En el país de la especulación

Los argentinos miran el mañana con la ilusión de que se imponga su voluntad. Cada día se busca encontrar al culpable de tanta equivocación y, al mismo tiempo, se añora la derrota del rival político. En tanto, todos pierden.

02 Sep 2018
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Pasó la peor semana de los últimos tiempos. Quedó claro que los argentinos no pueden consigo mismos. Vivimos en un país donde todos estamos muy atentos y preocupados por saber quién tiene la culpa de los que nos pasa. Por lo tanto, estamos seguros de que nosotros no la tenemos. Hay un otro que sí la tiene. Es el mismo país donde todos saben qué es lo que va a pasar y, por lo tanto, actúan en consecuencia sin importar si sus elucubraciones son fundadas o no. La Argentina es el país del WhatsApp donde todos estamos seguros de que nos mandaron un mensaje y no dudamos ante él. Tampoco nos importa, sólo tenemos apuro de reenviarlo para pasarle -lo más rápido posible- el problema, la reflexión o la solución al otro. Vivimos en el país de la especulación. Nos alimentamos de especuladores que nos aseguran que lo que nos pasa es por sus reflexiones infundadas y lo que nos va a pasar se basa en esas mismas cuestiones.

Un kirchnerista o simplemente un opositor al actual gobierno nacional tiene muy claro que los “inútiles” no saben qué hacer con la economía. Sostiene que son una “manga” de corruptos ineptos que hacen negocios y que se aprovechan del Estado para beneficio propio. Se entusiasma con el fracaso del gobierno. Se alegra -aún cuando la padece- con la suba de la divisa norteamericana. Considera que las denuncias de corrupción son sólo distractivos que dispara el Poder Ejecutivo nacional que -asegura- maneja la justicia “a piacere”. Siente ruido a helicóptero, “ve” funcionarios que renuncian y siente una rara satisfacción porque en algún momento avisó que esto iba a ocurrir. Con todo lo que pasa, ve venir un futuro electoral venturoso.

Un hombre del gobierno nacional o un acérrimo crítico del peronismo o de los administradores recientes del país tiene la visión diametralmente opuesta. No tiene ninguna duda de que lo que les está ocurriendo es porque sus antecesores se equivocaron e hicieron todo mal. Es más, es por culpa de los corruptos que fueron descubiertos y que están dando manotazos de ahogado para salvarse. Y, por lo tanto, prefieren que se hunda el país con ellos. Se desesperan por desmentir las profecías autocumplidas de que si no sos peronista no podés gobernar. Se saben equivocados y erráticos y miran las cámaras como si fueran exitosos que están por contar la fórmula de la felicidad, como le pasa a Marcos Peña. Están preocupados por demostrar que la Argentina debe cambiar y para ello calculan que las investigaciones judiciales los favorecerán para demostrar que los antecedieron delincuentes. Trabajan para demostrar que hay que ganar en las próximas elecciones para profundizar la transformación de la política.

No se trata de una grieta. Explicarlo así implicaría simplificar. Los ciudadanos están hartos de diagnósticos certeros y de culpas irrefutables. La soberbia del “húndanse, ya vamos a venir nosotros para salvarlos” o del “yo con esos no me junto porque son los corruptos de siempre que hundieron el país”.

Mientras tanto, la historia del país, especialmente la de las últimas décadas, ha enseñado. Ha mostrado un camino ineludible. Se trata del diálogo, del consenso y del trabajo conjunto. Así se ha salido de todas las crisis. Ha sido un grupo de políticos que ha ido encontrando consensos hasta que pudo decirle adiós a la dictadura para ensayar un camino de libertades. Ha sido el diálogo de todos (empresarios, políticos, eclesiásticos, gremialistas) los hicieron navegar al país que andaba al garete en 2001.

No hay acuerdo. No hay pactos. No hay reuniones previas. Menos aún, posteriores. En el país de las especulaciones no importa ninguno de ustedes ni de nosotros, sólo importa tener razón para justificar el daño. Y para encontrar culpables. En el país de los especuladores hacen falta líderes que transmitan confianza y que marquen el camino a seguir. Sólo ellos pueden decirnos qué hacer en este presente y para eso los elegimos. Para echarle culpa al pasado o para dibujar futuros inciertos o fallidos, nos alcanza con nuestra propia percepción y con nuestra imaginación.

Alberdi habla, nadie escucha

Esta semana una periodista de esta redacción desempolvó una gran reflexión de Juan Bautista Alberdi y esas mismas ideas fueron reproducidas en el programa Panorama Tucumano que LA GACETA emite por sus múltiples plataformas y por Canal 10.

“No obtendréis préstamos si no tenéis crédito nacional, es decir, un crédito fundado en las seguridades y responsabilidades unidas de todos los pueblos del Estado. Con créditos en cabildos o provincias, no haréis caminos de hierro ni nada grande. Uníos en cuerpo de nación, consolidad la responsabilidad de vuestras rentas y caudales presentes y futuros, y tendréis quien os preste millones para atender a vuestras necesidades locales y generales porque si no tenéis plata hoy, tenéis los medios para ser opulentos mañana. Dispersos y reñidos, no esperéis sino pobreza y menosprecio”.

El egregio tucumano fue capaz de decir estas cosas hace más de una centuria. Pasan los años y nadie le lleva el apunte. Los próceres no son sólo estatuas, también son ideas y experiencias.

De Punta hasta la plaza

Aunque sea una verdad de perogrullo tal vez haga falta recordar que Tucumán está en la Argentina. Sin embargo sus dirigentes están atentos a lo que vendrá. El futuro está a la vuelta de la esquina y sus dirigentes trabajan atentamente en función de eso. Juan Manzur, vestido con el frac de canciller, atiende en todos lados. Se lo puede ver sonriente en Punta del Este en el encuentro del Zicosur. Casi al mismo tiempo puso -y pondrá el próximo martes- la misma sonrisa para dialogar con sus amigos gobernadores del peronismo. Con ellos está dispuesto a definir de una vez por todas el postcristinismo. Colaborarán en el presupuesto de la Argentina 2019, pero al mismo tiempo exigirán condiciones para sus provincias. Pero, en el fondo lo que buscan es, de una vez por todas, encontrar el líder que conducirá al peronismo en los comicios del año que viene. Hasta ahora ese líder no aparece y eso -ellos lo saben- es sinónimo de derrota. Pero el canciller Manzur no descansa, también estuvo inaugurando un hotel en esta capital. No dudó un segundo a la hora de abrazar al intendente Germán Alfaro y a quien se le cruzase por delante. Manzur no se cansa de gesticular en pos de diferenciarse de quien hoy es su principal rival, el senador José Alperovich. Ya casi ni se hablan. Alperovich, en tanto, sigue caminando la provincia como ningún otro candidato. Abraza y besa a los más golpeados por la crisis y les habla a los que más maltrató durante su mandato. Les dice que no habrá ñoquis, que la política y sus prebendas son malas palabras y hace guiños para transformar la política. ¿No será demasiado tarde? Alperovich en su afán de controlarlo todo se abusó de sus poderes. Cuesta creerle ahora su cambio de discurso. Más aún cuando ese fue un relato que utilizó el macrismo y él aún mantiene cierto ropaje kirchnerista.

Para peor a Alperovich lo va a tener a los saltos el juicio que se sigue por la muerte de Paulina Lebbos donde todos sus funcionarios vinculados a la seguridad están envueltos en un encubrimiento sin precedentes. Y, como si fuera poco, ahora los arrepentimientos de José López siempre tienen algún recuerdo tucumano. Esta vez quien lo va a sufrir es el ex intendente Osvaldo Morelli, quien fue demasiado condescendiente con su ex alumno López y ahora va a padecer aquellos mimos.

Almorzando con una tía

El peronismo, cuando llega los tiempos electorales, o cuando el poder hace señas, siempre está listo y se despereza de la modorra. Por eso los vecinos del amplio departamento del centro tucumano no se sorprendieron cuando vieron quiénes visitaban a la tía. Aquel viejo apartamento ya no es la Jabonería de Vieytes, modelo 90, pero su dueña sigue vigente como si los años no hubieran pasado.

Por eso el tema central de la comida no pudo ser otro que las impresiones de lo que se estaba viviendo. El dólar y las debilidades políticas del macrismo y del peronismo fueron tema de opinión. También las habilidades protocolares de Manzur y por supuesto el peronismo tucumano y el futuro del PJ, cuya conducción se pondrá en juego a principios del año que viene. Sobre eso preguntó más de una vez Olijela del Valle Rivas a sus contertulios.

Ninguno de los asistentes era un improvisado. Sólo faltó el juez federal Daniel Bejas, pero estuvieron viejos “hijos políticos” como los magistrados Gabriel Casas y Ricardo Sanjuán. Pero no sólo tenían toga los comensales. El ala política de la mesa estuvo representada por el eternamente engelado Fernando Juri y por el vicegobernador Osvaldo Jaldo, quien supo ver en Alperovich al mejor gobernador de la historia. De ese tema no hablaron. Eligieron otros recuerdos en aquella siesta tucumana.

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