Sueños húngaros siembran corcheas en los cañaverales

Ernest von Dohnanyi, el famoso compositor y pianista fue el solista en el concierto inaugural de la Sinfónica y vivió casi un año en Tucumán

17 Jun 2018
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Martes. La nieve se desmorona en sus párpados. Los 82 años sueñan, ahora cuesta abajo. Un húmedo calor se escabulle por el cuenco de la memoria. Los cerros tucumanos le encienden las pupilas. Tal vez comienzan a bagualearle paisajes en el alma. Rumores de un concierto de Beethoven le reverberan en el pecho. De pronto, el Do mayor de un cuarteto de Bartok explota en luz y lo guiará quizás hasta el silencio.

Los aires gitanos ya merodean los primeros gestos de un changuito, que ha visto la vida por vez primera el 27 de julio de 1877 en la milenaria Pozsony. Los genes musicales no alardean en vano en su sangre. Papá es profesor, matemático, chelista (toca a dúo ocasionalmente con Liszt) e instalador del primer aparato de rayos X en Hungría.

Entra al Conservatorio de Budapest, donde al poco tiempo ingresarán Bartok, Kodaly, Ormandy, Szell, Solti y Dorati. Tiene 16 años cuando se anima a mostrarle a Johannes Brahms su primer quinteto. “Ni yo lo hubiese podido escribir mejor”, lo alienta entusiasmado el barbado hamburgués. El piano lo lleva luego por el mundo. 1899. Gana el premio “Bösendorfer”. Se casa con Elsa Kunwald, pianista. Dos hijos lo arriman a la felicidad. Gira por Estados Unidos. Acepta un cargo en la Academia de Música de Berlín. El matrimonio se desbarranca. Regresa a Budapest. Otra Elsa, actriz, le besa el corazón. Es ya director del Conservatorio y de la Filarmónica.

La palabra sagrada

La Gran Guerra desnuda la miseria en las calles; sin embargo, las raíces no lo dejan emigrar. La Sinfónica de Nueva York lo nombra director y presidente honorario; la Universidad de Szeged lo hace “doctor honoris causa”. “La belleza no solo se expresa en la música, sino en todo terreno del arte, y la nobleza se demuestra no solo en las palabras, sino en las acciones humanas. El perdón y el reconocimiento son calidades poco cultivadas. La palabra debe ser sagrada en un artista. Varias veces rechacé conciertos con honorarios altos porque ya estaba comprometido en una actuación gratuita”, dice.

1941. Hitler le mata dos hijos. La pena le acorrala el espíritu, pero no lo somete. Parte a Inglaterra a ofrecer conciertos. 1948. Sin brújula, con las raíces húngaras en sus bolsillos, la Argentina le abre su calidez. Beethoven, Mozart y Schumann perfuman la sala del Colón. Horacio Descole, rector de la Universidad Nacional de Tucumán, le ha encargado a Guido Parpagnoli fundar una orquesta sinfónica. En el concierto inaugural del 8 de noviembre de 1948, en el teatro Odeón (ahora San Martín), es el solista. Desata los pájaros en Do menor del concierto Nº 3 de maese Ludwig, bajo la batuta de Carlos Félix Cillario. La UNT le ofrece la jefatura de la sección Música del Instituto Superior de Artes. Acepta. La bondad pasea por las calles tucumanas; ejercita la amistad con sus connacionales Ladislaus Szentgyörgy y Francisco Heltai, quienes hacen brotar corcheas en sus atriles.

Un fatalista

Los 71 años sudan con el calor y la humedad. Es demasiado. “Durante toda mi vida fui fatalista. Lo que el destino me reservó lo acepté. Para lograr algo en la vida hay que tener fuerza de voluntad y coraje, y nunca temer si se va por el camino correcto. He aprendido a no esperar mucho de la vida y a agradecer de todo corazón sus pequeños regalos. Cuando salía el sol y podía contemplar el cielo azul, me sentía feliz”, dice.

Su destino abandona los cañaverales tucumanos. 1949. Parte a los EE.UU. El tucumano Juan Carlos Iramain, de visita por esas tierras, esculpe sus pensamientos. Conciertos para piano, chelo, arpa, violín, sonatas, quintetos, variaciones sobre una canción infantil, una humorada en forma de suite, sinfonías, cuartetos y un sexteto navegan en sus insomnios, despiertan aplausos. “La inspiración no siempre llega en el momento deseado y oportuno, pero sin ella es mejor no escribir”, piensa.

Nueva York, 9 de febrero de 1960, tal vez un aire de zamba mece ahora los sueños de Ernest von Dohnanyi cuando la muerte enmudece el timbre de su corazón.

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