La Plaza Roja de los 1.000 colores

19 Jun 2018 Por Guillermo Monti

-¿Cuál es tu nombre?

-100 rublos.

-Somos periodistas de Argentina, nos gustaría hacerte unas preguntas.

-100 rublos.

Nunca sabremos si el personaje realmente sabía inglés o, simplemente, había aprendido a decir one hundred (100). Instalado a pocos metros de la Plaza Roja, pintado de la cabeza a los pies con los colores de la bandera rusa, magnetizaba por sus gritos y por la forma en que sacaba la lengua para llamar la atención. Pero era un espectáculo efímero, agotado en lo bizarro. Si algo podía ofrecer de simpático u original, se agotaba con el pedido de dinero. También estaban a la caza de efectivo dos camerunenses. Fotos de ellos solos, gratis. Fotos acompañados, tarifadas.

“Esto es el capitalismo en su máxima expresión”, razona Carlos Baraona. Él sabe de lo que habla, porque vivió 10 años en Rusia, entre 1974 y 1984, cuando asistía a la Universidad de la Amistad de los Pueblos. De aquella sociedad soviética Carlos prácticamente no encuentra rasgos. Habla ruso con fluidez, pero pronuncia las palabras con un dejo de melancolía.

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Carlos es Doctor en Ciencias Agrícolas, jubilado tras una vida de trabajo en la Universidad de Puebla. Volvió a Rusia acompañado de su hijo, con el que comparte el nombre y la pasión por el fútbol argentino. Pero para Carlos la visita es un impacto. Se define como “simpatizante comunista” y trata de entender qué ocurrió con aquel gigantesco país que conoció y en el que se formó académicamente. Y no encuentra respuestas, más allá de repetir como un mantra: “es el capitalismo…”

Los Baraona, que son salvadoreños y hablan con nostalgia del “Mágico” González, recorren la Plaza Roja, reabierta al cabo de unos días en los que fue resguardada a causa de la descomunal y multinacional avalancha de hinchas. En los puestos de acceso la policía revisa mochilas y teléfonos celulares. El gigantesco espacio empedrado ha quedado reducido porque en el centro se armó una estructura que contiene una canchita de fútbol, con tribunas y zona de recreación anexas.

Pero hay lugar suficiente para que la marea humana se disperse en todas las direcciones: el Kremlin, el Museo Estatal de Historia, la bellísima Catedral de San Basilio, con sus clásicas cúpulas de colores. Pero los hinchas que eligen franquear las puertas en procura de un baño de cultura son los menos. Las únicas realmente interesadas son las delegaciones de turistas chinos, para quienes el Mundial parece cosa de otro planeta.

Un paraíso del consumo

“Este es un país hermoso”, afirma Raman, enfundado en una bandera australiana. Llegó desde Sydney, donde trabaja en la construcción. Oriundo de Irán, siguió la ruta de los inmigrantes hacia Oceanía y alcanzó un estándar económico que le permite darse lujos como este.

¿Qué es lo que más le gusta de Rusia? “Las mujeres y la cerveza”, subraya. Idéntica respuesta brinda Hamza Benjelloun, un marroquí que armó las valijas en su Casablanca natal y recorre las calles de Moscú tocando el bender, una especie de pandereta con la que posa para las fotos.

¿Lo mejor de Rusia, Hamza? A lot of girls, a lot of girls” (un montón de chicas). Ni Raman ni Hamza tienen planeado visitar los atractivos históricos que se despliegan a la vuelta. Con mirarlos desde afuera es suficiente.

Los visitantes que atrajo el Mundial van y vienen por la zona céntrica. El barrio, llamado Kitaygorod, rivaliza con Londres, París y Milán si de glamour y marcas de primer nivel se trata. Las galerías, callecitas y avenidas conforman un paraíso del consumo, vedado a las billeteras famélicas. En un puñado de cuadras conviven las tumbas de Lenin y Stalin con vidrieras de Armani, Valentino, Gucci y Tom Ford. En la Plaza Roja, el antiguo edificio del GUM, aquella tienda de ramos generales de la era soviética, es un shopping de precios prohibitivos para el bolsillo del ciudadano promedio en la Rusia de Vladimir Putin.

La implosión de la URSS parece ser cosa de otra era, pero ocurrió en 1991. Ni siquiera transcurrieron 30 años, un pestañeo en la historia de la humanidad, aunque suficientes para que Carlos Baraona no reconozca la ciudad por la que está caminando.

Contrastes

La fiebre mundialista dificulta la detección de las marcas soviéticas en la actualidad rusa. La Copa potencia la occidentalización de la capital, aunque mejor no engañarse. En una ciudad de más de 12 millones de habitantes el paisaje urbano va cambiando a medida que las estaciones de subte se alejan del impactante microcentro. La geografía rusa está salpicada de ciudades subidas al tren bala de la modernidad, mientras el campo se mueve a otro ritmo. Es un gigante complejo e intimidante, indescifrable para ojos acostumbrados a otras maneras de entender la vida.

“A mí todo me parece macanudo”, sostiene Nelson Wilson. “Suena raro, así es mi nombre”, apunta. Vino desde Mercedes, pequeña localidad ubicada a 20 kilómetros de Fray Bentos, en dirección a Montevideo. Camina envuelto en la bandera nacional y enarbolando un mate generoso. Todo en él es inconfundiblemente uruguayo. “Decían que habría problemas, que la seguridad sería rigurosa, que tuviéramos cuidado… Y no hay nada eso -afirma-. Mirá: traje dos paquetes de yerba y tenía miedo de que me los requisaran en el aeropuerto, pero ni miraron. Lo mismo el palo de un trípode que puse en el equipaje. Podía ser un arma. Y nada. Estoy encantado”.

Tensiones del pasado

Para Nelson el Mundial es cosa de confraternidad entre los pueblos. Como si las políticas del presidente Putin flotaran en un limbo durante un mes en el que todo pretende ser amor y paz. Las adhesiones o rechazos al personalísimo líder ruso parecen destinadas a expresarse en otros ámbitos. Pero la historia no puede banalizarse. El imperialismo ruso es una constante que une a los zares y los soviets con el siglo XXI. El Mundial no disimulará, por ejemplo, el resentimiento del pueblo polaco, de sufrida relación con su poderoso vecino. “No nos quieren. Nos consideran menos”, dicen a coro Mariusz y Monika. “No, no somos amigos”, subraya Mariusz. ¿Y por qué vinieron? “El amor por el fútbol es más fuerte y le tenemos fe a la selección”, explican.

También está jalonada por los conflictos y por la ambivalencia la relación entre Rusia y Japón. Protagonizaron un sangriento conflicto a principios del siglo XX y en la Segunda Guerra Mundial militaron en distintos bandos. Lo llamativo es que no llegaron a agredirse, aunque mantuvieron la tensión en la frontera. Japón invadió China y ubicó un ejército en Manchuria, listo para abalanzarse sobre la URSS en cualquier momento. Ese salto nunca se produjo.

¿Cómo se llevan con los rusos? Hiromi, Yasuyuki y Maki lanzan al unísono el mismo gesto con las manos. “Más o menos”, indican. Tienen puesta la camiseta azul de la selección e Hiromi agita un abanico, pequeño paliativo ante el solazo que castiga la Plaza Roja en pleno mediodía. “Pasaron muchas cosas. No es fácil -dice Yasuyuki-. Pero no hablemos de eso. Aquí vinimos a ver partidos de fútbol”.

María Arispa es nicaragüense. La delatan la bandera y la inscripción sobre el pecho. Su esposo, Gabriel Mapof, es peruano. En el coche duerme Gabrielito, con una pequeña camiseta de Paolo Guerrero sobre el pecho.

“Rusia…me parece un pueblo raro -analiza Maria-. Son distantes, no devuelven las sonrisas, y la barrera idiomática hace todo más difícil. Pero al mismo tiempo no se ven problemas. En cambio, mi país… Lo único que puede salvarnos es la renuncia de Daniel Ortega. Mi mamá vive en un barrio que se llama “Carlos Marx”. ¿Sabés qué pasó ahí? Quemaron a seis personas. ¡Las quemaron vivas! En 70 días asesinaron a 200 personas”. María y Gabriel no fueron testigos de esos episodios. Viven en Miami. Para ellos, la Copa es un paréntesis en la incierta marcha del mundo.

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