Chocando contra un tren bala

07 Sep 2018

El único indicador económico que el común de la ciudadanía sigue día a día es el numerito consignado al pie de cada producto en la góndola. Los análisis de Bloomberg y las calificaciones de JP Morgan escapan al radar del bolsillo. Son cuentos chinos, lejanos e incomprensibles. La sociedad, tantas veces vendida, comprada, vuelta a vender y vuelta a comprar, habla el idioma de la crisis con una fluidez desapasionada. Hasta que le cuentan que una cirugía debió suspenderse en el hospital Padilla por falta de insumos y comprueba que las cosas llegaron a uno de esos límites tan peligrosos que no dan ganas de medirlos, porque del otro lado suele aguardar el vacío. Como cantaba Gustavo Cerati en “Ella usó mi cabeza como un revólver”, cuando pasa el tiempo y nos convencemos de que el vacío es un lugar normal estamos en serios problemas.

La ministra Rossana Chahla subraya que por culpa de la escalada cambiaria los descartables aumentaron un 40%. Hay proveedores que ni siquiera están dispuestos a cotizarlos. Al complejo sistema de salud argentino, en el que conviven el servicio público, las obras sociales y las prepagas, se le cayó el rango ministerial. Los pacientes que acuden al Padilla con la urgencia a cuestas, necesitados de una operación o de un tratamiento, ya mismo, no están para decodificar planillas de Excel. Tienen nombres, familias, historias. Las víctimas -y parece mentira machacar con el concepto a esta altura- no son números.

También se le cayó el rango ministerial a Cultura, en paralelo con el potencial desplome de la fachada de San Francisco. Las obras ni siquiera están paralizadas, no salen del punto muerto. Una de las esquinas emblemáticas de la capital quedó encapsulada por chapones hasta quién sabe cuándo. “La situación está como detenida”, advierte, preocupado, fray Fernando Lapierre.

La decisión política de estrangular el financiamiento cultural nació con esta gestión nacional y el resultado no podía ser otro. Como si la cultura -como la salud, la educación y el deporte- no constituyeran pilares de la calidad de vida. La solución para San Francisco está atada a las decisiones que se toman en Buenos Aires. Mal momento eligió el templo para resquebrajarse y mostrar su (falta de) costuras.

Mientras tanto, sube la tarifa del agua. El tema siempre será espinoso en la medida que aumenta uno de los servicios que con mayor deficiencia se ¿prestan? en Tucumán. El Ersept le dio luz verde a un incremento superior al 20%, pero que a partir del nuevo sistema de medición -basado en el consumo por metro cúbico y de la zona donde esté ubicada la propiedad- puede trepar al 70%. La antipatía que genera la SAT entre los tucumanos se potenciará cuando la boleta empiece a llegar todos los meses.

De lo que no se habló es de un plan integral que reconvierta la red para que, literalmente, la capital y el conurbano dejen de hacer agua. Es lo mismo que sucede con el transporte, cuando al cabo de un simulacro de pulseada los concejales terminan aprobando lo que los empresarios piden sin que a nadie le interese en lo más mínimo el padecimiento de los usuarios.

Lo primero que plancha la recesión es a la economía informal y teniendo en cuenta que en Tucumán vivir en negro está a la orden del día el cuadro se agrava al extremo. Si la FET consigna la pérdida de 10.000 puestos de trabajo la extrapolación al universo cuentapropista asusta. La crisis se palpa en la calle, en el almacén, en la cola de quienes cobran la jubilación. No son ciudadanos que anden por la vida relojeando las pizarras de las casas de cambio.

Son tiempos muy difíciles, cruzados por rumores, noticias de dudosa veracidad, redes sociales que hierven de indignación, focos dispersados en un torbellino que impide fijar la atención. Hay oportunistas que pescan felices en el río del miedo. En el medio de tanto ruido el tucumano apechuga, por momentos no puede creer lo que le está pasando, busca respuestas, quiere ser optimista pero nadie lo ayuda, vive con el bolsillo hecho un colgajo y, finalmente, choca de frente con una realidad que parece la locomotora de un tren bala. Lo acecha el vacío y en esos casos no hay ningún salto de fe capaz de construir, mágicamente, una rampa de salida.

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