Alejandra Korstanje: “los arquéologos somos detectives, pero sin testigos”

Investiga hace más de 20 años cómo era la agricultura precolombina. Hoy, los pobladores de la zona trabajan junto con el equipo

29 Jul 2018

Aunque su apellido y sus ojos verdes lo desmienten, de a ratos no es imposible sentir que ella también es oriunda de esos valles medios catamarqueños donde trabaja desde hace más de dos décadas. Habla sin apuro y con la cabeza levemente inclinada, mientras los aros con aguayo se mueven suavemente.

Alejandra Korstanje es arqueóloga (profesora del Instituto de Arqueología y Museo de la Facultad de Ciencias Naturales de la UNT e investigadora del Conicet) y con su equipo ha podido ir reconstruyendo cómo era hace unos 3.000 años la vida en el Valle de El Bolsón, uno de los de la zona de transición no solo en la altitud (unos 2500 metros sobre el nivel del mar) sino también en formas de vida: allí se practicaban -y, aunque se ha despoblado mucho la zona, aún se hace- tanto la agricultura como la ganadería.

“Cuando se estudian tiempos anteriores a la escritura, los grandes hitos, los que cambian el rumbo en la historia, son procesos, como el pasaje del nomadismo a las aldeas, y de la recolección y la caza a la agricultura y la ganadería; o el uso de la cerámica cocida para preparar alimentos como los cereales y facilitar así su digestión... Y en estos años hemos podido establecer que en el NOA la agricultura inicial era mucho más compleja de lo se creía”, cuenta con su voz pausada.

Microfósiles

Alejandra se dedica a la arqueobotánica y, más concretamente, a la agricultura prehispánica. “La arqueología es un rompecabezas, y los arqueólogos somos detectives... pero no tenemos testigos, sólo pruebas materiales. Con ellas buscamos reconstruir la historia”, reflexiona, mientras muestra -tomando cada elemento con una pinza- material recogido en una investigación: “esto son marlos de maíz; estos, huesitos de microrroedores... no nos permiten a simple vista ubicar la muestra en el tiempo”, explica. “Pero esto, sí -agrega-; es un grano de trigo, y sabemos que fue introducido por los españoles. Es una muy buena pista”. Elementos tan antiguos que sean “visibles a los ojos” suelen encontrarse en lugares resguardados -explica Alejandra-: cuevas, aleros, enterratorios... , pero allí los objetos pueden haber llegado desde de otros sitios. “Y cuando investigamos agricultura buscamos saber qué se hacía en ese lugar, por un lado, y por el otro buscamos en campo abierto... y allí es prácticamente imposible que aparezcan restos ‘grandes’”, añade.

Por eso su trabajo va del campo al microscopio, con un montón de etapas intermedias.

Crear metodología

Lo que analiza hay que obtenerlo de tierra que alguna vez fue sembradío. Con un proceso que desarrolló para su tesis doctoral, llamado “Análisis múltiple de microfósiles”, separa de arenas y arcillas el limo donde se encuentran los elementos muy pero muy pequeñitos con los que trabaja.

“No es que haya inventado nada; armé un rompecabezas de saberes que ya estaban para generar una técnica que me permitiera rescatar lo que necesitaba, y me lo permitiera con pocos recursos. Lo interesante es que se ha generalizado el uso, porque usamos muy pocos químicos y nos permite obtener todos los microfósiles diferentes juntos”, explica con entusiasmo.

> Descubrir, pero también entregar

“Descubrimos que hace cerca de 3.000 años en esos valles ya utilizaban prácticas complejas, como la rotación de cultivos y la circulación agroganadera para dejar descansar la tierra. También que la variedad de especies era muy grande, mucho más que en la época calchaquí, 1.500 años después. Cultivaban quínoa, por ejemplo, que terminó de desaparecer de la zona con la llegada de los españoles, al punto de que los pobladores actuales ignoraban qué era”, cuenta, y el entusiasmo le brilla en los ojos. Porque poder reconstruir esta historia les está permitiendo a los científicos ayudar a los pobladores actuales (a quienes comenzaron pidiéndoles autorización para trabajar en las tierras ancestrales) a reforzar su identidad.
Este trabajo intenso con la comunidad es uno  de los pasos intermedios entre el campo y el microscopio: “aunque me encantan, no me interesan la botánica ni la agricultura por sí mismas (aunque mi abuelo agricultor algo debe haber influido, intercala). Quiero que lo que investigo sea útil para la población actual, y lo vamos logrando. En la zona viven unas 400 familias; hay escuelas, una posta sanitaria... ahora ya hay teléfono y de a ratos, internet. ¡Y nació de ellos la idea de fundar un museo! Y a esta altura -relata-, más de 20 años de trabajo conjunto, muchos de ellos participan de las excavaciones. Ellos mismos están buscando sus raíces.”

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