POLÉMICA I: Evolución por la Avenida de la Caridad (a propósito de Charles S. Peirce)

Réplica a “Avenida Darwin”, de Alan Rush

16 Sep 2018
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DIFERENCIAS. Peirce -expone Ruiz Pesce- distingue tres evoluciones: la de la necesidad, la del azar y la de la caridad. LA GACETA / FOTO DE INÉS QUINTEROS ORIO.-

Celebro la perspicacia de Alan Rush, profesor de filosofía de la ciencia en la UNT, cuando leyó entre líneas mis afirmaciones entrometiéndome en la polémica que él inició con Ricardo Grau (LA GACETA Literaria, 12 de Agosto de 2018). Allí Rush acusaba al naturalista tucumano de ser un cientificista; y -añade Rush con razón- sus prácticas tecnocientíficas atentan contra la salud y la vida de la comunidad.

Me metí en esas arenas, con cierta simpatía política por la posición de Rush, pero el colega epistemólogo vio claro -con razón- que yo le estaba endilgando a él también el mote de cientificista.

El cientificismo, siguiendo a Michel Henry, significa una ideología y una praxis de la barbarie, que empuña sus armas para idiotizar, alienar, depredar, saquear, contaminar, enfermar y matar al hombre de carne y hueso. Lo genuinamente científico, en cambio, es bueno y noble, y está al servicio de la vida, de la salud y de la cultura, como expresión primaria de la vida de los singulares vivientes que somos cada uno de nosotros.

La réplica polémica que me dirige Rush incurre aquí, a mi juicio, en varias ignorancias y necedades culposas. Me explico. Lo primero es que Rush no sabe esto, que hay algo esencial para la vida del hombre “que la ciencia no sabe”; esto es algo que todo viviente puede experimentar y saber patentemente. Y lo sabe de un modo inmediato, carnal, subjetivo y absoluto.

En segundo lugar, algo que el filósofo de la ciencia tucumano tampoco parece saber es si el conocimiento científico es objetivo o subjetivo. Y pareciera que Rush militaría en defensa de la objetividad del conocer de las ciencias, algo que constituye el quehacer científico desde Galileo y Newton hasta Einstein o Stephen Hawking y siguiendo.

Asociado con ello, en tercer lugar, lo que Rush no sabe es si el conocer de las ciencias sigue una matriz cuantitativa o cualitativa. En aras de conquistar la pretendida objetividad científica las ciencias y las filosofías expulsan las cualidades sensibles del campo de sus conocimientos; y con ello expulsan a la vida, pues la vida es invisible e inobjetivable; sólo es experimentable en el abrazo patético y carnal del estar viviendo. “Pensar la vida significa buscarla fuera de la objetividad y del plano de luz donde se manifiestan los cuerpos objetivos es por eso que la ciencia, por esencia, ignora la vida”, sostiene Henry.

En cuarto lugar Rush, en defensa del presunto saber sobre “la vida biológica, de la bacteria al hombre”, apela a la metáfora de la “avenida Darwin”, cifrando en el evolucionismo darwiniano la clave para acceder a los presuntos saberes de “la evolución (de la vida), del azar, de la complejidad, de las relaciones de producción, de la ideología, del inconsciente, del ecosistema…”. Como argumento de autoridad menciona a Charles S. Peirce, quien habría acogido el evolucionismo en su “teología panenteísta”. Lo que el epistemólogo tucumano parece ignorar es que el pragmaticista norteamericano distingue tres evoluciones: la de la necesidad (ananké), la del azar (tyché) y la de la caridad (agapé); y pareciera no haber duda en que la avenida darwiniana discurriría entre el azar y la necesidad; y del evolucionismo de la caridad, por el que transita Peirce, Rush parece saber poco o nada.

De teología y de política habría mucho más para polemizar. Lo dejamos, si la hospitalidad de LA GACETA lo permite, para otra ocasión.

© LA GACETA

RAMÓN EDUARDO RUIZ PESCE

TUCUMÁN

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