Crimen del colombiano: “no somos narcotraficantes”

La comunidad colombiana que vive en Tucumán está molesta por las versiones que circulan.

07 Dic 2018
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JOSÉ LEONARDO CANTILLO RODRÍGUEZ. Tenía 29 años y era de Colombia.

La comunidad colombiana de Tucumán está integrada aproximadamente por unas 300 personas. Los grupos más grandes están instalados en Alderetes, Aguilares y El Colmenar. La mayoría de los colombianos instalaron carpinterías y fabrican muebles que venden de manera ambulante, puerta a puerta, por los barrios de la periferia. Otros también comercializarían prendas de vestir y calzados con el mismo sistema.

Pero hay molestias dentro de la comunidad por distintas versiones que empezaron a circular de boca en boca tras el crimen de uno de sus integrantes. “Somos trabajadores que nos matamos para poder mantenernos. No somos narcotraficantes ni andamos en algo raro. Ahora van a querer investigarnos por todo. Esperemos que la Justicia actúe como corresponde, ya que empezaron a elaborar teorías sin sentido sobre el ataque. Vamos a exigir que se haga Justicia”, afirmó Carlos Poso.

“Nosotros llevamos casi 10 años acá y nadie en el vecindario puede decir que hayamos tenido problemas con alguien o que la gente venga a comprar droga como se pretende instalar”, aseguró, por su parte, Angie Soto.

En el caso de El Colmenar, varios colombianos se dedican a la fábrica y venta de muebles de madera. Lo mismo hacía el joven asesinado, Jorge Leonardo Cantillo Rodríguez. Cuando llegaron a Tucumán, cada uno fue formando su familia y se sostienen económicamente de esa manera.

En cuanto a los vecinos de los colombianos, todos las que hablaron con LA GACETA coincidieron en que se trata de gente “honesta y trabajadora”. Fueron descriptos como “muy tranquilos y respetuosos”, y como personas que “hacen su trabajo y no se meten con nadie. Es gente de bien”. Pero los vecinos no tuvieron la misma opinión respecto a la familia de Nahuel Acosta, el joven que vive en la misma manzana y que está detenido por el asesinato.

“Ese chico ya tuvo otros problemas anteriormente. Son gente complicada, por eso aquí nadie quiere hablar. Si uno dice algo, después amenazan a todo el mundo y tenemos miedo a las represalias”, admitió un vecino, en diálogo con este diario.

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