Estética y economía de la corrupción

17 Ago 2018

La estética es condición indispensable para la asimilación intelectual de hechos y de objetos. Para que algo pueda ser aprendido (y aprehendido) por el hombre, necesariamente, alguna estética debe tener. Esa estética opera en la pregunta del niño frente a lo que acaba de conocer: ¿esto es bueno o malo? Y se manifiesta en el reclamo de los padres de esos niños en las escuelas: “la educación tiene que ser divertida”. Y se patentiza en una fórmula común para el pésame: “ahora va a descansar”. Frente a lo inconmensurable de la muerte, frente a lo irreductible de lo real, la única forma de abarcar el fin de la vida, para muchos, es la estética de la paz eterna.

Sigmund Freud lo advirtió en su carta a Albert Einstein del 2 de septiembre de 1932, conocida como ¿Por qué la guerra? “Las actitudes psíquicas que se nos imponen cada día más por el proceso de la cultura son contradichas de la manera más flagrante y violenta por la guerra, y por eso nos vemos precisados a sublevarnos contra ella, lisa y llanamente no la soportamos más”. En esa expresión, no la soportamos más, se halla una advertencia señera: el problema es también (por no decir “sobre todo”) de índole estética. “Es la estética de la guerra -sostendrá Freud- lo que resulta insoportable”.

La exhibición transparente de la corrupción del kirchnerismo (primero testificada por un chofer, luego reconocida por un rosario de empresarios que empezaron a rezar los misterios dolorosos de la patria contratista, más tarde aceptada por el ex jefe de Gabinete Juan Manuel Abal Medina, y ahora redimensionada por el ex funcionario Claudio Uberti y su confesión de habitaciones saturadas de valijas empachadas de millones de dólares), pone a los argentinos frente a todo un condicionamiento. ¿Cómo es posible imaginar un Estado que, en plena democracia y con su Constitución vigente, es administrado al margen de la ley?

En otros términos: ¿cómo representarnos un Estado gobernado como No-Estado?

Ese objeto es, de entrada, inasible para la comprensión de cualquier ciudadano. En definitiva, como sentenció el escritor francés David Rousset, “los hombres normales no saben que todo es posible”. Que todo sea posible es en sí mismo una estética del infierno.

Negacionistas y jíbaros

A lo que se asiste es a un esquema de corrupción fuera de escala. Una corrupción que se proyecta hacia la categoría de “todo”. Y la dificultad para dimensionar cosa semejante es de lo que se aferra la negación. Su lógica frente a una práctica delictiva que se promete totalizante es, por supuesto, el reduccionismo. Se busca prevaricar el presente a partir de su fragmentación. Sin embargo, esa segmentación artificial está embarazada de la estética del No-Estado.

Por caso, el minucioso mapa de la recolección, traslado y distribución de las valijas con dólares negros (la corrupción del Estado desafía las estéticas de la normalidad en cada detalle) es jibarizado a la categoría de “cuadernos Gloria”. Más aún: fotocopias. Aún se discute si, a falta de originales, las copias son válidas. Curioso razonamiento: el acta original de la Declaración de la Independencia de 1816 fue robada. De ese documento que nos funda como Nación sólo hay copias. ¿Qué hacemos: volvemos a la Colonia?

Pero hay una cuestión inquietante en los registros del chofer Oscar Centeno, que no son un documento público sino un testimonio privado. Básicamente, el panorama dantesco que presentan las anotaciones sólo se refieren a las valijas aportadas por empresas a las cuales se concesionaron obras de energía. Hay todo un universo de la obra pública afuera de esos registros. El oprobio pareciera infinito. Pero aunque su desmesura es completa, en las libretas del chofer se puede intuir, si no su vastedad, lo monstruoso de la abominación.

El tucumano José López fue el primero en mostrar una ínfima parte de esa conexión, hecha de dinero espurio, entre empresas adjudicatarias de obras públicas (distintas que las de los cuadernos de Centeno) y el funcionariado kirchnerista. El -justamente- secretario de Obras Públicas de la Nación, kirchnerista de la primera hora patagónica, fue detenido cuando ingresaba 9 millones de dólares en bolsos a un convento.

El negacionismo fue implacablemente reduccionista. Resultó que López no era kirchnerista, que el convento no era un convento, que las monjas no eran monjas y, ahora, dice López que la plata no era suya. Pero no era “plata”. O, más bien, era mucho más que eso.

Lo que López cargaba en su vehículo era el dinero suficiente para construir 130 casas sociales. Ese es el desafío de la estética de la corrupción. ¿Cómo va a caber un barrio en un baúl?

Más aún: en los bolsos que revoleaba López estaba, justamente, lo que no está. Y eso es lo que ayuda a la corrupción kirchnerista a recibir, incluso de sus denunciantes, calificativos como “increíble”.

El último tramo de la nueva traza de la ruta 38, Aguilares-Alberdi-río Marapa, tiene 21 kilómetros e insumió 860 millones durante su construcción, entre 2009 y 2016. La inauguración del segmento Aguilares-Alberdi, de 17 kilómetros, fue inaugurado el 4 de agosto de 2015: 19 días antes de los comicios provinciales. De sus escasos 36 meses de vida, lleva cuatro meses clausurado. Sus tres puentes (río Chico, arroyo Barriento y arroyo Matazambi) se fisuraron en apenas dos años y medio.

Claro que es “increíble” la corrupción sistémica: ¿quién puede siquiera figurarse que miles de autos no pueden circular sobre viaductos recién construidos; y que al mismo tiempo hay tres puentes “adentro” de un auto?

Impunes y apretados

Como si las valijas yendo y viniendo (de las empresas a la Casa Rosada, a la Quinta de Olivos, al departamento presidencial de Recoleta o a la Patagonia) no fuesen ya lo suficientemente inconmensurables, el inimaginable Estado administrado en democracia al margen de la ley abre ahora otra ventana panorámica. La de la política.

El Senado, durante esta semana, no dio quórum para debatir (ni hablar de habilitar) la medida judicial más inútil de la que se tenga memoria reciente: el allanamiento a tres propiedades de la ex presidenta Cristina Fernández y del ex presidente Néstor Kirchner, solicitada hace ya 14 días. El asunto quedó sin tratamiento porque parlamentarios del peronismo, y también de Cambiemos, no asistieron a la Cámara Alta. La misma Cámara Alta que integra el ex presidente Carlos Menem, a quien la Justicia declaró culpable de traficar de armas.

La Argentina es entonces un país donde el poder político no es el conjunto de los representantes del pueblo sino, mayoritariamente, una corporación que se ocupa de que no haya condena contra sus miembros. Y si hay condena, se encarga de que no haya castigo.

Y que se entienda bien: ningún castigo. Ni penal, ni civil. Porque lo que el Senado también evitó es tratar el proyecto de Ley de Extinción de Dominio. Es decir, para que el Estado pueda recuperar parte de lo que los condenados por corrupción les robaron a los argentinos.

El resultado es el surgimiento de un fenómeno econométrico: la economía de la corrupción. Léase, un cálculo entre los beneficios (delictuales, obviamente) que se obtienen en perjuicio del Estado, y los costos de ser un sujeto sobre el que recae el peso de la ley. Aunque no hay estadísticas oficiales, vendría siendo más seguro apostar a esa economía que a los mercados formales en esta parte del mundo.

Para ratificar esta presunción, acaba de abrirse, también durante estos días, todo un balcón hacia el Estado administrado al margen de la ley: el de la Justicia. El ex juez federal Norberto Oyarbide declaró públicamente que falló en tiempo récord para cerrar la causa por presunto enriquecimiento ilícito contra el matrimonio Kirchner porque le “apretaron el cogote”.

A vs No A

Surge una certeza inconmovible alrededor de la corrupción pública y privada que acaba de estallar sobre el escenario de la república. La Argentina es un país donde el derecho está vigente, pero no se aplica. Tan sencillo como eso. Tan atroz como eso. Esto y no otra cosa es el Estado de Excepción.

¿Cómo se puede construir una instancia en la cual rigen la Constitución y todas las ellas que emanan de ella, y sin embargo no son puestas en práctica? Porque la estética del Estado de Excepción consiste en tornarlo inadvertible.

El Estado de Excepción es un limbo cuya lógica es el maniqueísmo. Se construye mientras toda la sociedad está dominada por un razonamiento que sólo baraja dicotomías. O sea, mientras toda la ciudadanía está perdida en un laberinto binario, que tiene un solo pasillo, dos extremos y ninguna salida. En esa trampa casi perfecta, las cosas no se definen por lo que son, sino por lo que no son.

El Estado de Excepción está a medio camino entre la dictadura y la democracia. Es distinta que la una y que la otra. Y más aún: es anulatoria de la una y de la otra. Entonces en este país traumatizado por la bestial experiencia de los crímenes de lesa humanidad perpetrados por las juntas militares, la lógica dicotómica es implacable: si esto no es una dictadura, entonces es una democracia. Por desgracia, hay algo más. Pero como no se admitió -ni se admite aún hoy por multitudes- escapar a esa opción de hierro, entre uno y otro extremo se desplegó esta práctica de Gobierno en la cual las normas valen, pero no se instrumentan.

El Estado de Excepción, entonces, no es invisible. Es mucho peor que ello. El Estado de Excepción ha sido construido como no existente. Si esto es “derecho o anomia” y no hay absolutamente nada en medio, el Estado de Excepción se construyó como algo que no es.

Para ello traficó una estética refinadamente criminal: el Estado de Excepción no es una anarquía. Y si no es caos, entonces es orden. Lleva adelante todas las funciones del “Estado”, pero con una “excepción”: no está al servicio del pueblo, sino del poder. Del poder político y del poder económico. En el Estado de Excepción, el Estado no somos todos: son solamente ellos.

La Argentina de la lógica binaria, que de tan maniquea ni siquiera es A vs B sino A vs No A (kirchnerista o antikirchnerista, macrista o antimacrista, peronista o antiperonista…), es el paraíso del Estado de Excepción. Tierra de nadie equidistante entre autocracia y democracia.

Para poder pensar otro país hay que poder pensar de otra manera.

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