apertura a la inmigración. El ingreso al país se logró mediante el sistema de familias llamantes, que ayudan a costear los pasajes de las personas sirias que se responsabilizan de ellos los primeros meses. También los ayudan a encontrar alojamiento en alguna familia hasta que consiguen trabajo.

George y su familia elaboran comida árabe para vender. Además él piensa ingresar a la facultad este año para seguir Ingeniería en Sistemas en la Universidad Tecnológica. Pero Yano no ha tenido la misma suerte. Todavía no ha conseguido un trabajo para cuidar enfermos, como es el oficio para el que se siente preparado. Con “changuitas” como ayudante de carpintería y paseador de perros logró a duras penas pagarse un departamento, que ya tuvo que entregar. Está viviendo esta semana en la casa de una amiga tucumana. “Tengo un tío de Alepo en Tucumán pero él tiene dos hijos pequeños y apenas le alcanza para vivir. Tampoco tiene lugar para recibirme”, se resigna. “En Tucumán es muy difícil conseguir trabajo, mucho más en nuestra situación porque no dominamos el idioma”, se lamenta. El otro problema al que se enfrenta en Tucumán son los robos. “Me han quitado el celular. Me sorprendió, yo no sabía qué hacer”, cuenta sin entender demasiado.

Yano no sabe si se va a quedar definitivamente en Tucumán. “Lo que sé es que no voy a volver a mi país. En Alepo yo tendría que ir a la guerra, como van todos los varones a partir de los 18 años. Del servicio militar nadie se salva, a no ser que uno esté estudiando, como era mi caso. Pero los que fueron al ejército no volvieron más y estarán ahí hasta que termine la guerra. Hay gente que está hace ocho años luchando. Yo no quiero eso para mi vida. Además recién me dejarían volver a los 47 años a mi país y siempre que pague una multa”, sonríe sin pasión. “Ya no me siento de Alepo ni de ningún lugar; ya no sé de dónde soy”, deja caer la mirada.

Extrañan a sus amigos, pero en Tucumán han logrado hacer buenas relaciones. “La gente es muy amigable aquí. Abraza mucho, nosotros no estamos acostumbrados”, larga una carcajada. “Nos gusta el respeto con que tratan a la mujer. La libertad que hay en la sociedad para pensar lo que uno quiere y para vestirse también. Allá me critican porque uso piercing. Está mal visto que una mujer fume en la calle. Si una pareja se besa en la boca un policía viene y los separa. Así es en Alepo, no en Damasco”, aclara Yano.

Ambos jóvenes coinciden en que todo es cuestión de costumbres. “Lo importante es no acostumbrarse al sonido de las bombas. Yo vine a Tucumán porque quiero pensar en el futuro”, reflexiona George. “Estudiar para trabajar. En guerra solo sabés que vivís ese día y ya es mucho”.

> Un alepeño en Tucumán
“La gente que tiene su empresa, su trabajo, allá se resiste a dejarlo todo”

Hasta hace 20 años, Samir Bachur era el único alepeño en Tucumán. Había nacido en Siria y gracias a unas tías tucumanas, que tenían una de las casas más tradicionales de fotografía, “Luz y Sombra”, que quedaba sobre Maipú, entre Santiago y Salta, conoció a una tucumana que se convirtió en su actual esposa. Tuvieron un hijo. Después de recibirse de ingeniero agrónomo en la Universidad de Alepo, Samir se radicó en Tucumán.
Siempre está atento a todo lo que pasa en su ciudad natal. “La última vez que pude llegar a Alepo fue en 2011, antes de que comenzara la guerra. En 2016 volví a ir pero ya no se podía entrar. Llegué hasta el Líbano, donde toda mi familia está refugiada. Mi propio hermano se fue de Alepo, pero al tiempo volvió para ver su negocio, aunque dejó su familia en Líbano. Eso hace toda la gente que tiene su empresa, su trabajo allá, se resiste a dejarlo todo. La gente tiene esperanza de que pronto va a terminar la guerra. El ejército ya ha liberado la ciudad, pero todavía hay grupos armados por los alrededores que están bombardeando la ciudad”, dice con voz entristecida.
“Siria siempre fue un país de convivencia entre musulmanes y cristianos. Aunque los cristianos católicos no son más que el 12%, vivíamos en armonía. Todo fue bien hasta que los fanatismos terminaron con ello”, dice refiriéndose a los grupos fundamentalistas, autores de los ataques terroristas. Aclara que “el gobierno de Siria  está a favor de los cristianos” y que la Iglesia católica ayuda mucho a las familias  afectadas por la guerra.

Comentarios