Las desdichas del usuario-rehén

14 Sep 2018

El usuario-rehén carece de voz, de injerencia y de defensor. Puede hablar, y de hecho lo hace a los gritos, pero nadie se digna a escucharlo. Es, por lo tanto, una voz estéril. Puede apelar a sus representantes, hasta que rápidamente descubre que no son precisamente sus intereses los que defienden. Es, por lo tanto, una injerencia de cartón. Y puede aguardar que alguno de esos (no tantos) anticuerpos que el Estado colecciona a su servicio saquen la cara por él. El usuario-rehén espera sentado, claro. Más que defensa, es un colador como la última línea de Argentina en el Mundial. El usuario-rehén está solo en la jungla ciudadana, a la que sostiene con la descomunal cantidad de impuestos que paga. La tucumana se estructura entonces como una sociedad conformada por usuarios-rehenes, corderitos bíblicos condenados al hachazo fiscal a los que, de paso, les suben las tarifas de uno de los peores sistemas de transporte del país.

Al menos durante la última década, nunca se había aumentado el precio del boleto y de la bajada de bandera dos veces en el mismo año. En lugar de hacer silencio y mirar para otro lado, que es la práctica de los ediles cada vez que levantan la mano para empobrecer el bolsillo del usuario-rehén, uno de ellos salió a explicar lo inexplicable. Dante Loza advirtió que, en realidad, el incremento de febrero pasado correspondía a 2017, por lo que -asombrosamente- descubrimos que 2018 empezó en marzo. Como escribió Mark Twain, dejemos caer un velo compasivo sobre el resto de la escena.

Ahí está entonces el usuario-rehén, haciendo cuentas porque desde el lunes pagará $ 15,50 cada vez que suba al mismo ómnibus que hoy le cobra $ 9,35 por viaje. Y ni le hablen al usuario-rehén del transporte interurbano, porque sabe que el zarpazo que le propinarán a su sueldo será letal. Nadie le puso una mano en el hombro al usuario-rehén para prometerle que las unidades van a llegar a tiempo, que van a estar en mínimas condiciones de circular (al menos, no tapadas de tierra) o que va a recibir el mejor de los tratos de parte de los choferes. El usuario-rehén no es digno -ni siquiera- de que le salpiquen alguna mentira piadosa. Los únicos que parecen sufrir en la ecuación son los empresarios, dotados a fin de cuentas de la carta más poderosa del mazo: la amenaza permanente de bajar la persiana y dejar a los tucumanos a pie. Pero eso significaría el fin del usuario-rehén, porque ya no habría sistema ni, por ende, prisioneros. Y eso no parece conveniente, ¿verdad?

Un usuario-rehén decidió esperar el ómnibus con un cuchillo en el cinto. Salió en la tapa de LA GACETA. Pero no todos los usuarios-rehenes están en condiciones de armarse, así que viven con el Jesús en la boca, rogando que no los roben en la parada. Los refugios -o en la mayoría de los casos, lo que queda de ellos- y las esquinas son un paraíso colmado de usuarios-rehenes, tantos y tan desamparados que el ejército de motoarrebatadores que patrulla la ciudad tiene para elegir. Como en un buffet.

No siempre lo repetitivo aburre. A veces, machacar sobre un tema puede generar alguna mínima reacción en favor de los usuarios-rehenes, algún gesto de conmisceración ciudadana. Aunque parece difícil en el caso de los taxis, cuya bajada de bandera sube a $ 21, y con una ficha a $ 2,10. El usuario-rehén sabe que subir a un taxi es como tirar la moneda. Cara: un auto decente, limpio, con aire acondicionado, manejado por un chofer educado e higienizado. Ceca: el infierno mismo. Y por idéntico precio. Por lo general el usuario-rehén está apurado, con la cabeza puesta en cuestiones inherentes a eso que algunos llaman vida, y no tiene tiempo de “estudiar” el taxi antes de subir. El usuario-rehén descubre, demasiado tarde, que no quiere estar ahí. Que no tiene por qué pagar por un viaje que será insalubre. Pero es tarde, porque es un usuario-rehén.

El puching-ball que los boxeadores castigan en el gimnasio es como el usuario-rehén. Le dan, le dan y le dan sin respiro. Una semana le suben la tarifa del agua, sin que a la SAT se le ocurra -al menos- sacar algún comunicado de compromiso, avisándole al usuario-rehén que en un futuro impreciso abrir la canilla dejará de ser una preocupación. Y al toque viene el aumento en el transporte, desatado de cualquier clase de obligación referida a brindarle al usuario-rehén un servicio un poquito más digno. Eso sí: que al usuario-rehén ni se le ocurra estallar, porque la maquinaria punitiva no falla. Esa sí que está aceitada y es implacable. Y si no, que le pregunten a “Bombita”. Así le fue en “Relatos salvajes”.

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