“Las ciudades desiguales crean ciudadanías de miedo”

Arquitecta, urbanista, feminista, Ana Falú, explica cómo la ausencia de políticas de género afecta la vida diaria de las mujeres más pobres.

09 Sep 2018 Por Nora Lía Jabif
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ANA FALU. “Hay que suturar las heridas urbanas de la desigualdad” la gaceta / foto de Analia Jaramillo (archivo)

Salitas maternales para que las mamás puedan dejar a sus nenes e irse a trabajar; hogares de día para los adultos mayores; sistemas de transporte público eficaces, que contrarresten la percepción de que nos pasamos la vida a bordo del “mundo de 60 asientos”; ciudades con espacios públicos compartidos por la comunidad; ciudades sin rejas; ciudades en las que no impere “la ciudadanía del miedo”. Esa podría ser la acuarela que pinte lo que quiere decir Ana Falú cuando habla de “urbanismo feminista”. Desde hace más de cuatro décadas, a la arquitecta Falú- que se fue exiliada del Tucumán de la dictadura militar, y que en ese largo lapso vivió en Brasil, Ecuador, Holanda y ahora Córdoba- la inquietan estos temas que habrán cambiado de rótulos, pero que siguen siendo siempre los mismos, y que podrían sintetizarse en la búsqueda de una ciudad que sea accesible para todas las personas por igual.

- ¿ Por qué debemos mirar con sesgo de género la trama de la ciudad?

- Nosotras venimos trabajando estos temas desde hace más de tres décadas; venimos construyendo una argumentación para mostrarles a los decisores políticos por qué es importante mostrar cómo afecta la falta de políticas públicas a la vida de las mujeres, y a la de la infancia. Cierto que hay un viento a favor que hace que en lo público haya hoy más interés por estos temas. Pero hay una noción de las mujeres que refiere a una subvaloración de género, y a que se ignore esta división sexual del trabajo que afecta la vida de las mujeres. Cuando hablamos de urbanismo feminista, lo que estamos diciendo a los políticos y las políticas es que tenemos que hablar de la vida cotidiana, del cuidado infantil, de los centros de día para los adultos mayores. Hay un campo de estudio muy importante en lo que se refiere a las desigualdades instaladas entre hombres y mujeres. Hay en ese sentido un trabajo muy sustantivo que está desarrollando el Instituto (Invihab), y que también se está trabajando en la Facultad de Arquitectura de la UNT, y que tiene que ver con mirar los distintos sujetos sociales, las distintas identidades sociales, que no son solo hombres y mujeres, sino también etnias, edades, refugiados, migrantes, etcétera. Hay una diversidad de sujetos. Y el tema de género, si bien tiene que ver con las mujeres, al visibilizar esas desigualdades, esa omisión de las mujeres en la planificación urbana, en la política habitacional, está visibilizando de alguna A ello hay que sumarle que en América latina hay más de un 30% promedio de hogares con mujeres jefas de hogar.

- Desde esa perspectiva, ¿qué encuentra cuando visita Tucumán?

- Hace 40 años que no vivo en Tucumán. Vuelvo, pero no tengo la autoridad científica para opinar sobre Tucumán. Pero sí he visto que comparte ciertas características con otras ciudades de América latina. Vas a los bordes de Tucumán y encontrás una ciudad extendida hacia la montaña, hacia el pedimonte; encontrás barrios cerrados con perímetros controlados, donde la calle se privatiza, conviviendo con asentamientos informales que tienen carencias de derechos; y no son solo el derecho a la tierra, a la salud, a la educación, al transporte seguro, ese conjunto de derechos que hacen a la ciudad. Y está la falta del bien más escaso en la vida de las mujeres, que es el consumo del tiempo. Que, por cierto, afecta tanto a las más ricas como a las más pobres.Porque las ricas muchas veces terminan convertidas en “madres taxi”. Pero las más pobres tienen menos tiempo. Y las mujeres pobres de América Latina tienen el doble de hijos que las mujeres ricas, que aquellas que se oponen a la marea verde. Y cuanto más se extiende la ciudad, las mujeres pobres estarán más sobreexigidas, cargando paquetes, llevando a los discapacitados de una punta a la otra de la ciudad; o a los adultos mayores que están a su cargo. Estamos hablando de territorios de pobreza que convergen con territorios de riqueza.

- Y esa desigualdad, si bien afecta de modo más especial al más pobre, también impacta en la construcción de ciudadanía...

- Hay estudios muy interesantes del Conicet sobre los barrios de Pilar que indican que esos jóvenes que han nacido y crecido allí no saben cómo moverse een la ciudad, porque se han movido siempre con el chofer o con la “mamá chofera”. Tanto las mujeres ricas como las pobres quedan encerradas en este modelo de ciudad que tenemos que cuestionar, que tenemos que interpelar.

- ¿ Cómo volver a vivir en comunidad sin tener que apelar al encierro? ¿Hay ejemplos?

- Claro que los hay. Por un lado, están estas ciudades europeas que tanto nos gusta visitar son ciudades compactas, que se pueden recorrer, a pie. Barcelona, por ejemplo. Pero tambien están los ejemplos de Bogotá, Medellín... Pero desde el urbanismo femimista estamos levantando propuestas muy claras, para superar esto de que, por un lado, unos están encerrados por temor y miedo; y por el otro están los más pobres; que perciben que ante cualquier cosa que suceda, sobre ellos recaerá la sospecha. El hecho es que todos viven atemorizados. Susan Rotcker sintetiza esta situación con una frase preciosa: que este modelo de desigualdad ciudadana que estamos construyendo con pocos adentro y muchos afuera, lo único que crea son ciudadanías de miedo. El tema que está en el centro de la discusión es la desigualdad. Hay una direccionalidad para ciudar más a los bienes que a las personas, y eso impacta en la calidad de vida del conjunto, tanto de los sospechados como de los que sospechan. Si no suturamos estas heridas urbanas de la desigualdad con políticas públicas, con presupuesto público, va a ser muy difícil resolver el problema.

- Cómo pudo remontar Medellín?

- Con políticas públicas muy vigorosas, con una gran inversión del Estado, con la comunidad. Pero no sólo del Estado, que debe trabajar con la sociedad civil organizada, no solo con los de su “propio palo”. En Bogotá, por ejemplo, cuando yo estuve en las Naciones Unidas, se creó el programa de Ciudades Seguras para todos y todas, y se crearon los consejos de Seguridad de Mujeres, con participación de técnicos y de mujeres de los barrios. En Rosario se hizo un programa similar. El protagonismo de la mujer es fundamental, porque las mujeres son las mejores defensoras de la paz en el barrio. Los espacios públicos deben ser lugares de socialización, de acción politica, de vida cultural. Ejemplos parecidos se hicieron en Montevideo, donde las políticas de cuidado infantil son políticas de Estado. En Montevideo, se desarrolló un programa muy exitoso, Mujefa. En la zona de la Ciudad Vieja, la intendencia de Montevideo hizo reciclar viviendas para madres jefas de hogar. Experiencias similares se replican, porque las mujeres, está demostrado, tenemos una fuerza extraordinaria, una capacidad sin límite de resistencia individual y colectiva.

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